Imagen de FÍATE

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lunes, 8 de julio de 2019

EL MIEDO

Ahora leche y papilla, después de un tiempo alimentos sólidos


"El no practicar ni conocer el Bien, nos inhabilita para descubrir al malo".
Dios está vivo, nos ama y nos cuida. La seguridad de Trump, Zoido o Juncker es paja que arrebata el viento. El que desata los huracanes y sacude la tierra, se ríe de sus proyectos.
Ya ha pasado el tiempo de lo políticamente correcto, ya es hora de despertar del sueño y de hablar sin tapujos. Los que nos mandan nos conducen a pesar de ellos mismos al abismo de la nada. La vida sosa de los placeres inmediatos y el exterminio de los sueños, de las ilusiones y de los grandes ideales, nos deja como náufragos a la deriva.


Confieso que hasta bien mayor me daban miedo algunas caras. Mi sensibilidad ha sido siempre muy acusada y, como le ocurre a los niños, obtenía de los rostros una impresión espiritual que me atraía o me asustaba. Creo que es verdad que la cara es el espejo del alma, y también comparto lo de que a partir de los cuarenta cada cual es responsable de su cara.
El miedo, aparte de un buen negocio, es un estado psicológico desencadenado por un peligro real o imaginado que nos previene de recibir un daño. Pero ese resorte natural requiere de un aprendizaje para que sea una ayuda y no un impedimento en nuestro desarrollo.
Al tratarse de un mecanismo ligado a la psicología, tiene un claro componente de subjetividad. El miedo que perciben varios individuos enfrentados a una misma situación de peligro puede diferir mucho en función de una serie de variables subjetivas: la experiencia personal ligada a esa situación particular; la percepción del daño que nos puede causar en función de nuestras habilidades para defendernos; el riesgo que uno está dispuesto a asumir en función del interés que nos puede reportar afrontar ese peligro; etc.
Agotadas las variables que hacen del miedo un estado de alerta subjetivo, hay todavía una estructura individual más profunda que, envolviendo a todas las variables anteriores, determina más decisivamente la respuesta individual que damos ante una situación de amenaza: la confianza en un ser superior que cuida de nosotros. En los casos extremos, como cuando se es amenazado con tormentos, es muy difícil sustraerse al miedo o vencerlo pero en ocasiones sí se puede, independientemente de las condiciones naturales del sujeto; así, los niños que han muerto mártires, por ejemplo, prefieren el suplicio a renunciar al Amor, a la Verdad.
Los regímenes totalitarios usan la violencia como forma de control y someten al pueblo atemorizándolo.
En realidad, en todos los grupos humanos hay un uso de este medio en mayor o menor medida para imponer determinada voluntad, y en las democracias modernas, aunque esto se oculte, también. Los auto-proclamados 'estados libres y de derecho', se articulan mucho más por el miedo que por la madurez ciudadana. Porque para que fuera de otro modo, sería preciso disponer de un valor superior a la propia vida que hiciera posible arriesgar ésta en la defensa de unas ideas. Y esto, siendo Dios un extraño para la inmensa mayoría de la gente, no se da.
El hecho de que se mantenga la creencia de que vivimos en la única parte del mundo donde se goza de libertad obedece a un engaño. La llamada Civilización Occidental, auto-considerada ombligo del mundo, heredó en el siglo veinte un patrimonio rico en bienes materiales pero pobre en bienes espirituales. Si lo material se diluyera (y está empezando a pasar) lo que nos quedaría sería un miedo terrible al abismo de nuestra nada.
De las cenizas de las grandes guerras mundiales se auparon orgullosas sociedades modernas con la ayuda de un imponente poder científico-tecnológico -en gran parte deudor de inhumanas investigaciones. Deslumbrados por esas luces, los gobiernos se fueron olvidando de las preguntas que pocos años antes habían quemado en las conciencias de todos como un fuego abrasador. Con la mirada puesta en la creación de 'riqueza' se enterró la inquietud religiosa y hasta se asumió que esa esfera del ser humano nada tuvo que ver o, si acaso, más bien fue culpable, en la violencia que azotó el siglo.
El auto-engaño, esa triste rémora de nuestra naturaleza herida, fue obrando en el silencio el adormecimiento moral, acallando nuestras preguntas e instalándonos en el bienestar como un estado de felicidad merecido y perdurable. Sin darnos cuenta, nos hemos ido acostumbrando a desear una paz insolidaria, sólo posible en el enajenamiento de los hermanos dolientes del planeta.
Y ahí nos queda una asignatura pendiente, una piedra en el zapato, porque por más que busquemos soluciones científicas a tanta injusticia y tanta barbarie, no hallaremos descanso hasta que no asumamos desde la fe, refrendada por la razón, la existencia del Bien y del Mal, de un Dios bueno que nos dice cómo ser felices y de un Ser Malo que procura confundirnos y asustarnos para poder seguir esclavizándonos.
La Iglesia está obligada a entonar un "mea culpa" por la menguada influencia que en estos tiempos ejerce sobre la cultura. Y en el centro de esta dejación, el descuido de avisar sobre la existencia del Mal y de explicar su dinamismo.
Suelo proponerles a mis alumnos -refractarios a cualquier esfuerzo- una reflexión, empezando con una pregunta: ¿Os gustan los dulces? A partir de su 'sí' les planteo si alimentados desde bebés con dulces seguirían a los quince años deleitándose en ellos. Lo dudan y empiezan a entender que lo dulce es dulce por comparación con lo salado; y que la vida no puede estar hecha sólo de ocio. En último extremo, esta reflexión les prepara para entender que tampoco el sufrimiento se puede eliminar si no es a costa de eliminar el gozo.
Enfrentados constantemente al misterio del mal en el mundo, que tiene su raíz en la mentira, crece a base de odio y fructifica en violencias ¿cómo podemos atajarlo, cortarlo de raíz, si ni siquiera lo distinguimos hasta que ya su fruto monstruoso nos espanta?; ¿y cómo podemos identificar la tiniebla si no avanzamos hacia la luz, si no progresamos en el descubrimiento de la Verdad y del Amor? Si conociéramos el Amor aprenderíamos por comparación a conocer al malo, lo distinguiríamos a la legua; desarrollaríamos un olfato espiritual que nos avisaría de su presencia. Y que no avanzamos en ese camino salta a la vista, porque en todas partes se rinde pleitesía a los  malvados mientras los bondadosos son perseguidos y se tienen que esconder.

Camino, verdad y vida
La Verdad soy yo, nos dice Jesús, y añade que para conocerla tenemos que caminar 'por Él', pues también nos revela que Él es el Camino; y por si no quedara claro que esa es la misión del hombre en la Tierra, remata el anuncio diciéndonos que si queremos tener Vida en nosotros, es necesario que avancemos por ese Camino que conlleva el conocimiento de la Verdad.
Muchas preguntas le surgen al que quiere avanzar por esa senda, como la que le hizo -queriendo justificarse- aquel fariseo a Jesús: ¿y quién es mi prójimo? Es muy típico que al surgir dificultades nos paremos a "analizar la situación" y nos olvidemos de que la respuesta es Jesús y que sólo en el trato íntimo con Él la encontraremos.
En ese itinerario de descubrimiento, la Verdad se nos presenta a veces en la imaginación al modo cartesiano -clara y distinta- y en este caso nos es fácil adherirnos a ella; pero otras veces viene con una apariencia un tanto irreal, como soñada. Y entonces solemos preguntarnos ¿se le puede hacer caso?
Es verdad que no somos la Virgen María visitada por el Arcángel en la Anunciación, pero tenemos en San José un modelo 'más asequible'. Ahora bien, si hoy soñáramos que el Señor tiene un designio de salvación inmenso para nuestro hijito pequeño y mañana nos dijera, igualmente en sueños, que van a matar a todos los bebés de España ¿creeríamos como San José y despertaríamos a nuestra familia en mitad de la noche para llevárnosla a Francia, por ejemplo? ¡Qué locura, verdad!
Pero no, no se asusten, porque Dios es muy bueno, nos conoce y nos ama; los santos no nacen sino que se hacen. Ellos también han tenido que recorrer un camino al lado de Jesucristo y de ese trato íntimo es de donde han sacado frutos de santidad. Y eso explica que San José pudiera conocer a través de sus sueños la voluntad de Dios. No es que San José recibiera un don extraordinario -que también pudiera ser pero no es el camino habitual de la santidad- sino que en la amistad con Dios por él cultivada adquirió discernimiento para conocer la Verdad. Y esto también vale para nosotros, los de a pie.
Lo importante en una amistad no es conocer al otro sino vivirla, y viviéndola es como conocemos. Por eso Jesús dice de sí mismo que Él es la Verdad y el Camino. Como a los de Emaús, Él se nos hace el encontradizo en el camino. Y recién resucitado ordenó a los apóstoles que fueran a Galilea, prometiéndoles que allí le verían. Y por Galilea tenemos que entender el 'tajo', el lugar donde cada cual tiene que trabajar por el Evangelio. Y no hay peros que valgan. Como le oí decir al Obispo de Coria-Cáceres acerca de la típica objeción de 'qué es el Bien', de cómo hay que amar, dijo: "pues se ama, amando", que es una versión muy básica pero muy cabal de la respuesta que Jesús dio al fariseo que le preguntó quién era su prójimo.
En tanto no practiquemos ese deporte de caminar con Jesús y de invitarle a nuestra casa y a nuestra mesa, el mal seguirá extendiéndose porque no tendremos discernimiento para distinguirlo del bien. Por otra parte, si decimos que queremos seguir a Jesús debemos sopesar nuestras fuerzas y voluntad antes de empezar el camino porque seguramente que a lo largo del mismo nos va a pedir que seamos uno con Él; como a aquellos a quienes anunció que si querían tener vida dentro de ellos tenían que comer su cuerpo y ellos, pareciéndoles 'duro' aquel lenguaje, le dieron la espalda.
No podemos comprender a Jesucristo, pues es Dios, sólo podemos amarle. Cabe en nuestro corazón, pero no en nuestra cabeza. Si se embota nuestro corazón, por los afanes y seducciones de este mundo, erramos el camino.


Estereotipo de un judío

Eichman parece bueno
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

¿Hay otros caminos? 
[Extracto del libro Eichmann, de J. Posenthal, Ed. Rodegar, Barna. 1963]
"Treblinka era un campo de deportados de Polonia, perdido en mitad de una extensa llanura arenosa. Tenía dos grandes cuerpos de edificios, que habían sido construidos a toda prisa para tal finalidad, y rodeado de las alambradas siniestras, en las cuales tantos desgraciados habían hallado la muerte.
La gente, una vez dentro del campo, yacía en las barracas, sobre la arena de las dunas, separados por una barrera los hombres de las mujeres y los niños. Al comienzo, las jornadas transcurrían monótonas, porque el mismo horror tomaba un carácter rutinario. Pero la quietud duró poco. Un día hubo un movimiento de mandos de las S.S.
Eichmann compareció en el campo -posteriores declaraciones en el juicio de Nuremberg dieron fe del hecho- y al día siguiente las cámaras de gas, instaladas en uno de los cuerpos del edificio, empezaban a funcionar, del mismo modo que, posteriormente en unos campos y simultáneamente a éste en otros, se hacía en Belssen, Dachau y Auschwitz.
La trágica comedia iba a empezar. Un oficial alemán les habló a través de un megáfono. Dijo que no debían tener miedo, pues se les iba a llevar a campos de trabajo en los bosques. Las mujeres podrían seguir con sus hijos a sus maridos, para cuidar de la cocina y de los campamentos.
Para ello -se les dijo- debían desnudarse completamente, los hombres en el patio, las mujeres y los niños en las barracas, con objeto de que sus ropas fuesen desinfectadas. Ellos mismos, después de entregar contra recibo cuanto poseyeran, así como sus documentos de identidad, se dirigirían a las duchas...
Las palabras del alemán resonaron en el silencio de la noche. Los judíos que no comprendían, preguntaban a sus compañeros que les hacían callar para oír mejor.
Después, las mujeres, acompañadas de los niños, se dirigieron a las barracas. Se las vio salir al poco rato. Se apretaban unas junto a otras, con un resto de pudor que les impedía mostrar voluntariamente su descarnada y mísera desnudez.
En los cuatro ángulos del campo había grandes focos giratorios que rayaban la penumbra. Al pasar ante el rayo de luz del proyector, casi todas las mujeres cubrían con las manos el vientre o apretaban a las criaturas contra su pecho.
Los hombres, alineados, iban entrando también. ¡Lo que sucedía allí dentro no podrían describirlo nunca...!
"¡En el fondo es humano; padecen poco!", llegaron a decir sus verdugos. ¿Qué concepto tenían del significado de la palabra humano, ni del respeto que el ser humano les debía merecer...?
Sí, la única verdad era que "aquello" estaba hecho pronto. Bastaban unos minutos para dar fin con ellos. En aquellas habitaciones -cámaras hechas apropiadas para tan macabro fin- el suelo era inclinado y húmedo y los seres amontonados a un lado y otro del corredor, apenas se abrían las puertas, resbalaban y caían unos sobre otros.
Una vez lleno el recinto, se cerraba herméticamente la puerta, que era la única abertura. Un jadeo monstruoso señalaba la aparición del gas, que se esparcía en capas húmedas, viscosas, mientras los cuerpos humanos formaban como una capa convulsa, que se debatía en el vano intento de trepar unos sobre otros, con la vana esperanza de hallar más arriba un poco de aire respirable.
El gas escapaba y desde fuera podían escucharse los estertores, a veces un grito aislado, luego como un gorgoteo y, al final, un silencio terrible, sobrecogedor... Todo aquello no duraba más de un cuarto de hora.
Después, los hombres del servicio, hacían desde el exterior deslizarse las paredes movibles de las barracas. Aunque los cadáveres estuviesen apilados unos sobre otros, ni uno solo caía. Estaban como aglutinados entre sí, los miembros enlazados en abrazos feroces, soldados en la húmeda tibieza del gas.
Se arrastraban después hasta las barracas grandes mangueras de riego y se rociaban con ellas los cadáveres, que, al separarse, caían por la trampa. Sujetos con correas que anudaban a las muñecas y tobillos, los muertos eran arrastrados hasta las fosas.
Estas fosas, que, en un principio, se cavaron con pala y pico, hubieron de ser abiertas a poco tiempo con excavadoras que, apartando la arena, hacían más extensa la zona, ya que cada día se necesitaba más terreno para tanta víctima.
Pero aquellas horribles matanzas de Treblinka y de Belzec, aún iban a ser superadas. En Auschwitz y Belsen, Dachau y Manthausen, el horror y la crueldad cobró los más dantescos caracteres.
Un autor desconocido compuso en Auschwitz esta canción:

El sol sube sobre Auschwitz,
su claro rastro se enciende.
Quedamos formados viejos y jóvenes
mientras se apagan las estrellas.
Permanecemos en pie, así, día a día,
con buen tiempo o con lluvia
y se lee en todos los rostros
desesperación, dolor y nostalgia.

En aquel fatídico campo la voz de "Aufsehen!" (en pie) se daba acompañada de un pito estridente, cuando todavía era de noche. Había que tratar de salir rápidamente a la explanada del campo, con el miedo más horrible, puesto que aquellas pobres gentes ignoraban lo que les iba a deparar el nuevo día.
Algunas veces era sólo para constituir una columna de trabajo, previa selección de los prisioneros. Hombres y mujeres de las S.S. pasaban revista. Aquel campo, con las hileras de barracones formando una pequeña ciudad, hedía a causa de la enorme suciedad acumulada en él, a pesar de los esfuerzos de las pobres mujeres por mantener un mínimo de limpieza en el mismo.
Pero parecía que, entre todos los castigos y oprobios, este nuevo tormento era otro de los premeditados para que aquellos desgraciados perecieran en su propia inmundicia, rebajando la dignidad humana a lo más ínfimo.
La basura se amontonaba detrás de las barracas, y las letrinas sólo consistían en una amplia zanja, que atravesaba el bloque de barracas de un lado a otro, tanto en la parte destinada a las mujeres como a la de los hombres.
La "Lagerstrasse" (calle del campamento) permanecía llena de lodo, acumulado por la lluvia y la suciedad, y los muertos de los barracones se dejaban sobre aquel lodo, hasta que se permitía que los mismos compañeros o compañeras de penalidades los transportasen hasta el montón de cadáveres de cualquiera de las zanjas que se abrían para albergar sus cuerpos.
La tristemente "Solución final" se cumplía en aquel campo por todos los medios, no importaba cuales fuesen y con tal de que respondiesen al fin propuesto: eliminar, por el medio más rápido y menos costoso, el mayor número de judíos.
La comida condimentada con salitre, por ejemplo, era una de las causas que hacía enfermar a cientos de prisioneros. Aquel salitre destruía la capacidad de absorción de los intestinos y una disentería, acompañada de llagas en la boca y otros trastornos dolorosos, daba fin a sus desgraciadas vidas.
El atroz hambre era más fuerte que aquel peligro tan terrible, y aunque la comida les hacía sufrir terriblemente, no podían prescindir de ella hasta que enfermaban.
Cuando empezaron a llegar al campo de Auschwitz expediciones de Europa entera, y sobre todo de Hungría, durante los meses de abril, mayo, junio y julio de 1944 el número de deportados aumentó considerablemente.
Para facilitar la eliminación de aquellos seres, se construyó un empalme en la línea principal de Cracovia-Catovice, situando a un lado el campo de concentración y llegando directamente al crematorio.
En Auschwitz se habían suprimido desde hacía algún tiempo las fosas. Y los restos mortales, extraídos de las cámaras de gas, pasaban a los hornos crematorios, en donde eran incinerados.
En el año 1944 el número de hornos crematorios fue aumentando, hasta llegar a haber 14. Las llamas que coronaban sus chimeneas con una nube negra y espesa no se apagaban nunca, envolviendo al campo en un hedor especial y tétrico.
Pero había todavía más. Algo que, de no existir testimonios vivos y pruebas fehacientes, cuesta ser admitido como verdad. En hoyos profundos se quemaban directamente en hogueras, sin pasar por la cámara de gas, niños vivos menores de catorce años, a fin de economizar el gas de las cámaras.
¿Pueden perdonarse estos crímenes, imposibles de calificar, comprender e imaginar?
Es ingrato relatar tanto horror, tanto sufrimiento, pero Eichmann, vivo, hundido en las profundidades de una prisión israelita, envejecido y contrito, ha pretendido despertar la compasión del mundo entero con pensamientos sentimentales y descargo de sus responsabilidades.
Así, cuando, desposeído de poder, hubo de enfrentarse ante los hechos, a las preguntas del fiscal, que le grita con cólera irreprimible:
- "¿Acaso no se arrepiente de lo que hizo?"
Eichmann sólo tiene una cobarde respuesta:
- "No veo  que haya motivos. Cumplía órdenes que no me era dado discutir."" (Fin)

En aquel famoso Juicio de Nuremberg fueron encausados altos oficiales nazis. Algún historiador ha dicho recientemente que, de haberse realizado en nuestros días, no se hubiera podido condenar a aquellos hombres, acusados de matanzas tan horribles. Y esto porque una vez abolida la ley natural como base del ordenamiento jurídico, el comportamiento de aquellos militares quedaría fundamentado en el derecho según Kant, para el que el cumplimiento de un deber es norma moral porque emana de la propia condición social. Y curiosamente, esa fue la argumentación empleada por Eichmann en el famoso juicio. Sin él saberlo, este oficial estaba poniendo en jaque a la sociedad actual y avisando -hace ya décadas- del peligro que corremos excluyendo a Dios de lo humano, al que es ser en sí mismo, autor de la creación y fundamento del derecho. En todo caso, la acusación ya se había anticipado a esa dificultad y el cargo principal que se les imputó no fueron los crímenes de guerra, que hubieran obtenido atenuantes por ser efectuados en el ejercicio del deber, sino el de Conspiración para la Guerra. Este cargo prosperó porque así había de ser, pero tampoco parece que desde un punto de vista estrictamente jurídico estuviera bien planteado, ni que el proceso fuera limpio en ese sentido.

El mal -o el malo (2ª parte)
Como venía diciendo, yo tuve esquizofrenia y ahora estoy felizmente curado. Lo que supuso en mi vida esta experiencia hace que me sienta agradecido. En ese largo proceso me enriquecí con muchos bienes pero todos se resumen en uno:
Conocí a Jesús, el Amor, un tesoro de valor incalculable, la única fuente capaz de calmar nuestra sed de infinito.
El drama que vive un esquizofrénico consiste en que a uno le pasan cosas que no encajan en una vida normal y poco a poco se va abriendo paso una teoría que permite ir organizando toda esa experiencia pero que por lo pintoresca que resulta no se puede compartir; al guardársela uno para sí mismo va engordando hasta que no se puede retener por más tiempo y sale a la luz en forma de lo que se suele llamar locura.
El mío fue un caso típico, en el que, cómo no, tampoco faltó la nota cómica: No me creía Napoleón ni un Caballero Andante, pero me imaginaba que había una organización de inteligencia que pretendía mis servicios y que por negarme a dárselos no dejaba de extorsionarme con métodos cada vez más sofisticados. La razón de que yo rehusara aceptar ese trabajo era de tipo moral: Estaba persuadido de que me vería obligado a presionar y maltratar a mucha gente inocente. 
A propósito de esto es fundamental aclarar el origen de las ideaciones delirantes características de la esquizofrenia, ya que ahí precisamente se encuentra la clave para entender y combatir la enfermedad.
Uno observa que le están pasando cosas raras, cosas que exceden con mucho el margen de “lo casual” que es admisible en una vida normal. Esos fenómenos tan perturbadores adquieren la forma de “tal parece que alguien sabe lo que estoy pensando”. Pero aparecen de un modo tan sutil, tan íntimo, que a duras penas tienen significado para alguien más que para uno mismo, lo cual complica increíblemente el pedir ayuda. El caso es que la fractura vital –la escisión[1]− que dejan en el entramado cognitivo de estas personas[2] tantas insidiosas percepciones es tan insoportable que les fuerza a buscar una explicación. Aunque obligadamente resultará una explicación disparatada siempre será mejor  que vivir en la angustia del “no entiendo por qué me sucede esto”.
La peculiaridad asociada a estos procesos es tal que, de hecho, los hace incomunicables. Porque si la viscosidad de los síntomas, esas incomunicables y perturbadoras casualidades, es ya un obstáculo serio, a ello se añade la morbidez de su constante mutación, con lo que síntomas y explicaciones van formando una maraña tan intrincada, que cualquier intento por compartirla acabará inevitablemente aumentando la frustración y el desamparo del sujeto. Como consecuencia, la persona se repliega sobre sí misma y de esta manera abona sin querer el terreno para que arraigue su mal.
La planta maligna irá creciendo en secreto y llegará un momento en que ya no se podrá esconder. Ese engendro monstruoso – la doble vida– brotará obscenamente a la vista de todos y se le colgará para siempre el cartel del estigma: “Locura que no tiene cura”.
Este es el típico círculo vicioso de este mal que funciona como un cinturón de acero prácticamente irrompible. 
Pero hasta los metales nobles se corroen y gracias a Dios también la temible esquizofrenia ha empezado a dejar ver su punto débil.
Si tuviéramos la claridad y la valentía de Newton cuando al ver caer una pera pensó que algo tiraba de ella y acertó, hace tiempo que habríamos erradicado el terrible mal de la esquizofrenia.
Estudiar el cerebro humano – compuesto en un 80% de agua – como si se tratase de un trozo de materia informe que a la vuelta de los siglos y por casualidad devino en semejante prodigio, no deja de incomodar al sentido común. Y algo parecido ocurre con el estudio clínico de esta enfermedad que en ningún momento se plantea que esos síntomas grotescos que tanto perturban a los pacientes puedan encerrar un significado  y pueda por tanto seguirse de su estudio alguna conclusión objetiva.
Mientras que nadie duda de que si un bebé recibe besos y caricias eso favorece su crecimiento, no se suele hacer ese planteamiento a la inversa para dar cuenta de trabas y desgracias personales. Me explico; si del amor de una madre se sigue un beneficio, del odio de alguien forzosamente habría de derivarse un perjuicio. Y a pesar de que estas personas sufren un daño tremendo, un hachazo que trunca sus vidas, sin que se sepa por qué, nadie se atreve a plantear al modo de Newton que alguien pueda estar maltratando a estas personas para llevarlas a la tumba. Obviamente, en este supuesto, la fe nos abre una puerta que de otro modo permanecería cerrada. 
Considerar que las alucinaciones de un esquizofrénico son puro error, o llamar casualidades a las persistentes percepciones extraordinarias que le salen al paso, es obviar el hecho de que una intencionalidad se manifiesta por la existencia de una acción organizada, de un proyecto. Y que existe esa accción dirigida queda patente si consideramos que el desarrollo de esa enfermedad conduce inexorablemente, de no mediar una intervención médica seria, a la muerte del sujeto. 
En conclusión, lo que perciben estas personas y las enloquece son estímulos que forman parte de un plan perverso diseñado para acabar con ellas. Esos estímulos – físico-químicos en última instancia— son movidos o promovidos por un ser cuyo poder es desproporcionadamente mayor que el nuestro y que no tiene nada de bueno. Este es el quid de la cuestión.
Por si esto fuera poco, el invisible enemigo se alía en su ofensiva avasalladora con todo el arsenal propagandístico de la mentalidad dominante, a modo de batallón de zapadores; de tal modo que al estigma habitual que acompaña al loco se añade en este caso particular la imagen popular y popularizada de que los esquizofrénicos son personas muy orgullosas, personas muy inteligentes que se creen más que los demás y por eso “se pasan”. Y esta visión, que se está difundiendo en muchas películas como Una Mente Maravillosa, por citar alguna, acrecienta aún más si cabe el recelo popular y la mala reputación de esta dolencia, lo cual contribuye a endurecer el aislamiento y el acoso de estos pacientes.
No se puede saber qué grado de verdad hay en ese estereotipo interesadamente difundido, pero está 'bien pensado', porque de lo que no me cabe duda es de que la clave para salir de esta enfermedad está justamente en la virtud opuesta a la soberbia, esto es, en la humildad. Y más concretamente en su hermana gemela la obediencia.
La soberbia, rebeldía o autosuficiencia, es una trampa que nos mete en un pozo muy hondo, un valle oscuro del que no podemos salir por nuestros propios medios. El continuo fracaso y el creciente anhelo por librarse, configuran una existencia en extremo lacerante que trastoca por completo el círculo vital de estos pacientes.
No existe ninguna terapia capaz de terminar limpiamente con esta patología porque la medicina tiene cerrados los caminos que la harían avanzar. Las terapias actuales se limitan a paliar síntomas y poco más, lo cual supone que la situación se agrava en tiempos de vacas flacas. 
El único modo eficaz de combatir esta enfermedad sería admitir la hipótesis de un fallo a un nivel superior al cortical, en las estructuras envolventes donde se prefiguran las opciones individuales respecto a la trascendencia; en una palabra, que sería preciso contar con Dios para el estudio y tratamiento de esta enfermedad.
Hay otros muchos pozos donde se cuecen tragedias parecidas y desde los que también se ve envuelta en tinieblas la ansiada cumbre de la salud, cada vez más lejana.
Pero lo feliz del caso es que no lo está en absoluto. Ya hace tiempo que ondea allí una bandera y que hay mensajes en el buzón de hierro de la cumbre, diversos e irrepetibles, pero que coinciden  en lo importante: “La vía más directa a la sabiduría es la de la sencillez”.
En todos los casos de extravío mental el trayecto a recorrer parte de la ignorancia y se precisa de un guía para terminarlo con éxito. Pero gracias a Dios este software de ayuda nos viene de serie, por la fe, y no falla nunca.
Esta es en síntesis la verdad sobre la esquizofrenia y en general sobre las enfermedades mentales. El que lo crea podrá salvarse a sí mismo y a otros y el que no, se condena a sufrir sin remedio y de por vida una existencia lastimosa.
Hay que advertir e insistir en ello, que, aunque la fórmula general recurra a la fe, esto no supone en absoluto y en ningún caso que el remedio sea mágico e inmediato. La curación, apoyados en la fe, vendrá normalmente por cauces ordinarios. O sea, que si de entrada es preciso tomar conciencia de la condición de hijos de Dios, lo que conlleva estar bautizado y realizar un itinerario de formación que nos enseñe a vivir de acuerdo a la verdad de nuestra existencia, es igualmente imprescindible ponerse en manos de un buen médico, pues Dios no invalida la ciencia que Él mismo inventó sino que la conduce a la verdad.
En cuanto al principio y fundamento de la curación -la fe- no valen medias tintas. Si no se está convencido de esto es mejor no seguir adelante. Pero si uno se decide a creer entonces debe dejarse guiar como un niño y desechar cualquier objeción sobrevenida que le pueda apartar del camino que se le indica. Y es aquí donde se hace crucial la importancia de la humildad, hermana de la obediencia.
Por último, como el camino propuesto es tan diferente a los que nos son familiares, para que sea posible perseverar, al que empieza a creer se le enciende una luz en el corazón que le acompañará siempre, mientras crea, y que será como el faro que le guíe hasta que despunte el alba.

Yo advertí ese fulgor en mi interior cierto día memorable; pasado el tiempo supe que esa luz era como la concha del peregrino, plato para comer y vaso donde beber hasta llegar a la meta. Para animar a los indecisos a dar el primer paso de ese maravilloso itinerario he escrito en una jovial biografía novelada los pormenores de mi propia peregrinación. Con mi mayor afecto invito a todos a leerla con confianza, como si se tratara de la carta de agradecimiento de un amigo. Un cordial saludo. 











[1] Esta palabra y esquizofrenia tienen la misma raíz, que significa división.
[2] Este no es igual para todas las culturas, y sería interesante estudiar si por ser occidentales tenemos más riesgo de padecer este trastorno, lo cual no sería nada raro.

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