Imagen de FÍATE

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sábado, 9 de noviembre de 2019

MÁS MOSTAZA


«¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas».
No podemos erradicar el mal del mundo, pero podemos renunciar a formar parte de él. Sufriremos violencia, inevitablemente, pero por ser hijos de Dios e hijos de María, podremos responder a ella con mansedumbre. Y después de un breve recorrido por este valle de lágrimas -que eso es, ciertamente, la vida- alcanzaremos el descanso ansiado y nuestra existencia habrá tenido sentido.
A menudo los árboles no nos dejan ver el bosque y conviene subirse a uno de ellos de vez en cuando para mirar más lejos. Por eso os he recordado cuál es el sentido de la vida. Pero teniendo eso bien claro, también nos conviene recordar las recomendaciones cristianas para andar ese camino.
La principal es ésta: Cristo camina contigo. Él es, de hecho, el camino... Él te ayudará en todo. 
Suele plantearse una objeción: "Es que no le vemos. Si está y no le vemos ¿de qué nos sirve?" Aquí justamente está la diferencia entre un cristiano y uno que no lo es. En la fe. Si crees que está, tu camino es aprender a vivir con Él. Date cuenta, en primer lugar, de Quién es Ése que va contigo. Es Dios. Es Amor, todopoderoso y omnisciente. Te ama infinitamente; te salva sí o sí; sabe hasta lo que vas a hacer. Ponerle pegas a este Dios es ignorancia; dudar de su protección es pecado; negar su intervención luminosa es imperdonable.
Surge otra objeción: "Es que soy humano". Justamente esa dificultad provocó que Dios se hiciera uno de los nuestros. Y al hacerlo ya no cabe esa excusa. Él es tan humano como tú. Puedes dudar, puedes serle infiel, puedes quejarte, pero lo que no puedes es dejar de creer que camina contigo. Esa es una tentación contra la que hay que estar en guardia permanente, porque conduce a la perdición. Y la Iglesia, que es madre y sabia, nos avisa e instruye para combatir ese peligro.
Lo principal de esa enseñanza de la Iglesia es mantener el estado de gracia mediante los sacramentos y el diálogo con Jesús; hacer vida de la Palabra; y vivir la fe en comunidad.
Una vez en el mundo, la Iglesia, como buena madre, nos enseña a caminar solos, porque la gloria del Padre, que Ella quiere,  es que demos fruto abundante y permanente. Estará siempre con nosotros, pero respetando nuestra autonomía, nuestra libertad. 
Hay una gran confusión en torno a nuestra religión, al decir que establece obligaciones y prohibiciones. "No puedes hacer esto... Tienes que hacer esto otro... Eso es pecado...". Y a partir de ahí, se le cuelga el sanbenito de que limita la libertad humana, lo cual es absolutamente falso.
Por estar hecho el hombre a imagen de Dios, tiene un alma inabarcable para el juicio humano. Sólo el Espíritu Santo puede escrutar lo que hay en nuestro corazón. Y en medio de una Naturaleza sometida a la frustración por el pecado, el misterio del hombre permanece inaccesible para los humanos, haciendo que el juicio de sus obras no pueda realizarse más que a la luz de la misericordia de Dios revelada en Cristo Jesús. Cuánto más cerca de Dios esté un alma, más penetrara en el abismo del corazón humano y más iluminador y sanador será su juicio y su consejo.
De modo que es la fe la que nos salva y no la ley -una lista de preceptos- como suele creerse; de aquí que San Agustín dijera: "Ama y haz lo que quieras". 
En este valle de lágrimas, según vamos avanzando, vamos conociendo más y mejor a qué conduce la ausencia de Dios en las personas. Son tantas las asechanzas y peligros a los que tenemos que enfrentarnos, y son tan oscuros los parajes sin Dios, que por si la orden de Jesucristo Resucitado no bastara: "Id por todo el mundo anunciando el Evangelio y bautizando en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñando a las gentes a poner en práctica todo lo que Yo os he mandado", la conmoción ante la pobreza del hombre sin Dios puede fundir el corazón más duro.
Al que camina con Dios se le abre el entendimiento y se le hace más perentorio el mandato de la evangelización. Caritas Christi Urget Nos, dice San Pablo. La urgencia no es fanatismo ni fatalismo, no es tampoco protagonismo ni falta de paz, y por supuesto, no es imaginación calenturienta. 
Caminar con Jesús te hace ducho en distinguir la tiniebla de la luz verdadera y el falso amor del verdadero. La decisión de fiarte de Jesús se afianza dando pasos de fe, y en esa medida crece el conocimiento de la Verdad. "Si guardáis mi palabra, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres". 
Crecen a un tiempo la verdad y la libertad, crece en definitiva la esperanza y con ella el amor, y se afianza la fe; las virtudes se retroalimentan unas a otras y la persona crece hacia su fin último, su plenitud en el amor, su fecundidad aquí en la tierra, para la vida eterna.
En el camino Dios te va desvelando cuál es la misión que tiene para ti, sólo en el camino, como a los de Emaús. Eso quiere decir que lo primero es Jesús, o sea, ponerse a caminar fiándose de Él. Y a partir de ahí irás viendo cada día, y no por anticipado y de una vez por todas, qué tienes que hacer. Cristo es Hoy, ahora, presente. No está Jesús en ningún otro sitio si no está en el ahora de tu vida; desde luego no reside en los circuitos cerebrales que dan consistencia a tus ideas. A Él no se le puede "archivar, relegar, aparcar, postergar" y luego decir que uno está haciendo su voluntad. 
Descubrir sin dejar de caminar esas "órdenes" de Jesús es una tarea apasionante, trepidante por demás. Es un thriller de primera, nada comparado con los proyectos meramente humanos, por más que a éstos les acompañe el fasto y los oropeles, que son un cebo.
A veces nos puede parecer excesiva la exigencia; fácil, desde luego, no es. Pero se van adhiriendo a nosotros ciertos "tejidos" que al principio no estaban y que nos aseguran para aguantar el tirón. O sea, va surgiendo una nueva criatura en contacto con la divinidad, de modo que, imperceptiblemente, una cierta transformación nos capacita para vivir fuera de nosotros mismos, haciendo viejos y nuevos al mismo tiempo, todos los hábitos en que vivimos y crecemos. Somos y en cuanto somos, dejamos de ser lo que éramos. Esta forma de vivir es propia de la libertad, un trampolín para la pulverización de los límites: Salir de uno mismo, vivir en lo  que aún no somos, estar salvados en la esperanza.
































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