Imagen de FÍATE

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martes, 1 de enero de 2019

MIGUELITO DE MOCEJONCITO

Todo es posible si te haces como un niño


El primer día de clase, después del verano, estaba Doña Rosa con su grupo de Infantil de 5 años. Ya se conocían y estaban muy contentos de volver a verse. La maestra les había dado una ficha y estaban dibujando. De pronto el cielo se puso gris y les entró tristeza a todos. De vez en cuando alzaban la vista del papel y miraban al cielo, y cada vez estaba más oscuro. Doña Rosa también miraba, extrañada, y cuando sonó un trueno se acercó a la ventana y los niños se fueron tras ella. Entonces sucedió algo maravilloso: se puso a nevar copiosamente. Todos estaban emocionados, jamás habían visto nevar y era precioso. En unos minutos el patio se cubrió de nieve y Doña Rosa les dio permiso para salir a jugar.
A alguien se le ocurrió hacer un muñeco de nieve y todos se apuntaron. Juntaron una bola muy grande para el cuerpo y otra más pequeña para la cabeza. ¡Qué bien se lo estaban pasando!
Lucía, la hija de la cocinera, entró en el comedor y vino corriendo con una zanahoria y se la puso a modo de nariz. Nacho trajo piedrecitas y se las puso haciendo de dientes. Y Blanca, que siempre merendaba fruta, cogió dos rodajas de kiwi y le puso unos ojos verdes preciosos. A alguien se le ocurrió ir a contarle a la profe lo que estaban haciendo y Doña Rosa, contenta, les dejó el sombrero que se ponía cuando contaba un cuento en clase.
En cuanto le colocaron el sombrero, les pareció a todos que estaba genial y Lucía, que tenía muy buenas ideas, propuso que le pusieran un nombre. Y después de escuchar varias opiniones a todos les pareció bien que le llamaran Miguel, como Miguel de Cervantes. Y no sé quién dijo riéndose: ¡Sí, sí, Miguelito el de Mocejoncito! Y empezaron a llamarle Miguelito. Jugaban con él con tanto cariño que les parecía de verdad. Y Miguelito para acá y Miguelito para allá, de pronto Miguelito empezó a hablar. ¡Madre mía! ¡Qué alegría! No se lo podían creer, bueno…sí que se lo creían, y no paraban de jugar con él.
Habían gastado muchas energías esa mañana y cuando sonó el timbre todos se fueron corriendo a clase a calentarse un poco. Todos, menos Miguelito, que se quedó allí en medio solo, sin abrigo y sin amigos. Luego llegó la hora de irse a casa y se fueron todos contándoles a sus familiares las maravillas que habían vivido.
En el patio pasó la tarde Miguelito, más aburrido que la una. Y al anochecer sintió frío. No había nadie cerca y empezó a llorar. Después de un rato pasó por allí un gorrión y le oyó sollozar. Bajando a posarse sobre su hombro, el pajarito le preguntó por qué lloraba. Y Miguelito le contó la historia: cómo había cobrado vida por los niños y cómo le habían dejado solo y sin abrigo.
- Pues haz lo que hacemos nosotros.
- ¿Qué?
- Cuando viene el frío nos vamos volando al Sur, que está más calentito.
- Pero yo no sé volar.
- Pues coge el tren.
- ¿El tren?
El gorrión le explicó que tenía que ir a una estación y subirse a un vagón de tren que fuera hacia el Sur. Y le dijo que tuviera cuidado porque algunas personas no eran buenas y podían hacerle daño. Y diciéndole esto se marchó volando en busca de sus compañeros.
Miguelito se quedó pensando en lo que le había dicho el pájaro y, aunque le daba miedo, como tenía mucho frío, se animó y se puso a caminar en dirección a la estación del tren. Era una noche muy oscura y nadie le vio llegar a la estación; se subió al primer vagón que se encontró. Era un tren de mercancías y el vagón estaba lleno de cajas, y se sentó en una. El tren hizo sonar la sirena -¡PÍ… PÍÍÍ!- y se puso en marcha. Enseguida empezó a notar Miguelito que hacía menos frío. Y después notó que empezaba a hacer calor, y sintió alegría.
Pero le duró poco la alegría porque el calor empezó a molestarle y hacerle sudar. Le caían unas gotas muy gordas desde la frente y todo su cuerpo empezó a chorrear. De pronto se le cayó la zanahoria al suelo; y enseguida las piedrecitas de los dientes; y las dos rodajas de kiwi. En unos minutos Miguelito se vio convertido en un charquito en el que flotaba el viejo sombrero de Doña Rosa y la zanahoria, y el kiwi y las chinitas de sus dientes. ¡Ay, qué desgracia! ¡Pobre Miguelito! Que por huir del frío ahora no era nada. Y otra vez a llorar.
Tan tristemente lloraba el pobre y tanto se quejaba que sus gritos llegaron a oídos de un viento que pasaba por allí.
- ¿Quién llora tan desconsolado?
- Soy yo, Miguelito, el muñeco de nieve de Mocejón, que me he derretido por venirme al Sur. ¡Ay de mí! ¿Qué puedo hacer? ¿Puede Vd. ayudarme, señor?
- Sí, puedo. Yo me llamo Viento del Sur y me has caído bien y te voy a ayudar. Soy un viento caliente y voy a soplar sobre ti. En unos minutos notarás que subes al cielo en forma de nube, pero no te asustes. Cuando estés en lo alto busca un viento que vaya hacia el Norte, y pídele que te vuelva a llevar a Mocejón.
Y así fue. Miguelito se evaporó enseguida y subió en forma de vapor al cielo. Ahora era una nubecita y aunque estaba un poco asustado se puso a gritar: “¡Viento, viento!
- ¿Quién llama al viento? , contestó una voz que parecía un trueno.
- Soy yo, Miguelito, que al principio fui un muñeco de nieve, luego un charco de agua y ahora una nube.
- ¿Y para qué llamabas al viento?
- Porque quiero volver a ser Miguelito el de Mocejoncito, y para eso tengo que ir hacia el norte y necesito que un viento me empuje.
- ¡Vale! Eso está hecho. ¡Amárrate el cinturón que empieza el viaje!
El viento aquel hinchó sus pulmones y sopló con todas sus fuerzas, y Miguelito salió disparado por el aire, ¡como un cohete! Al principio iba muy rápido y no podía ver nada, pero luego ya no iba tan rápido y se atrevió a mirar para abajo. Veía los coches en las carreteras como filas de hormigas trabajando. Vio pueblos y ciudades, que también le parecieron hormigueros, porque los veía desde muy arriba, como si fuera en un avión.
Ya había perdido mucha velocidad ¡qué pena! ¡Con lo emocionante que era ir tan rápido! Ahora casi no se movía del sitio, iba muy despacito, y al final se paró del todo. ¿Dónde estaré? pensó. Miró hacia abajo y vio un pueblo; uno más de los muchos por los que había pasado. Pero como ya no se movía y se aburría de no hacer nada, se fijó mejor en aquel pueblo y, de pronto, se llevó un susto:
- ¡Pero si es Mocejón!
Sí, estaba encima de Mocejón, ¡encima del patio del colegio!; pero no podía bajar, ¡no podía hacer nada! Y le dio tanta pena no poder ver a sus amigos, que empezó a llorar de nuevo.
Lloró tan fuerte que despertó de la siesta a un Viento muy serio que se llamaba Del Norte. Y otra vez a dar explicaciones. Le contó a Del Norte toda su historia, y aunque aquel viento era muy serio, tenía buen corazón y le dio pena de Miguelito. Y le dijo: “No te preocupes, muñeco, que voy a soplar mi aire frío sobre ti, y en unos minutos estarás de nuevo con tus amigos”.
¡Con mis amigos! ¡Con mis amigos! Gritaba de alegría Miguelito notando que un viento frío empezaba a hacerle temblar.
Mientras tanto, abajo, en el Colegio Miguel de Cervantes, la clase de Doña Rosa estaba aprendiendo las letras del alfabeto:
“A de avión, B de barco, C de coche, D de … D de…”, nadie contestó a la maestra, porque toda la clase se había levantado y estaba mirando por la ventana: ¡otra vez se había puesto el cielo gris oscuro y… ¡otra vez estaba nevando!
Doña Rosa los vio tan emocionados que los dejó salir al patio. Hicieron un muñeco, le pusieron una zanahoria, unas rodajas de kiwi, unas chinitas a modo de dientes y un sombrero viejo de Doña Rosa, todo como la otra vez. De pronto se quedaron todos quietos mirando al muñeco y Nacho se atrevió a decir lo que todos estaban pensando:
- Pero si es…
- ¡¡¡MIGUELITO!!! Exclamaron todos a una sola voz.
Y una inmensa alegría llenó el pueblo de Mocejón porque había vuelto el amigo de los niños, el que tanta alegría les había dado aquella mañana de septiembre en que el cielo se había puesto de repente tan oscuro. Y como todo el mundo había notado que los niños no habían vuelto a ser los mismos desde que Miguelito emigrara a un clima más cálido, y hasta aprendían peor, ahora que había vuelto no pensaban dejarlo marcharse. Y una comitiva fue a pedirle a la alcaldesa que mandara hacer una escultura de mármol blanco de un muñeco, que dijera: “Con cariño, a Miguelito de Mocejoncito”. FIN.

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