Imagen de FÍATE

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martes, 30 de julio de 2019

LA ESPIRITUALIDAD DEL HOMBRE MODERNO

Era necesaria la purificación del fuego para acercarse al Dios Vivo
"No tengo nada claro que la apostasía de los alemanes se frenara con una Iglesia tradicional. ¿Por qué no pensar que la religiosidad "oficial ", sus expresiones y formas externas, no responden a las necesidades espirituales del hombre actual?"
Esta reflexión es de un profesor de filosofía que ronda los 60. Hasta los 40 practicó el ateísmo y luego tuvo una conversión espléndida que le fue llevando por distintos carismas de la Iglesia Católica: Comunión y Liberación, la devoción al Corazón de Jesús, la espiritualidad del silencio, y finalmente, el Opus Dei. Me he quedado impactado por esas palabras por lo que revelan de un cambio profundo en la vivencia de la fe de este converso; un cambio inquietante por el alejamiento que pone en evidencia.
Dice mi amigo que frente al abandono de la fe en Alemania, la solución de fortalecer la Iglesia tradicional no supera la falta de adecuación entre las expresiones y formas externas de la religiosidad "oficial" y las necesidades espirituales del hombre de hoy. 
Intentando imaginar lo que significan esas palabras, veo en mi "bola de cristal" a un hombre/ mujer que va y viene en un mundo de prisas y superficialidad y que se siente a menudo mal por dentro, incompleto, como si le faltara algo; y que estando dispuesto a aceptar que tiene esa carencia y deseando ponerle remedio, no ve ni por asomo que lo que él o ella necesita estén en la Iglesia de hoy. Entran en un templo, intentan escuchar y salen de allí igual o peor de lo que entraron: Los ritos de siempre les parecen faltos de verdad y aburridos; la lánguida participación de los fieles les espanta; las homilías, salvo casos aislados, les resultan insulsas y pesadas; la estética deja mucho que desear; y, en fin, en una palabra...no hay VIDA. 
El hombre de hoy necesita llenar el gran vacío que tiene con algo a su vez GRANDE. Y una Iglesia llena de gente mayor que no parece gozar en absoluto de lo que celebra, no es precisamente lo que se va buscando. Por otro lado, muchos de estos que abandonan son gente cultivada, con inquietudes intelectuales bastante elaboradas; y tampoco en esto encuentran en la Iglesia un interlocutor suficientemente interesante. Todo parece indicar que nuestro amigo tiene bastante razón en lo que plantea.
Ahora bien, la Iglesia ejerce la custodia del depósito de la fe, esto es, el Magisterio y la Tradición (los Santos Padres de la Iglesia y en general la vida y obra de los Santos), y en ese sentido la Iglesia no puede no ser tradicional pues es de la Tradición de donde obtiene la savia necesaria para regenerarse continuamente ("...belleza tan antigua y tan nueva"). Por otra parte, en esa Iglesia estamos también algunos que, aun con toda esa pobreza expresiva y humana, encontramos en ella plena satisfacción a las necesidades más hondas de nuestro ser. Somos personas tan actuales como los que abandonan, tan espirituales, si no más, que ellos, y tan formadas y sensibles como ellas. Y no sólo no nos vamos sino que estamos dispuestos a dar la vida por preservar esa "pobre Iglesia" que se está quedando sola. 
Ese intento, que cada vez hace oír más alto su voz en el ágora mundano, de hacer una Iglesia nueva porque la de siempre no rula, es un proyecto del maligno. Directamente, ya se ha intentado y no ha funcionado. Porque la Iglesia es Una, Santa, Católica, y Apostólica. 
Siendo una no admite réplicas ni falsificaciones. Se renueva constantemente y se mantiene en torno a Pedro, de acuerdo con la Tradición y la ortodoxia de la doctrina. Y tiene el alto encargo de administrar los Sacramentos, sobre todo la EUCARISTÍA, que proporciona a los fieles el alimento completo e imprescindible para la propia edificación de la Iglesia.
Siendo santa no hay miedo ninguno a que le falte algo, a que pueda llevar a engaño. 
Siendo católica vemos en ella confirmadas las palabras de la Revelación que anunciaban una plenitud de los tiempos en la que "todos conocerán la verdad", de extremo a extremo del orbe, y todos adorarán al único Dios, hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Y finalmente, por ser también apostólica, no faltarán en ella testigos que proclamen la Buena Noticia y que, generación tras generación, hagan posible la venida del Reino al final de los tiempos.
No hace falta una nueva Iglesia sino una más honda vivencia de la fe de los que en ella estamos. Poner en el centro a Jesucristo Eucaristía y fomentar la relación íntima y asidua con él y desde ahí, con la comunidad de los creyentes y del resto de la creación. Si lo hacemos así se fortalecerá la Iglesia y, como en la de los primeros cristianos, muchos se convencerán de que ella es la verdadera viendo cómo sus miembros nos amamos entre nosotros.
Respecto a la espiritualidad, ¿puede haber algo que llene más nuestra ansia de eternidad que experimentar a Jesucristo Vivo a nuestro lado? Y ¿puede haber alguna espiritualidad capaz de garantizar esa experiencia si no es tomando por centro la propia presencia real de Cristo en la Eucaristía?
Claro que urge una catequesis cristiana a fondo que sirva de anclaje de esa realidad inalienable. Y sin la cual todo intento de atraer al hombre de hoy a la fe está condenado al fracaso y a la frustración. Urge tanto eso como el testimonio de cristianos auténticos que vivan esa centralidad de Cristo en sus vidas. Porque cuando un hombre, una mujer, se hacen canales de gracia, instrumentos de Dios que entregan su cuerpo como culto razonable, no hay discursos que puedan tapar esa verdad que anuncian con sus vidas. Porque toda falta se le podrá perdonar al hombre salvo el pecado contra el Espíritu Santo. Y ver brillar la luz y preferir la oscuridad equivale a negar al Espíritu Santo. 
Hoy hace un mes que España renovó en el Cerro de los Ángeles su consagración como nación al Corazón de Jesús. Yo estuve en la explanada y resumo lo que allí viví:
La Iglesia en todo su esplendor, no importa si estaban todos los que son o eran todos los que estaban... era la Iglesia española. El centro del acto: La Eucaristía. En torno al altar, los obispos concelebrantes; abajo, adelante, cientos de sacerdotes, y detrás, el pueblo, gente sencilla. Un día de calor que se caían los pájaros de los árboles: abanicos y gorras por todas partes, menos en las cabezas de los sacerdotes, contagiando unción con su ejemplo. Purificados por el sol quemante, confirmados en la fe por la homilía del Cardenal, y repartido el Cuerpo de Cristo, sucedió algo impresionante. Mientras se disponía la mesa del Altar para la Adoración Eucarística, el cielo empezó a nublarse. Y desde ese momento hasta la disolución de la Asamblea fuimos todos envueltos en una atmósfera tan deleitosa y apacible que no tengo palabras para expresarlo adecuadamente. La mejor descripción sería la que mostrara las caras de asombro de la gente, su expresión de estar participando de una experiencia trascendente, de estar gustando interna y verdaderamente a Dios mismo: Dios Amor, Dios Creador, Dios que lo hace Todo en Todos, si nos dejamos; pero un Dios que se esconde, abandonándonos a nuestra suerte, si, buscando excusas, nos fabricamos un ídolo de oro para seguir haciendo lo que nos apetece.

Y como Su bondad es infinita, quiso mostrarnos su presencia amorosa
 por medio de María, la nube del desierto.

sábado, 27 de julio de 2019

NO MUERO, ENTRO EN LA VIDA



Él, tomándola de la mano, le dijo en alta voz: Niña, levántate (Lc 8, 54)
Las lecturas de hoy nos presentan a dos personajes que gozaron de la amistad con Dios de diferente manera. Salomón, hijo de David, fue bendecido desde su juventud con el divino don de la sabiduría y con riquezas, pero ese éxito fue al final el que lo llevó a dejarse dominar por las mujeres; San Agustín, en cambio, malgastó su juventud sirviendo a las vanidades de lo caduco y sólo en la edad adulta conoció a Jesús y la paz del corazón.
La fe cristiana es un camino en el que necesitamos continuamente la compañía de Dios. A cada momento estamos expuestos a peligros de los que sólo Dios nos puede salvar. El itinerario de la vida consiste en aprender a amar, a hacer la voluntad de Dios; y para eso tenemos que estar a la escucha continuamente. Si no hacemos esto caemos fácilmente en el sinsentido y con él en el desánimo y la negatividad. Suprimir a Dios –la garantía de que existe el bien y el amor- es quedar vacíos, a expensas de los falsos profetas que astutamente confunden y alejan de Dios para nuestra perdición.
El amor lo es todo. Sólo amando como Dios manda alejamos de nosotros la inquietud y vivimos plenamente. Cuando no escuchamos vamos movidos por nuestras ideas, vagando sin sentido. Dios siempre está cerca de los que le buscan, y si le llaman se presenta. El drama es que también está cerca nuestro acusador, el que día y noche está tratando de convencernos de que Dios no nos quiere, que no es bueno.
La forma principal que emplea hoy el demonio para enfriar nuestra pequeña fe es demostrarnos hasta qué punto la Iglesia de Dios es fea y deforme, aborrecible. Los medios multiplican y amplifican los ejemplos.
En el mismo corazón de la Iglesia española, rincón muy codiciado por el maligno, ha brotado ahora con fuerza una mala hierba. A nuestro Arzobispo Don Braulio le han acusado de encubrir crímenes: El caso de un abuso sucedido en el largo mandato de un obispo que murió hace 20 años; y otro caso raro, en el que la familia (?) de una madre y su hija de 18 años, que se acostaban con un sacerdote, apremiaron a don Braulio para que pusiera orden, y sin darle tiempo para enterarse del asunto, se fueron a hablar con Francisco, que enseguida lo solucionó.
El caso es que mientras que “las diez palabras” de Dios son eternas y estables, las diez mil del enemigo son efímeras y retorcidas. Las ventean los medios, con ruido infernal. Y los incautos caen en sus redes. Y empiezan a albergar desconfianza hacia la Iglesia, separándose finalmente del único apoyo que tenían para asegurar su amenazada existencia.
El engaño es evidente, porque si bien es verdad que la Iglesia acoge a muchos pecadores, también es verdad que es la casa de unos cuantos santos. Y existiendo éstos, está asegurada la verdad que salva al mundo del miedo a la muerte. Estas personas, por otra parte, no lucen un hálito en la cabeza, sino que son gente normal y corriente aunque llena de vida. Gente sencilla, que cree, sufre y ama y gasta su existencia yendo al lado del que le toque comunicándole su razón para vivir, aunque no diga nada. Basta con mirar con atención a nuestro alrededor para descubrir a esas personas, que brillan en medio de una masa descreída y torcida. Ellas son también Iglesia. Son la Iglesia que mantiene viva la llama de la esperanza en el mundo. Puede ser esa abuela que sigue adelante soportando el peso de unos hijos y nietos descreídos que viven su vida como una carga abrumadora. O el obrero que a pesar de padecer el oprobio de un sistema de trabajo inhumano, levanta cada día su corazón a Dios y sigue su camino con fidelidad y amor. O incluso el muchacho que sintiendo en su interior la luz de la verdad de Dios, soporta con valentía los desprecios de los pobres compañeros ignorantes de todo. Están ahí, como sal del mundo. Son la Iglesia que subsiste a los embates del maligno a través de los tiempos y transmite de generación en generación el tesoro de la fe.
Sólo el amor nos redime de la maldad. Hace falta estar presto para descubrir el deseo de Dios para nuestra vida, porque en él reside la alegría y la plenitud de nuestro ser.
Y no hay otra salida. Este hombre polémico que tan furiosamente ha atacado a la Iglesia cree que con eso cumple un buen cometido social. Y es porque vive alejado de Dios. En realidad presta un flaco favor a la sociedad debilitando la fe de los ciudadanos, porque los deja sin vida, a expensas de demagogos cuyo paradero es la perdición, cuyo Dios es el vientre y cuya gloria son sus vergüenzas.
Loc festejaba hace poco el descubrimiento de una colección de pechos de escayola diseminados por el casco antiguo, como un homenaje a la vida desenfadada, y de pronto lo vemos perder la compostura atacando con acritud al representante espiritual de miles de personas honradas. Y no es por otra cosa que por su falta de paz, porque la paz sólo en Dios se encuentra:

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.


(Las confesiones de San Agustín)




viernes, 26 de julio de 2019

DELITO DE ODIO

Una abominable 'criatura' que convive con nosotros intenta asustarnos
Con dolor escribo estas líneas, mientras me viene al recuerdo lo que publiqué hace poco sobre el deterioro acelerado de nuestra capacidad comunicativa: "No se puede hablar de nada", decía el ilustre filósofo D. Gustavo Bueno.
Con preocupación leo hoy la noticia sobre la denuncia a un cardenal por expresar una opinión que muchos compartimos y que el solo sentido común se basta y se sobra para avalar.
Pero el sentido común está hoy extremadamente "flaco". Y es triste constatarlo cuando no ahorramos en homenajes a insignes españoles que brillaron por su sensatez: Cervantes o Santa Teresa, por ejemplo. Ésta última decía aquello de "Cuando perdices, perdices, y cuando penitencia, penitencia". Pero en el despropósito que he citado a propósito de la inmigración patrocinada, nos ilustra perfectamente Cervantes en El Quijote (II; cap.54) dándonos el mismo sensato mensaje que hoy ha provocado la presentación de una querella por parte de organizaciones de misteriosos intereses por un presunto delito de Promoción del odio, a saber: "No está bien meter al enemigo en casa".
El odio es un sentimiento definido como "Lo contrario del amor". Decir que alguien promueve el odio es delatarse uno mismo como partidario de dicho bando. Porque nadie puede decir que conoce el amor puro y nadie puede odiar sin una pizca de amor. Constituirse en juez para sentenciar odio, siendo todos profanos en la materia del amor, es declarar abiertamente la inclinación a odiar.
El uso que se está empezando a hacer del concepto odio, como el tipo de delito más deleznable, es el último eslabón de la interminable cadena de chivos expiatorios que se usan desde el poder para esconder su radical egoísmo y arbitrariedad. 
Hasta que se instaló esta moda, cuando saltaba un crimen abominable a la superficie y sacudía violentamente nuestras conciencias, la versión oficial decía rápidamente que el autor era un perturbado mental -un esquizofrénico. Como esa enfermedad es desconocida para el gran público y el cine y los medios en general se han ocupado durante mucho tiempo de ponerle un traje siniestro, resultaba un comodín infalible decir que el autor de la villanía era un esquizofrénico. Pronunciadas las palabras mágicas, la opinión pública ya no se hacía más preguntas.
Pero como no hay mal que cien años dure y ya hay casos de curación de ese mal (véase el libro 153 rosas, por ejemplo) los medium que canalizan los miedos y gobiernan los fantasmas más comunes del occidental medio, se han sacado ahora de la manga una explicación, aún más siniestra si cabe, para los azotes de absurda crueldad que de cuando en cuando nos sobrecogen y espantan: "Crimen por odio".

lunes, 8 de julio de 2019

UN IMPULSO DEL CORAZÓN

Fíjate bien ahora, que luego será tarde


En el levantamiento del pueblo español contra los franceses en 1808, salieron a la calle los carniceros con la macheta de descuartizar las reses; los herreros con la maza de golpear el yunque; los sastres con las tijeras más largas que tenían; los campesinos con las guadañas; los carpinteros con los serruchos y las gubias; los maestros con las reglas, el compás y los borradores; las cocineras con las cacerolas y el rodillo de amasar; los poetas con las banderas; los músicos con las trompetas, las gaitas y los tambores; y los curas con el crucifijo en alto...
Todos a una como Fuenteovejuna, a defender un modo de vida que de puro bueno sólo de pensar en perderlo preferíamos perder la vida...
Al ver ese espectáculo, el gran canciller francés no tuvo más remedio que quitarse el sombrero y arengar a su tropa diciendo que tenían enfrente a un pueblo en armas; a un pueblo de gente humilde convertido espontáneamente en ejército bien adiestrado por amor a Dios y a su Patria.
Pues yo digo ahora: " NOSOTROS SOMOS LOS HIJOS DE AQUELLOS ESPAÑOLES Y POR NUESTRAS VENAS CORRE LA MISMA SANGRE QUE GRITA: ANTES MORIR QUE RENUNCIAR AL AMOR Y A LA VERDAD"
Diran algunos: "Sí, muy bonito; todo eso está muy bien, pero ¿qué tiene que ver eso con la situación de hoy?

Si aun no se han enterado se lo diré: Si cada cual no enfrenta el día a día como un alzamiento en el que hay que defender a sangre y fuego una forma de vida apasionante y por otro lado la de siempre, tengan por seguro que muy pronto se les estará diciendo lo que a Boabdil el Moro ante la pérdida de Granada: "¡LLORA COMO MUJER LO QUE NO SUPISTE DEFENDER COMO UN HOMBRE!".
Vale. Un cordial saludo.

A VISTA DE PÁJARO

A los ojos de Dios todo es claro como el sol
Presiento que mi final no está lejano, y como lo terreno es terreno, quiero ir repartiendo mis bienes. Tengo un tesoro de valor incalculable que, por ser inmaterial, voy a entregar ahora mismo al erario público.
Se viene diciendo que la antropología que fundamentó la civilización occidental ha desaparecido; pero no es así. Está amenazada, ciertamente, pero no puede morir lo que es en sí vida imperecedera. La antropología -judeocristiana- es una persona que no puede morir: Jesucristo. Él es el hombre. Y los que la amenazan son del Anticristo. 
Los que anuncian la muerte de la cultura occidental hacen un flaco favor a la humanidad  que se mide por número de fallecimientos. El edificio humano levantado a lo largo de la historia ha estado siempre sometido a prueba y es cierto que la zapa de los violentos ha hecho estragos y que hace falta recalzarlo. Los gobiernos han caído en manos traidoras o están tan invadidos que están a punto de caer. Pero no de una manera completa ni definitiva. Aunque condenados a vivir en la sombra, algunos mantendrán el depósito de la tradición, el germen que nunca ha de morir y que pronto, después de un breve intervalo para la desolación, se impondrá absolutamente.
La marca de la presencia de la abominación en nuestros días es el silencio que lo envuelve casi todo. Y su hermana gemela la confusión. Esto explica el creciente fenómeno del suicidio y los que van asociados a la perversión.
Las muchas personas de bien con las que convivimos, herederas de una tradición que respetan y valoran, sufren en silencio, inexorablemente, dramas profundos en sus vidas. El final de éstos es en la mayoría de los casos el abandono de los principios que íntimamente más estimaban, o bien la depresión y sus consecuencias. 
El marco de la historia es una lucha de espíritus contrarios. De modo que el que quiera adherirse al espíritu de amor tendrá como enemigos a los agentes del mal dirigidos por el que es desde el principio odio, división y muerte. Los que viven respetando los nobles valores de sus mayores pero sin practicar el culto a Dios, estarán, sin ellos saberlo, tan atacados como los que profesan públicamente su fe. Porque en esta lucha entre espíritus se trata de destruir todo lo que pueda ser del otro.
Hay un pasaje en el Libro de los Macabeos donde un tal Matatías, celoso defensor de Dios, se levanta contra el tirano y se unen a él "los que querían escapar de algún mal". Éstos son los que, sin sospechar por qué, sufren también violentos ataques en la parte más nuclear de sus vidas. Me contaba hace poco una persona que su familia se enfrentaba a un peligro que nunca antes le había  acontecido. Otro me decía que le había afectado mucho cierto acontecimiento personal que no podía imaginarse. Y yo he visto con mis ojos a la fiera abalanzarse sobre solitarias presas y morderlas despiadadamente. O irlas empujando con pequeños toques a la trampa de donde ya no podrían salir.
Si tú, hombre o mujer bien nacido, o de buena fe, esperas poder tener éxito con tu modo ordenado de vivir, prepárate para librar una batalla que no estás en condiciones de afrontar. 
Uno puede ir tirando con esos principios nobles 'intocables' durante un tiempo, metiendo en el saco de "cierta flexibilidad" las contradicciones que le van saliendo al paso. Pero le llegará el momento donde ya no le quepan más bultos en esa mochila, donde la única posibilidad de mantenerse en pie sea combatir a vida o muerte. Ahora bien ¡mucha atención!, ese combate es tan desigual que hay cero posibilidades de ganar si no se siguen rigurosamente las instrucciones que para este caso están prescritas:
1. Convéncete de que lo que defiendes (familia, amor, trabajo honesto, justicia, solidaridad, etc.) es el patrimonio legado a la humanidad por el sacrificio cruento de Jesucristo.
2. Convéncete de que ese sacrificio fue necesario para que tuviéramos una oportunidad de ganar esa batalla.
3. Entra en la pelea confiadamente sabiendo que la ganarás si permaneces en el campo delimitado por la paz interior, es decir, la fe en que Dios te ama como eres y Él te salvará.
4. Renueva tu fe siguiendo las indicaciones que da la Iglesia; básicamente: sacramentos, escucha y puesta en práctica de la Palabra de Dios y diálogo con Jesucristo, o sea, oración.
5. Atiende al discernimiento de espíritus consultando con personas rectas y expertas tus dudas; y no intentes solucionar por ti mismo esas dudas, pues la astucia del enemigo es infinitamente superior a la tuya. Acoge como oro en paño el consejo de San Ignacio que recomienda evitar todo diálogo con cualesquiera pensamientos, personas, situaciones o entes que te provoquen inquietud, pues Dios tiene recursos de sobra para hacerte entender de una manera serena lo que quiere de ti. 
6. Recibe como un inmenso regalo el consejo de Jesús a los apóstoles: Mirad que os mando como corderos en medio de lobos, no llevéis alforja, ni talega, ni sandalias, ni un manto de repuesto para el camino ("yo proveeré a vuestras necesidades si no os apartáis de Mí", viene a decir). Sed astutos como serpientes (estando dispuestos a perder "el cuerpo" por salvar "la cabeza", o sea, el alma, que te une a Cristo) y sencillos como palomas (profesando con paz la fe en el amor). Y sea vuestro lenguaje '' o 'no', pues todo lo demás viene del maligno.

SI-NO-DO-Y-NA-DA-SO-Y


No temas, Alguien se cuida de ti.


Está en peligro la fe. Poner en el centro a los jóvenes crea la ilusión de que hay un amplio futuro por delante; y abordarlo con un sínodo también nos hace entender que hay margen para enmendar los errores. El lenguaje de las conclusiones sinodales nos suena mucho y por esa familiaridad quedamos tranquilos para seguir pensando del mundo y sus cosas como veníamos haciéndolo.

Pero el mundo ha cambiado mucho en muy poco tiempo. Y así, a la Iglesia se le presenta hoy una emergencia sin precedentes. Su misión, su mensaje, está tan amenazado que urge la aparición de testigos que lo proclamen a riesgo de sus vidas. Aquí, en Occidente.
En medio de un magma social efervescente, donde la mentira y el miedo condicionan todo, los cristianos corren grave riesgo de ser sal insípida, que se arrojará a los caminos, si no se deciden de una vez a dar sabor al caldo con la Buena Noticia del Evangelio. 
Algunos siguen creyendo en la política, pero tengo la certeza de que no queda ya en ella verdad que nos pueda salvar. Tampoco en el avance de la ciencia cabe confiar, tocada hasta el fondo por la corrupción del dinero. Hemos llegado a tal punto de ocultación de la Verdad que no veo más salida que una nueva época martirial para la Iglesia.
Proclamar, dispuesto a perder tu casa, tu familia, tus cosas, tu vida, que todo eso no es para ti tan importante como ser amigo de Jesucristo, vivir con y para Él, anunciándole por donde tú vayas como lo mejor, la solución a todo, la única seguridad, la FELICIDAD con mayúsculas, es el único proyecto eclesial actual con futuro, y que merezca la pena. Y, por supuesto, el único modo de convencer a los jóvenes de que tener fe es una alternativa sólida a las maravillas que ellos han podido llegar a imaginarse que les esperan en la vida. 
Yo me veo muy limitado, pero sigo adelante en ese proyecto personal y espero que de Iglesia. Estoy convencido de que mi vida la lleva Dios y de que puedo hacer grandes cosas -todo- si sigo confiando en Él. De momento me va bien de esta manera, y voy cumpliendo años... 
-Pero Señor, ¡date prisa en socorrerme! 
-Llamadme en la brecha y viviréis...

EL MACHAQUE DE LA PRENSA

"A estirar, a estirar, que el demonio va a pasar..."
Ojeo a diario algunos diarios digitales (porque no tengo dinero para comprarlos en papel) y lo paso mal. Últimamente le doy vueltas a la necesidad de regular la actividad periodística. 
Mientras que los docentes tenemos cada vez más acotado el terreno, más restringida la libertad de cátedra, eso está por hacer con los medios. Más que el sistema educativo, que al fin y al cabo abarca sólo unos pocos años, los medios de comunicación ejercen una influencia decisiva durante toda la vida de las personas, lo cual ya justificaría vigilar más esa actividad. Pero si examinamos el contenido que 'facilita' Internet, entonces ya sí que clama al cielo poner orden en ese campo.
Vivimos amenazados. El ambiente general mete miedo; nada se escapa a ese bárbaro pilla-pilla. ¿Quién se atreve a plantarse y decir: "¡Alto aquí! Vd. a mí no me mete prisa"?; sencillamente, esa opción es impensable. Niños, trabajo, salud, pareja, es, míreslo como lo mires, estresante, "si no sabes esto; si no haces esto otro... prepárate para lo peor"... es machacante. Pero... ¡si yo estoy convencido de que mi vida está en manos de Dios y de que poco sirven mis recursos si Él no me sostiene! "Marta, Marta, andas inquieta y agitada por demasiadas cosas, y sólo una es necesaria, tu hermana ha elegido la mejor parte y no se la quitarán". Jesús y todo en Él, con Él y para Él, es la clave del saber vivir, del equilibrio y de la Salvd; pero nada, nada, tú no te escapas, tú como los demás, o corres o te corren a gorrazos; es lo que hay. 
Volviendo a los medios: crímenes espantosos; división; odios; violencias de todo tipo... no hay lugar para el sosiego en el mundo; no existe tal cosa... ¡Cómo que no! ¡No quieren mostrarlo!
Y el negocio redondo de los voceros del Mal es el de los chivos expiatorios; para conjurar las tensiones que nos angustian cogen a un pobre desgraciado, le cuelgan los medios un sambenito y lo crucifican; y de esta manera inoculan odio en el corazón de los ciudadanos y así embotan su entendimiento y quedan en sus manos.

EL MIEDO

Ahora leche y papilla, después de un tiempo alimentos sólidos


"El no practicar ni conocer el Bien, nos inhabilita para descubrir al malo".
Dios está vivo, nos ama y nos cuida. La seguridad de Trump, Zoido o Juncker es paja que arrebata el viento. El que desata los huracanes y sacude la tierra, se ríe de sus proyectos.
Ya ha pasado el tiempo de lo políticamente correcto, ya es hora de despertar del sueño y de hablar sin tapujos. Los que nos mandan nos conducen a pesar de ellos mismos al abismo de la nada. La vida sosa de los placeres inmediatos y el exterminio de los sueños, de las ilusiones y de los grandes ideales, nos deja como náufragos a la deriva.


Confieso que hasta bien mayor me daban miedo algunas caras. Mi sensibilidad ha sido siempre muy acusada y, como le ocurre a los niños, obtenía de los rostros una impresión espiritual que me atraía o me asustaba. Creo que es verdad que la cara es el espejo del alma, y también comparto lo de que a partir de los cuarenta cada cual es responsable de su cara.
El miedo, aparte de un buen negocio, es un estado psicológico desencadenado por un peligro real o imaginado que nos previene de recibir un daño. Pero ese resorte natural requiere de un aprendizaje para que sea una ayuda y no un impedimento en nuestro desarrollo.
Al tratarse de un mecanismo ligado a la psicología, tiene un claro componente de subjetividad. El miedo que perciben varios individuos enfrentados a una misma situación de peligro puede diferir mucho en función de una serie de variables subjetivas: la experiencia personal ligada a esa situación particular; la percepción del daño que nos puede causar en función de nuestras habilidades para defendernos; el riesgo que uno está dispuesto a asumir en función del interés que nos puede reportar afrontar ese peligro; etc.
Agotadas las variables que hacen del miedo un estado de alerta subjetivo, hay todavía una estructura individual más profunda que, envolviendo a todas las variables anteriores, determina más decisivamente la respuesta individual que damos ante una situación de amenaza: la confianza en un ser superior que cuida de nosotros. En los casos extremos, como cuando se es amenazado con tormentos, es muy difícil sustraerse al miedo o vencerlo pero en ocasiones sí se puede, independientemente de las condiciones naturales del sujeto; así, los niños que han muerto mártires, por ejemplo, prefieren el suplicio a renunciar al Amor, a la Verdad.
Los regímenes totalitarios usan la violencia como forma de control y someten al pueblo atemorizándolo.
En realidad, en todos los grupos humanos hay un uso de este medio en mayor o menor medida para imponer determinada voluntad, y en las democracias modernas, aunque esto se oculte, también. Los auto-proclamados 'estados libres y de derecho', se articulan mucho más por el miedo que por la madurez ciudadana. Porque para que fuera de otro modo, sería preciso disponer de un valor superior a la propia vida que hiciera posible arriesgar ésta en la defensa de unas ideas. Y esto, siendo Dios un extraño para la inmensa mayoría de la gente, no se da.
El hecho de que se mantenga la creencia de que vivimos en la única parte del mundo donde se goza de libertad obedece a un engaño. La llamada Civilización Occidental, auto-considerada ombligo del mundo, heredó en el siglo veinte un patrimonio rico en bienes materiales pero pobre en bienes espirituales. Si lo material se diluyera (y está empezando a pasar) lo que nos quedaría sería un miedo terrible al abismo de nuestra nada.
De las cenizas de las grandes guerras mundiales se auparon orgullosas sociedades modernas con la ayuda de un imponente poder científico-tecnológico -en gran parte deudor de inhumanas investigaciones. Deslumbrados por esas luces, los gobiernos se fueron olvidando de las preguntas que pocos años antes habían quemado en las conciencias de todos como un fuego abrasador. Con la mirada puesta en la creación de 'riqueza' se enterró la inquietud religiosa y hasta se asumió que esa esfera del ser humano nada tuvo que ver o, si acaso, más bien fue culpable, en la violencia que azotó el siglo.
El auto-engaño, esa triste rémora de nuestra naturaleza herida, fue obrando en el silencio el adormecimiento moral, acallando nuestras preguntas e instalándonos en el bienestar como un estado de felicidad merecido y perdurable. Sin darnos cuenta, nos hemos ido acostumbrando a desear una paz insolidaria, sólo posible en el enajenamiento de los hermanos dolientes del planeta.
Y ahí nos queda una asignatura pendiente, una piedra en el zapato, porque por más que busquemos soluciones científicas a tanta injusticia y tanta barbarie, no hallaremos descanso hasta que no asumamos desde la fe, refrendada por la razón, la existencia del Bien y del Mal, de un Dios bueno que nos dice cómo ser felices y de un Ser Malo que procura confundirnos y asustarnos para poder seguir esclavizándonos.
La Iglesia está obligada a entonar un "mea culpa" por la menguada influencia que en estos tiempos ejerce sobre la cultura. Y en el centro de esta dejación, el descuido de avisar sobre la existencia del Mal y de explicar su dinamismo.
Suelo proponerles a mis alumnos -refractarios a cualquier esfuerzo- una reflexión, empezando con una pregunta: ¿Os gustan los dulces? A partir de su 'sí' les planteo si alimentados desde bebés con dulces seguirían a los quince años deleitándose en ellos. Lo dudan y empiezan a entender que lo dulce es dulce por comparación con lo salado; y que la vida no puede estar hecha sólo de ocio. En último extremo, esta reflexión les prepara para entender que tampoco el sufrimiento se puede eliminar si no es a costa de eliminar el gozo.
Enfrentados constantemente al misterio del mal en el mundo, que tiene su raíz en la mentira, crece a base de odio y fructifica en violencias ¿cómo podemos atajarlo, cortarlo de raíz, si ni siquiera lo distinguimos hasta que ya su fruto monstruoso nos espanta?; ¿y cómo podemos identificar la tiniebla si no avanzamos hacia la luz, si no progresamos en el descubrimiento de la Verdad y del Amor? Si conociéramos el Amor aprenderíamos por comparación a conocer al malo, lo distinguiríamos a la legua; desarrollaríamos un olfato espiritual que nos avisaría de su presencia. Y que no avanzamos en ese camino salta a la vista, porque en todas partes se rinde pleitesía a los  malvados mientras los bondadosos son perseguidos y se tienen que esconder.

Camino, verdad y vida
La Verdad soy yo, nos dice Jesús, y añade que para conocerla tenemos que caminar 'por Él', pues también nos revela que Él es el Camino; y por si no quedara claro que esa es la misión del hombre en la Tierra, remata el anuncio diciéndonos que si queremos tener Vida en nosotros, es necesario que avancemos por ese Camino que conlleva el conocimiento de la Verdad.
Muchas preguntas le surgen al que quiere avanzar por esa senda, como la que le hizo -queriendo justificarse- aquel fariseo a Jesús: ¿y quién es mi prójimo? Es muy típico que al surgir dificultades nos paremos a "analizar la situación" y nos olvidemos de que la respuesta es Jesús y que sólo en el trato íntimo con Él la encontraremos.
En ese itinerario de descubrimiento, la Verdad se nos presenta a veces en la imaginación al modo cartesiano -clara y distinta- y en este caso nos es fácil adherirnos a ella; pero otras veces viene con una apariencia un tanto irreal, como soñada. Y entonces solemos preguntarnos ¿se le puede hacer caso?
Es verdad que no somos la Virgen María visitada por el Arcángel en la Anunciación, pero tenemos en San José un modelo 'más asequible'. Ahora bien, si hoy soñáramos que el Señor tiene un designio de salvación inmenso para nuestro hijito pequeño y mañana nos dijera, igualmente en sueños, que van a matar a todos los bebés de España ¿creeríamos como San José y despertaríamos a nuestra familia en mitad de la noche para llevárnosla a Francia, por ejemplo? ¡Qué locura, verdad!
Pero no, no se asusten, porque Dios es muy bueno, nos conoce y nos ama; los santos no nacen sino que se hacen. Ellos también han tenido que recorrer un camino al lado de Jesucristo y de ese trato íntimo es de donde han sacado frutos de santidad. Y eso explica que San José pudiera conocer a través de sus sueños la voluntad de Dios. No es que San José recibiera un don extraordinario -que también pudiera ser pero no es el camino habitual de la santidad- sino que en la amistad con Dios por él cultivada adquirió discernimiento para conocer la Verdad. Y esto también vale para nosotros, los de a pie.
Lo importante en una amistad no es conocer al otro sino vivirla, y viviéndola es como conocemos. Por eso Jesús dice de sí mismo que Él es la Verdad y el Camino. Como a los de Emaús, Él se nos hace el encontradizo en el camino. Y recién resucitado ordenó a los apóstoles que fueran a Galilea, prometiéndoles que allí le verían. Y por Galilea tenemos que entender el 'tajo', el lugar donde cada cual tiene que trabajar por el Evangelio. Y no hay peros que valgan. Como le oí decir al Obispo de Coria-Cáceres acerca de la típica objeción de 'qué es el Bien', de cómo hay que amar, dijo: "pues se ama, amando", que es una versión muy básica pero muy cabal de la respuesta que Jesús dio al fariseo que le preguntó quién era su prójimo.
En tanto no practiquemos ese deporte de caminar con Jesús y de invitarle a nuestra casa y a nuestra mesa, el mal seguirá extendiéndose porque no tendremos discernimiento para distinguirlo del bien. Por otra parte, si decimos que queremos seguir a Jesús debemos sopesar nuestras fuerzas y voluntad antes de empezar el camino porque seguramente que a lo largo del mismo nos va a pedir que seamos uno con Él; como a aquellos a quienes anunció que si querían tener vida dentro de ellos tenían que comer su cuerpo y ellos, pareciéndoles 'duro' aquel lenguaje, le dieron la espalda.
No podemos comprender a Jesucristo, pues es Dios, sólo podemos amarle. Cabe en nuestro corazón, pero no en nuestra cabeza. Si se embota nuestro corazón, por los afanes y seducciones de este mundo, erramos el camino.


Estereotipo de un judío

Eichman parece bueno
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

¿Hay otros caminos? 
[Extracto del libro Eichmann, de J. Posenthal, Ed. Rodegar, Barna. 1963]
"Treblinka era un campo de deportados de Polonia, perdido en mitad de una extensa llanura arenosa. Tenía dos grandes cuerpos de edificios, que habían sido construidos a toda prisa para tal finalidad, y rodeado de las alambradas siniestras, en las cuales tantos desgraciados habían hallado la muerte.
La gente, una vez dentro del campo, yacía en las barracas, sobre la arena de las dunas, separados por una barrera los hombres de las mujeres y los niños. Al comienzo, las jornadas transcurrían monótonas, porque el mismo horror tomaba un carácter rutinario. Pero la quietud duró poco. Un día hubo un movimiento de mandos de las S.S.
Eichmann compareció en el campo -posteriores declaraciones en el juicio de Nuremberg dieron fe del hecho- y al día siguiente las cámaras de gas, instaladas en uno de los cuerpos del edificio, empezaban a funcionar, del mismo modo que, posteriormente en unos campos y simultáneamente a éste en otros, se hacía en Belssen, Dachau y Auschwitz.
La trágica comedia iba a empezar. Un oficial alemán les habló a través de un megáfono. Dijo que no debían tener miedo, pues se les iba a llevar a campos de trabajo en los bosques. Las mujeres podrían seguir con sus hijos a sus maridos, para cuidar de la cocina y de los campamentos.
Para ello -se les dijo- debían desnudarse completamente, los hombres en el patio, las mujeres y los niños en las barracas, con objeto de que sus ropas fuesen desinfectadas. Ellos mismos, después de entregar contra recibo cuanto poseyeran, así como sus documentos de identidad, se dirigirían a las duchas...
Las palabras del alemán resonaron en el silencio de la noche. Los judíos que no comprendían, preguntaban a sus compañeros que les hacían callar para oír mejor.
Después, las mujeres, acompañadas de los niños, se dirigieron a las barracas. Se las vio salir al poco rato. Se apretaban unas junto a otras, con un resto de pudor que les impedía mostrar voluntariamente su descarnada y mísera desnudez.
En los cuatro ángulos del campo había grandes focos giratorios que rayaban la penumbra. Al pasar ante el rayo de luz del proyector, casi todas las mujeres cubrían con las manos el vientre o apretaban a las criaturas contra su pecho.
Los hombres, alineados, iban entrando también. ¡Lo que sucedía allí dentro no podrían describirlo nunca...!
"¡En el fondo es humano; padecen poco!", llegaron a decir sus verdugos. ¿Qué concepto tenían del significado de la palabra humano, ni del respeto que el ser humano les debía merecer...?
Sí, la única verdad era que "aquello" estaba hecho pronto. Bastaban unos minutos para dar fin con ellos. En aquellas habitaciones -cámaras hechas apropiadas para tan macabro fin- el suelo era inclinado y húmedo y los seres amontonados a un lado y otro del corredor, apenas se abrían las puertas, resbalaban y caían unos sobre otros.
Una vez lleno el recinto, se cerraba herméticamente la puerta, que era la única abertura. Un jadeo monstruoso señalaba la aparición del gas, que se esparcía en capas húmedas, viscosas, mientras los cuerpos humanos formaban como una capa convulsa, que se debatía en el vano intento de trepar unos sobre otros, con la vana esperanza de hallar más arriba un poco de aire respirable.
El gas escapaba y desde fuera podían escucharse los estertores, a veces un grito aislado, luego como un gorgoteo y, al final, un silencio terrible, sobrecogedor... Todo aquello no duraba más de un cuarto de hora.
Después, los hombres del servicio, hacían desde el exterior deslizarse las paredes movibles de las barracas. Aunque los cadáveres estuviesen apilados unos sobre otros, ni uno solo caía. Estaban como aglutinados entre sí, los miembros enlazados en abrazos feroces, soldados en la húmeda tibieza del gas.
Se arrastraban después hasta las barracas grandes mangueras de riego y se rociaban con ellas los cadáveres, que, al separarse, caían por la trampa. Sujetos con correas que anudaban a las muñecas y tobillos, los muertos eran arrastrados hasta las fosas.
Estas fosas, que, en un principio, se cavaron con pala y pico, hubieron de ser abiertas a poco tiempo con excavadoras que, apartando la arena, hacían más extensa la zona, ya que cada día se necesitaba más terreno para tanta víctima.
Pero aquellas horribles matanzas de Treblinka y de Belzec, aún iban a ser superadas. En Auschwitz y Belsen, Dachau y Manthausen, el horror y la crueldad cobró los más dantescos caracteres.
Un autor desconocido compuso en Auschwitz esta canción:

El sol sube sobre Auschwitz,
su claro rastro se enciende.
Quedamos formados viejos y jóvenes
mientras se apagan las estrellas.
Permanecemos en pie, así, día a día,
con buen tiempo o con lluvia
y se lee en todos los rostros
desesperación, dolor y nostalgia.

En aquel fatídico campo la voz de "Aufsehen!" (en pie) se daba acompañada de un pito estridente, cuando todavía era de noche. Había que tratar de salir rápidamente a la explanada del campo, con el miedo más horrible, puesto que aquellas pobres gentes ignoraban lo que les iba a deparar el nuevo día.
Algunas veces era sólo para constituir una columna de trabajo, previa selección de los prisioneros. Hombres y mujeres de las S.S. pasaban revista. Aquel campo, con las hileras de barracones formando una pequeña ciudad, hedía a causa de la enorme suciedad acumulada en él, a pesar de los esfuerzos de las pobres mujeres por mantener un mínimo de limpieza en el mismo.
Pero parecía que, entre todos los castigos y oprobios, este nuevo tormento era otro de los premeditados para que aquellos desgraciados perecieran en su propia inmundicia, rebajando la dignidad humana a lo más ínfimo.
La basura se amontonaba detrás de las barracas, y las letrinas sólo consistían en una amplia zanja, que atravesaba el bloque de barracas de un lado a otro, tanto en la parte destinada a las mujeres como a la de los hombres.
La "Lagerstrasse" (calle del campamento) permanecía llena de lodo, acumulado por la lluvia y la suciedad, y los muertos de los barracones se dejaban sobre aquel lodo, hasta que se permitía que los mismos compañeros o compañeras de penalidades los transportasen hasta el montón de cadáveres de cualquiera de las zanjas que se abrían para albergar sus cuerpos.
La tristemente "Solución final" se cumplía en aquel campo por todos los medios, no importaba cuales fuesen y con tal de que respondiesen al fin propuesto: eliminar, por el medio más rápido y menos costoso, el mayor número de judíos.
La comida condimentada con salitre, por ejemplo, era una de las causas que hacía enfermar a cientos de prisioneros. Aquel salitre destruía la capacidad de absorción de los intestinos y una disentería, acompañada de llagas en la boca y otros trastornos dolorosos, daba fin a sus desgraciadas vidas.
El atroz hambre era más fuerte que aquel peligro tan terrible, y aunque la comida les hacía sufrir terriblemente, no podían prescindir de ella hasta que enfermaban.
Cuando empezaron a llegar al campo de Auschwitz expediciones de Europa entera, y sobre todo de Hungría, durante los meses de abril, mayo, junio y julio de 1944 el número de deportados aumentó considerablemente.
Para facilitar la eliminación de aquellos seres, se construyó un empalme en la línea principal de Cracovia-Catovice, situando a un lado el campo de concentración y llegando directamente al crematorio.
En Auschwitz se habían suprimido desde hacía algún tiempo las fosas. Y los restos mortales, extraídos de las cámaras de gas, pasaban a los hornos crematorios, en donde eran incinerados.
En el año 1944 el número de hornos crematorios fue aumentando, hasta llegar a haber 14. Las llamas que coronaban sus chimeneas con una nube negra y espesa no se apagaban nunca, envolviendo al campo en un hedor especial y tétrico.
Pero había todavía más. Algo que, de no existir testimonios vivos y pruebas fehacientes, cuesta ser admitido como verdad. En hoyos profundos se quemaban directamente en hogueras, sin pasar por la cámara de gas, niños vivos menores de catorce años, a fin de economizar el gas de las cámaras.
¿Pueden perdonarse estos crímenes, imposibles de calificar, comprender e imaginar?
Es ingrato relatar tanto horror, tanto sufrimiento, pero Eichmann, vivo, hundido en las profundidades de una prisión israelita, envejecido y contrito, ha pretendido despertar la compasión del mundo entero con pensamientos sentimentales y descargo de sus responsabilidades.
Así, cuando, desposeído de poder, hubo de enfrentarse ante los hechos, a las preguntas del fiscal, que le grita con cólera irreprimible:
- "¿Acaso no se arrepiente de lo que hizo?"
Eichmann sólo tiene una cobarde respuesta:
- "No veo  que haya motivos. Cumplía órdenes que no me era dado discutir."" (Fin)

En aquel famoso Juicio de Nuremberg fueron encausados altos oficiales nazis. Algún historiador ha dicho recientemente que, de haberse realizado en nuestros días, no se hubiera podido condenar a aquellos hombres, acusados de matanzas tan horribles. Y esto porque una vez abolida la ley natural como base del ordenamiento jurídico, el comportamiento de aquellos militares quedaría fundamentado en el derecho según Kant, para el que el cumplimiento de un deber es norma moral porque emana de la propia condición social. Y curiosamente, esa fue la argumentación empleada por Eichmann en el famoso juicio. Sin él saberlo, este oficial estaba poniendo en jaque a la sociedad actual y avisando -hace ya décadas- del peligro que corremos excluyendo a Dios de lo humano, al que es ser en sí mismo, autor de la creación y fundamento del derecho. En todo caso, la acusación ya se había anticipado a esa dificultad y el cargo principal que se les imputó no fueron los crímenes de guerra, que hubieran obtenido atenuantes por ser efectuados en el ejercicio del deber, sino el de Conspiración para la Guerra. Este cargo prosperó porque así había de ser, pero tampoco parece que desde un punto de vista estrictamente jurídico estuviera bien planteado, ni que el proceso fuera limpio en ese sentido.

El mal -o el malo (2ª parte)
Como venía diciendo, yo tuve esquizofrenia y ahora estoy felizmente curado. Lo que supuso en mi vida esta experiencia hace que me sienta agradecido. En ese largo proceso me enriquecí con muchos bienes pero todos se resumen en uno:
Conocí a Jesús, el Amor, un tesoro de valor incalculable, la única fuente capaz de calmar nuestra sed de infinito.
El drama que vive un esquizofrénico consiste en que a uno le pasan cosas que no encajan en una vida normal y poco a poco se va abriendo paso una teoría que permite ir organizando toda esa experiencia pero que por lo pintoresca que resulta no se puede compartir; al guardársela uno para sí mismo va engordando hasta que no se puede retener por más tiempo y sale a la luz en forma de lo que se suele llamar locura.
El mío fue un caso típico, en el que, cómo no, tampoco faltó la nota cómica: No me creía Napoleón ni un Caballero Andante, pero me imaginaba que había una organización de inteligencia que pretendía mis servicios y que por negarme a dárselos no dejaba de extorsionarme con métodos cada vez más sofisticados. La razón de que yo rehusara aceptar ese trabajo era de tipo moral: Estaba persuadido de que me vería obligado a presionar y maltratar a mucha gente inocente. 
A propósito de esto es fundamental aclarar el origen de las ideaciones delirantes características de la esquizofrenia, ya que ahí precisamente se encuentra la clave para entender y combatir la enfermedad.
Uno observa que le están pasando cosas raras, cosas que exceden con mucho el margen de “lo casual” que es admisible en una vida normal. Esos fenómenos tan perturbadores adquieren la forma de “tal parece que alguien sabe lo que estoy pensando”. Pero aparecen de un modo tan sutil, tan íntimo, que a duras penas tienen significado para alguien más que para uno mismo, lo cual complica increíblemente el pedir ayuda. El caso es que la fractura vital –la escisión[1]− que dejan en el entramado cognitivo de estas personas[2] tantas insidiosas percepciones es tan insoportable que les fuerza a buscar una explicación. Aunque obligadamente resultará una explicación disparatada siempre será mejor  que vivir en la angustia del “no entiendo por qué me sucede esto”.
La peculiaridad asociada a estos procesos es tal que, de hecho, los hace incomunicables. Porque si la viscosidad de los síntomas, esas incomunicables y perturbadoras casualidades, es ya un obstáculo serio, a ello se añade la morbidez de su constante mutación, con lo que síntomas y explicaciones van formando una maraña tan intrincada, que cualquier intento por compartirla acabará inevitablemente aumentando la frustración y el desamparo del sujeto. Como consecuencia, la persona se repliega sobre sí misma y de esta manera abona sin querer el terreno para que arraigue su mal.
La planta maligna irá creciendo en secreto y llegará un momento en que ya no se podrá esconder. Ese engendro monstruoso – la doble vida– brotará obscenamente a la vista de todos y se le colgará para siempre el cartel del estigma: “Locura que no tiene cura”.
Este es el típico círculo vicioso de este mal que funciona como un cinturón de acero prácticamente irrompible. 
Pero hasta los metales nobles se corroen y gracias a Dios también la temible esquizofrenia ha empezado a dejar ver su punto débil.
Si tuviéramos la claridad y la valentía de Newton cuando al ver caer una pera pensó que algo tiraba de ella y acertó, hace tiempo que habríamos erradicado el terrible mal de la esquizofrenia.
Estudiar el cerebro humano – compuesto en un 80% de agua – como si se tratase de un trozo de materia informe que a la vuelta de los siglos y por casualidad devino en semejante prodigio, no deja de incomodar al sentido común. Y algo parecido ocurre con el estudio clínico de esta enfermedad que en ningún momento se plantea que esos síntomas grotescos que tanto perturban a los pacientes puedan encerrar un significado  y pueda por tanto seguirse de su estudio alguna conclusión objetiva.
Mientras que nadie duda de que si un bebé recibe besos y caricias eso favorece su crecimiento, no se suele hacer ese planteamiento a la inversa para dar cuenta de trabas y desgracias personales. Me explico; si del amor de una madre se sigue un beneficio, del odio de alguien forzosamente habría de derivarse un perjuicio. Y a pesar de que estas personas sufren un daño tremendo, un hachazo que trunca sus vidas, sin que se sepa por qué, nadie se atreve a plantear al modo de Newton que alguien pueda estar maltratando a estas personas para llevarlas a la tumba. Obviamente, en este supuesto, la fe nos abre una puerta que de otro modo permanecería cerrada. 
Considerar que las alucinaciones de un esquizofrénico son puro error, o llamar casualidades a las persistentes percepciones extraordinarias que le salen al paso, es obviar el hecho de que una intencionalidad se manifiesta por la existencia de una acción organizada, de un proyecto. Y que existe esa accción dirigida queda patente si consideramos que el desarrollo de esa enfermedad conduce inexorablemente, de no mediar una intervención médica seria, a la muerte del sujeto. 
En conclusión, lo que perciben estas personas y las enloquece son estímulos que forman parte de un plan perverso diseñado para acabar con ellas. Esos estímulos – físico-químicos en última instancia— son movidos o promovidos por un ser cuyo poder es desproporcionadamente mayor que el nuestro y que no tiene nada de bueno. Este es el quid de la cuestión.
Por si esto fuera poco, el invisible enemigo se alía en su ofensiva avasalladora con todo el arsenal propagandístico de la mentalidad dominante, a modo de batallón de zapadores; de tal modo que al estigma habitual que acompaña al loco se añade en este caso particular la imagen popular y popularizada de que los esquizofrénicos son personas muy orgullosas, personas muy inteligentes que se creen más que los demás y por eso “se pasan”. Y esta visión, que se está difundiendo en muchas películas como Una Mente Maravillosa, por citar alguna, acrecienta aún más si cabe el recelo popular y la mala reputación de esta dolencia, lo cual contribuye a endurecer el aislamiento y el acoso de estos pacientes.
No se puede saber qué grado de verdad hay en ese estereotipo interesadamente difundido, pero está 'bien pensado', porque de lo que no me cabe duda es de que la clave para salir de esta enfermedad está justamente en la virtud opuesta a la soberbia, esto es, en la humildad. Y más concretamente en su hermana gemela la obediencia.
La soberbia, rebeldía o autosuficiencia, es una trampa que nos mete en un pozo muy hondo, un valle oscuro del que no podemos salir por nuestros propios medios. El continuo fracaso y el creciente anhelo por librarse, configuran una existencia en extremo lacerante que trastoca por completo el círculo vital de estos pacientes.
No existe ninguna terapia capaz de terminar limpiamente con esta patología porque la medicina tiene cerrados los caminos que la harían avanzar. Las terapias actuales se limitan a paliar síntomas y poco más, lo cual supone que la situación se agrava en tiempos de vacas flacas. 
El único modo eficaz de combatir esta enfermedad sería admitir la hipótesis de un fallo a un nivel superior al cortical, en las estructuras envolventes donde se prefiguran las opciones individuales respecto a la trascendencia; en una palabra, que sería preciso contar con Dios para el estudio y tratamiento de esta enfermedad.
Hay otros muchos pozos donde se cuecen tragedias parecidas y desde los que también se ve envuelta en tinieblas la ansiada cumbre de la salud, cada vez más lejana.
Pero lo feliz del caso es que no lo está en absoluto. Ya hace tiempo que ondea allí una bandera y que hay mensajes en el buzón de hierro de la cumbre, diversos e irrepetibles, pero que coinciden  en lo importante: “La vía más directa a la sabiduría es la de la sencillez”.
En todos los casos de extravío mental el trayecto a recorrer parte de la ignorancia y se precisa de un guía para terminarlo con éxito. Pero gracias a Dios este software de ayuda nos viene de serie, por la fe, y no falla nunca.
Esta es en síntesis la verdad sobre la esquizofrenia y en general sobre las enfermedades mentales. El que lo crea podrá salvarse a sí mismo y a otros y el que no, se condena a sufrir sin remedio y de por vida una existencia lastimosa.
Hay que advertir e insistir en ello, que, aunque la fórmula general recurra a la fe, esto no supone en absoluto y en ningún caso que el remedio sea mágico e inmediato. La curación, apoyados en la fe, vendrá normalmente por cauces ordinarios. O sea, que si de entrada es preciso tomar conciencia de la condición de hijos de Dios, lo que conlleva estar bautizado y realizar un itinerario de formación que nos enseñe a vivir de acuerdo a la verdad de nuestra existencia, es igualmente imprescindible ponerse en manos de un buen médico, pues Dios no invalida la ciencia que Él mismo inventó sino que la conduce a la verdad.
En cuanto al principio y fundamento de la curación -la fe- no valen medias tintas. Si no se está convencido de esto es mejor no seguir adelante. Pero si uno se decide a creer entonces debe dejarse guiar como un niño y desechar cualquier objeción sobrevenida que le pueda apartar del camino que se le indica. Y es aquí donde se hace crucial la importancia de la humildad, hermana de la obediencia.
Por último, como el camino propuesto es tan diferente a los que nos son familiares, para que sea posible perseverar, al que empieza a creer se le enciende una luz en el corazón que le acompañará siempre, mientras crea, y que será como el faro que le guíe hasta que despunte el alba.

Yo advertí ese fulgor en mi interior cierto día memorable; pasado el tiempo supe que esa luz era como la concha del peregrino, plato para comer y vaso donde beber hasta llegar a la meta. Para animar a los indecisos a dar el primer paso de ese maravilloso itinerario he escrito en una jovial biografía novelada los pormenores de mi propia peregrinación. Con mi mayor afecto invito a todos a leerla con confianza, como si se tratara de la carta de agradecimiento de un amigo. Un cordial saludo. 











[1] Esta palabra y esquizofrenia tienen la misma raíz, que significa división.
[2] Este no es igual para todas las culturas, y sería interesante estudiar si por ser occidentales tenemos más riesgo de padecer este trastorno, lo cual no sería nada raro.

jueves, 4 de julio de 2019

CATOLICOFRÉNICOS

Yo, pecador, me confieso a Dios


Todos nosotros, aunque parezca mentira, nos estamos jugando la Vida. Todas las fricciones y luchas que tenemos son la concreción de la batalla entre las potencias del Mal y los partidarios del Bien en que tomamos parte.
El deplorable espectáculo de la política y la confusión endémica en todas las esferas de la actividad humana, son expresión de la virulencia de ese gran combate. Y la Iglesia está llamada en él a ser protagonista principal; aunque aun no se haya dado cuenta.
En España, mayoritariamente, hay continuidad de acción en las últimas décadas. Hay una presencia fuerte de la Iglesia en los sectores clásicos: Cáritas, Vida Parroquial, Beneficencia, Asociaciones... Y luego hay también un movimiento nuevo en dos líneas:
1-Se avanza en la modernización de los métodos de apostolado, con especial énfasis en la incorporación a las TIC.
2- Se extiende -por corrientes privadas, a menudo vinculadas a videntes- la convicción de que el mal ha llegado tan alto que el fin de los tiempos es inminente.
Lo propio de la esquizofrenia son los disparatados constructos mentales que, tratando de ser "mapas de la realidad", hunden cada vez más a sus creadores en la espiral de su enfermedad.
Y lo que está viviendo la Iglesia de los países ricos es algo parecido: superada por la increencia generalizada, o bien termina cediendo a la ilusión -idolátrica- de que si se quiere salvar a sí misma y de paso al mundo, tiene que deponer su doctrina y costumbres y ajustarse al mundo, por ejemplo con las TIC; o bien se inclina a la tentación "tranquilizadora" del  fin de los tiempos. 
En el primer caso resulta engañada al creer que el hombre de hoy está enteramente dominado por la tecnología, e igualmente engañada al creer que ella puede acceder "gratis" al uso de las TIC, como si ese instrumento fuera un fruto de la naturaleza o una propiedad adquirible cualquiera y no, tal cual es, un invento en manos de los adinerados para enriquecerse aun mas. (En este sentido, he oído a más de un católico comprometido relatar con asombro temeroso "debacles víricas" en sus PCs).
Y en el segundo caso, es igualmente ingenuo atribuir al Mal una posición preponderante en la batalla; pero aturdidos y debilitados por la general falta de testimonios, nos persuadimos de que no se puede hacer nada porque "te matan", y nos rendimos sin luchar.
Ambas posturas son constructos mentales erróneos, como en la esquizofrenia, que nos hunden cada vez más en el fango de la apostasía.
Si somos hijos de Dios no tiene sentido que consideremos como única vía luchar con las armas del enemigo (TIC) y tampoco tiene sentido que establezcamos nosotros los tiempos que sólo a Dios compete decidir y, bajo ese error, extraviemos la vida evangélica.
Es tiempo para la fe; para poner en el centro a Cristo y a través de un trato íntimo con Él avanzar personal y plenamente -ejerciendo el carisma propio- en la construcción colectiva de una nueva Civilización. En ese camino -ciertamente ardiente- conoceremos la Verdad que nos hará libres y poderosos por el Amor. Y ya no tendremos que imaginar qué está pasando verdaderamente, porque seremos los autores de esa creación ("lo hago todo nuevo "). Si hay que ir aquí o allí, usar esto o aquello, hacer esto o lo otro, no será porque nuestra inteligencia nos lo diga sino porque Jesús vivo y resucitado así lo indique, a cada cual según su función propia: muchos miembros pero un solo cuerpo, un solo Señor, una sola fe.
No es tiempo de lamentaciones; la mies es abundante y los obreros pocos... es tiempo de echar mano al arado y no mirar atrás. Y por verlo así, rechazo ese lenguaje engañoso que refleja esta verdad en una superficie ondulante, de modo que turba el ánimo en vez de enardecerlo. Asimismo, recelo de los discursos bienintencionados que provocan polémicas y ralentizan la conversión y por consiguiente la evangelización; y "echo de menos que haya más pastores que se pongan por encima de todas las demás personas del único modo que alzarse así es estar haciendo la voluntad de Dios: Amando a todos a fondo perdido" (de una homilía de D. Marcelo).