Imagen de FÍATE

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martes, 25 de febrero de 2020

TOM EL ROJO

TOM es mentiroso desde el principio; una sencilla mujer lo dejó K.O.
           
Tener fe es caminar hacia la luz, la vida, la verdad. Todos estamos llamados a esa peregrinación y cuanto antes la iniciemos, mejor para todos.
Por falta de fe está hoy el mundo envuelto en tinieblas, en sombras de muerte. Por eso abundan los crímenes, las obras malas de todo tipo.
Yo me decidí a caminar un día de hace 27 años, en un getsemaní particular preñado de gloria. A menudo me recuerdo a mí mismo que no tengo ningún mérito, ni virtud, ni conocimiento que no me venga de allí, de aquel momento a solas con Dios, cuando me fie de Él porque no tenía más remedio. Esa conciencia de ser del todo un agraciado con el premio de la fe me ayuda a no gloriarme, y también me ayuda en eso la parte del camino que llevo recorrida de la mano de Jesús.
Soy consciente de mis imperfecciones, de lo que en mí no está purificado, de mi necesidad de sanación interior. Pero Dios está realizando una obra grande conmigo y estoy firmemente persuadido de que la llevará a término. Sé -y esto sí que es verdadero conocimiento- de quién me he fiado. En esa firme esperanza de perfección estoy salvado- Spes Salvi.
Como los primeros cristianos "yo creo, y por eso hablo". Y cuando hablo, aun consciente de mis limitaciones, cumplo una misión. Me pongo ante Dios antes, durante y después de hablar; y si yerro, también mi error y el dolor de mi pequeño corazón por haber ofendido a Dios, servirán para el bien de mis hermanos.
Como la levadura fermenta la masa, la gracia santificante que Dios comunica a su Iglesia por medio de Jesucristo, está llamada a cambiar el mundo. Sin embargo, este cambio no parece estar ocurriendo; antes bien, se huele por todas partes -también en la Iglesia- la “desgracia”. 
De un tiempo a esta parte escasea entre nosotros, los fieles, la sabiduría, la ciencia y la alegría, propias del Espíritu Santo. Los actos, gestos y palabras del pueblo de Dios reflejan desorientación. También los corazones se sienten desconcertados y languidecen las celebraciones litúrgicas. Por el influjo del mundo, las mentes se van embotando y no captan los signos de los tiempos.
Ese vacío -inquietante para los creyentes- es la causa de que muchos hayan empezado a dar por buenas las explicaciones de sabios surgidos al mismo tiempo que la desorientación, y cuya sabiduría, pretendidamente del cielo, es del mundo y arrastra a la perdición. Y lo mismo sucede con la alegría, de la que se va imponiendo un sucedáneo con un sabor inequívocamente mundano.
Aún está fresco en nuestra memoria el recuerdo de la luz y el gozo en que los fieles vivíamos hasta hace apenas una década… pero ya por entonces nos prevenía el P. Mendizábal, con su chispa habitual, de caer en la tibieza: “yo los oigo a la salida de Misa animándose unos a otros a desanimarse”. Finalmente se ha cernido sobre la Iglesia una especie de parálisis espiritual, al mismo tiempo que se han crecido sobremanera sus enemigos. ¡Pero nosotros no hemos recibido un espíritu apocado sino el de “hijos de Dios”!; entonces ¿qué?
¿Por qué no estamos en las plazas contagiando ilusión y esperanza? ¿quién nos ha embrujado? Los jóvenes que vibrábamos en los encuentros con el Papa Magno ¿qué le diríamos ahora si nos preguntara qué hemos hecho con sus enseñanzas, con su ejemplo, con su oración por nosotros? ¿estamos ya cerca del cielo o por el contrario tenemos una fe mortecina?
Pesa sobre nosotros un hechizo, nos confunde una visión mundana avasalladora que distorsiona el Evangelio y le va hurtando su poder para dar vida. Y nos sentimos amenazados.
Pero lo que vaya a suceder ya ha sucedido anteriormente, tal como nos recuerda hoy el Eclesiastés, nada hay nuevo bajo el sol… ¿a qué tanta queja estéril, tanto comentario de pasillo, tanto chisme? ¿acaso dejará Dios de estar con nosotros hasta el fin del mundo? ¿dejará de proteger al que camina en su presencia? Ciertamente no; y por esta seguridad, rodeados como estamos de injusticias, no cabe la pasividad. Como tampoco cabe la rivalidad, o el juzgar de oídas, o el cerrarse a la misericordia con todos.
Nuestro padre en la fe, Abrahán, creyó y Dios se lo reputó como justicia. Y ahora Jesucristo está entre nosotros. No se trata, pues, de estar bien informados para tomar la decisión correcta, sino de no perder la comunicación con el Único Veraz. Él nos instruirá y caminaremos por sus sendas hacia la santidad, sin miedo. 
Es la falta de oración la que genera inseguridad y nos hace influenciables y permeables a las “soluciones” mundanas; ese abandono del trato con Dios hace que se nos vaya enturbiando el agua y vayamos perdiendo poco a poco las ganas de beberla… y las fuerzas para vivir. Pero esto, que no es raro, se arregla volviendo a rezar con sencillez hasta que la suciedad desaparezca.
El perverso fantasma que hoy asusta al mundo -que es por cierto el de siempre- se llama TOM, nombre que responde a las iniciales de sus apellidos, que son Tristeza, Odio y Miedo. 
Que nadie se deje engañar por él: todo acontecimiento -exterior o interior-, toda persona, cosa, ente, idea, real o imaginada, que nos huela a TOM, viene del Maligno. Inmediatamente debe ser desechada, no considerada en absoluto, y por supuesto, no admitida como interlocutor válido bajo ningún concepto, esto es crucial. La Iglesia proporciona, por su sabiduría acumulada, esta enseñanza, como proporciona todo lo necesario para transitar con éxito por esta vida para alcanzar la verdadera. Los ángeles y los santos también vienen, por supuesto, en nuestra ayuda, cuando rezamos como y con María, con sencillez y de manera constante.
En cuanto a quién es o no de fiar, el mismo Jesús nos lo ha dicho: “Al árbol se le conoce por sus frutos…” y a las personas por sus obras. ADIÓS.