Imagen de FÍATE

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lunes, 2 de septiembre de 2019

¡FELICITADME, AMIGOS!

La vida da muchas vueltas.


Hace medio año la fortuna me hizo un gran regalo: Una página entera del ABC calumniándome. Y fue un regalo porque, a pesar de que sufrí mucho, aquel cáliz me hizo más fuerte. Me ayudó a conocerme mejor y, lo que es más importante, a conocer mejor a Dios, mi amigo.
En estos seis meses, aunque me hubiera gustado publicar algo que mostrara la gran injusticia que se había cometido conmigo, con mi familia, y con las familias de quienes hubieran podido beneficiarse de la acción de Fíate, no se me ocurrió nada que pudiera ayudar a ese fin. Pero hoy, sin buscarlo, tuve una luz al respecto. Como ha pasado ya un tiempo considerable, con vacaciones por medio, y empieza un nuevo curso, quizá sea éste el momento óptimo para recolocar las piezas de aquel disparatado puzzle mal compuesto en torno a mi persona. 
Creo que fue rezando el Oficio donde leí que el carisma de confesor de la fe era, en nuestros días, equiparable al de profeta. Y no me extraña que sea así porque mi biografía testifica en favor de esa afirmación.
Por verlo de Dios, escribí en un libro el milagro que Él había obrado en mi vida a lo largo de veinte años, curándome de una grave enfermedad, lo que suponía hacer pública confesión de mi fe católica. Sabemos que a los profetas se les perseguía y a muchos se les mataba, y por lo tanto, la suerte de los confesores de nuestros tiempos debería ser la misma. Y con esto está ya dada la explicación del porqué de la formidable calumnia que el 1 de marzo de este año cayó como una bomba sobre mi casa causando grandes destrozos.
El artefacto explosivo usó como detonante una pieza literaria nada original. Mezclando mentiras, medias verdades y tópicos, con el aglutinante del morbo y el malestar colectivo, se inflamó y se expandió rápidamente la carga maligna.
Pero como al mentiroso se le coge antes que al cojo, ya lo tengo pillado por las orejas y lo voy a subir pronto al estrado para que ustedes lo juzguen.
El titular de aquel vergonzoso artículo decía que Educación (?) había apartado de su tarea a un docente porque "le tenemos miedo". ¡Qué astutos son los malos! ¡Cómo saben que mencionando el miedo los lectores muerden el anzuelo! porque ese oscuro mecanismo tiene a la población maniatada; y el miedo a los enfermos mentales ha sido y es muy explotado. Succionado el lector tan poderosamente hacia ese remolino irrracional que desata el miedo, el cuerpo del artículo sería coser y cantar para el periodista, haciendo creíble fácilmente la alucinante ficción que anunciaba en el título.
Leyendo entre líneas, cualquiera se podía dar cuenta de que el texto era un pastiche sin valor informativo alguno, pues ponía duras acusaciones en boca de "personas que preferían guardar anonimato" o de "(algunos) compañeros que por discreción ocultaban su nombre"; o bien citaba "fuentes fiables de la Consejería". Pero toda esa inmundicia, manejando lugares comunes y vertida al papel con mucho oficio e inquina, daba el pego y dejaba al público plenamente convencido de que aquel fantástico relato era real.
Se usó además el prestigio de un diario centenario como plataforma de lanzamiento, y se apuntaló con una presentación esmerada: a toda página y con una hermosa foto de un colegio, lugar que goza en el imaginario colectivo de un valor "cuasi-sagrado", por tener asignada la custodia de nuestros "tesoritos".
Después de hacer desfilar a las autoridades académicas y administrativas, a los agentes del orden y hasta a los órganos judiciales en una delirante película sobre integristas religiosos descerebrados, se pone el colofón con el testimonio de "algunos compañeros del enajenado", a modo de tribunal popular que apuntilla al reo y lo deja convicto de culpa y sin apelación posible. El final del texto viene a ser un reflejo de esa sentencia condenatoria, y por su carga expresiva lo copio literalmente:

El profesor comenzó este curso escolar de baja médica. Luego, durante el primer trimestre, se incorporó a su destino en Mocejón ante el asombro y la preocupación de sus compañeros y de padres de alumnos que conocen sus antecedentes. 
«No enseñaba el temario, sino que hablaba a sus alumnos, menores de edad, de la muerte, de las brujas, de religión y del blog que tiene en internet», dice el padre de una alumna. 
(Querido lector: si sientes curiosidad por esas "lecciones", pincha en el siguiente enlace, ¡Sobrecogedorrr!)

En el primero de esos dos párrafos está el cabo suelto para desenredar la madeja. Dicho sea de paso, por si el escarnio no hubiera sido suficiente, el bien mandado plumilla añade al final un anexo demonizando a la Fundación Fíate; no fuera a ser que alguno creyera en ella y sus hijos encontraran una ayuda adecuada a su problema.
El asunto que deja ver el fallo de la bien orquestada calumnia parte de una caída que sufrí a finales de agosto. El médico me había recomendado reposo, y por eso me incorporé un par de jornadas más tarde. Nada más llegar, la directora me llevó a su despacho y me dijo que no sabía que yo regresaba a mi plaza después de varios años en la Laboral. Y debía ser cierto, pues ya el día anterior me había dicho la Jefa de Estudios por teléfono que mis clases se las habían asignado a otro porque no contaban conmigo. Pero entonces, si el equipo directivo no sabía nada de mi situación ¿quién le dijo al periodista -vulnerando la Ley de Protección de Datos- esa mentira de que yo había empezado el curso con "una larga baja por un trastorno psiquiátrico"? (Una baja así, por salud mental, hace 27 años que yo no la cojo)
Es de temer que alguien con mucha responsabilidad en la Delegación Provincial de Educación haya cometido de una vez varios delitos: injurias y daños morales a particulares y a Entidades de Interés Público, calumnias, difamación, y vulneración de la Ley de Protección de Datos, entre otros. ¿Quién puede haber sido? 
(Solución en el próximo artículo)