Imagen de FÍATE

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jueves, 21 de diciembre de 2017

ORANTES Vs ARROGANTES

Entre tus manos está mi vida, Señor.
Nací y me crié en un hogar cristiano de una zona poco religiosa. Mi infancia estuvo marcada por la sencillez y la alegría y fue tan buena que tendría que ser yo un maestro de la palabra para describirla. No le faltó de nada: ni gozo, ni dolor; ni las alegrías serenas más profundas, ni las más profundas tristezas. A la paleta del cuadro de mi infancia no le caben más colores y, sin embargo, en lo material no fue tan rica.
Al tiempo que dejaba yo de ser niño, en los 70, empezaba a haber más dinero y se abría un ciclo de mayor bienestar material pero de menos paz. Para mí los sobresaltos no se hicieron esperar: choques con la realidad e inquietud, tiempos en los que se tambalearon mis cimientos y el peligro pasó a formar parte de mi vida. Me vi metido en una dura travesía y sólo gracias a la fe que recibí de niño, y con la ayuda de muchos y mucha paciencia, logré volver a la senda buena.
Me decía hoy un alumno, viendo el cuadro sinóptico de la historia de nuestra literatura, que faltaban las características de la sociedad del S XXI. Y le respondí, recordando una cita de A. Malraux, que en estos dieciocho años se aprecia una tensión entre la vuelta a la fe y la nada, entre la luz y la oscuridad; y que la señal de esa lucha es la confusión reinante, la turbiedad, que explica que nuestro juicio moral sobre una misma realidad oscile fácilmente sin encontrar su punto de equilibrio.
El libro de texto en cuestión recorría en dos páginas y con siete colores, doce siglos de historia: El teocentrismo de la EM, el humanismo del Renacimiento, la desilusión del Barroco, el Racionalismo de la Ilustración, la reacción del Romanticismo, la vuelta del Realismo y las Vanguardias del S XX; doce siglos de búsqueda de La Verdad. Y habiendo sido el XX un siglo tan terrible, no sería raro que el actual se volviera a Dios, cuyo culto fue ciertamente el centro de esa gran historia cultural de Occidente. Y tampoco sería de extrañar que la alternativa a esa opción fuera realmente la nada predicha por Malraux.
Los jóvenes en la actualidad experimentan como nunca la aridez de crecer. Se encuentran un campo en malas condiciones para el cultivo. Las relaciones sociales se han endurecido y el horizonte no es nada halagüeño. Creen en la importancia del aprendizaje porque es lo que oyen en sus casas de unos padres que ya han visto la dureza de la vida. Pero no entendiendo por qué no consiguen implicarse más a fondo en su formación, fácilmente se persuaden de que la culpa es suya.
Si la caridad consiste no sólo en no hacer daño sino en sacar al otro de su error, resulta contraproducente iniciar campañas de utilidad social que no tengan en cuenta cómo van a interpretar el mensaje los receptores. Si a un chico le invitas a reflexionar sobre su conducta en clase, sin otro criterio para enjuiciarla que el mandato puro y duro de obrar bien que pesa en su conciencia, provocas que se auto-inculpe y se desanime.
La culpa es hoy un instrumento de control. En el currículum educativo hace tiempo que se van eliminando los contenidos que puedan aportar referencias para adquirir una idea del mundo con arreglo a un criterio ético. Empezando por los libros de texto, que ofrecen tanta profusión de  datos que distraen la atención de lo fundamental y hacen inviable la reflexión sobre el porqué de las cosas. En el caso de la literatura, la mayoría de los alumnos de secundaria salen sin haber probado ni siquiera el gusto por ella, porque lo que se les ofrece de ella es lo más externo, lo más desabrido, un montón de datos, y los chicos apenas alcanzan a imaginar que el meollo y la importancia de esa materia es que les habla a ellos en su propia realidad, en las cosas que les parecen importantes y les preocupan. Además, esos textos son densos sobre todo en desaciertos, contribuyendo a dispersar las ya inquietas imaginaciones de los chicos con ejemplos rebuscados y difíciles, con datos complicados y minuciosos, abrumando no sólo a los alumnos sino también a los profesores.  Para colmo se editan sin corregir. En el cuadro sinóptico del que he hablado, por ejemplo, se atribuyen al romanticismo las características del realismo, haciendo con una cosa y otra que el abordaje del libro sea realmente una pesadilla para muchos alumnos. Los libros por una parte, y la supresión de horas de materias humanísticas de otra, son dos aspectos importantes de lo que pretendo ilustrar.
La marginación educativa de la esfera ética, siendo que nuestra naturaleza no la puede soslayar, supone dejar desorientados y a merced de la manipulación a los ciudadanos.
Una falta de convivencia puede tener una muy distinta calificación moral en función de las circunstancias. Si el que examina el caso tiene "el ojo enfermo", el juicio no resultará justo. Si los ciudadanos, en vez de una caridad social que les saque del error, se encuentran con el apremio de reclamos materiales incesantes y su entorno humano lo va siendo cada vez menos, perderán la capacidad de discernir el bien del mal. Poco a poco se irán inclinando a considerar bueno lo que encaje con su punto de vista y éste estará tanto más desenfocado cuanto más centrados en sí mismos vivan su existencia.
Hace tiempo que me rondaba la idea de escribir sobre la arrogancia, una cualidad que permite distinguir claramente las buenas o malas intenciones de las personas. Y de pronto caí en la cuenta de que a-rrogante es el que no ruega.
A la luz de ese hallazgo etimológico se puede ver la pertinencia del título de este artículo. El que ruega, espera obtener lo que pide y trabaja entre tanto con paciencia y paz para conseguirlo. En cambio, el arrogante, el que no ora, confía sólo en sus propias fuerzas y no duda en emplearlas con violencia para conseguir sus propósitos. "Los malvados cierran sus entrañas y hablan con boca arrogante; se hacen la ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida, que Dios aparta los ojos para no ver el oprobio de los inocentes... pero se equivocan y de pronto les sobrevendrá tal ruina que ya no podrán levantarse" (Del libro de los Salmos).
Todos nos damos cuenta de que nuestras acciones tienen un significado en términos de bien y mal, pero si en algún momento experimentamos angustia por el peso de una decisión, encontramos más fácilmente el consejo del que quita hierro al mal que podemos hacer que el del que carga con parte de nuestro peso para edificarnos con su ejemplo.
El mal, ciertamente, es contagioso, pero en la oscuridad. Sin embargo, cuando alguien decide romper esa cadena del mal y acepta en nombre de La Verdad y del Bien el vilipendio y el castigo públicos, y sin límite, resulta levantado en medio del pueblo como una bandera que atrae las miradas hacia sí y muestra, con su sufrimiento, que hay otro camino distinto al políticamente correcto. En la historia del hombre sobre la tierra nunca han faltado estos ejemplos,  ni faltarán, gracias a Dios.













jueves, 7 de diciembre de 2017

CHOCOLATE "LA CIBELES"

En invierno y a la española, está de muerte
Reflexionando sobre la moda en el lenguaje me vino a la mente la Pasarela Cibeles y el título de este artículo.
Aquella marca de los sesenta, que no sé si existe todavía, ligaba en el inconsciente dos deseos intensos: el del dulce manjar y el del dulce triunfo. Comercialmente, el pie de foto sería una pregustación, al traer a nuestra imaginación la sublime taza de chocolate caliente en buena compañía.
Los publicistas se esfuerzan en dar con las palabras que muevan las voluntades para comprar su producto y, en general, todos los que viven del público saben de la importancia de un manejo correcto del lenguaje. También para la imagen personal es importante nuestro modo de hablar y contribuye a abrirnos o cerrarnos puertas. 
Hay palabras de moda y otras demodéPor ejemplo: hace poco le sugerí a un médico, que vacilaba redactándome un informe, que pusiera ‘dolencia’, pero lo rechazó diciendo que era un término del siglo pasado y escribió ‘patología’. Tiene miga el asunto, porque aunque ambas palabras sirven para designar el mal que aqueja a un paciente, una pone el acento en la persona que lo sufre y la otra en la cosa en sí. Lo cual evidencia que la tendencia de moda es eludir lo personal.
Otra palabra de moda es 'tóxico', de cuya densidad emocional no hace falta dar explicaciones, aunque las daré de todas formas con un par de experiencias mías recientes.
Hace seis años seguí un tratamiento anti viral que en vez de curarme me dejó una lesión crónica de la piel, el eczema numular, uno de los peores. La lista de síntomas desagradables que acompañaron a aquel tratamiento llenaría un par de páginas pero, en resumen, muchos de los cobayas elegidos para aquel experimento coincidíamos en describirlo como una intoxicación. Y, por supuesto, el asunto estaba muy controlado para que no trascendiese, como siempre que se utiliza la impureza, del tipo que sea. 
En marzo se murió un primo mío, en cosa de un mes. Tenía 61 años y una vitalidad desbordante. Otro primo nuestro, un alto cargo médico, dijo entonces que Alejandro había tenido muy mala suerte porque con su perfil se contaban muy pocos casos de cáncer de pulmón fulminante. Curiosamente, unos días más tarde me topé en la prensa local con la noticia de un caso idéntico al de Alejandro; había fallecido de un carcinoma de pulmón repentino un trabajador de su misma edad y oficio que, como él, había estado durante años en hornos de fundición, que emplean el amianto. Mala suerte.
El envenenamiento es hoy más frecuente que antaño, pero presumir de lo que se carece es de siempre. Hoy en día, los mismos que te intoxican se hacen pasar por paladines de la ecología. En relación con esto, resulta moderno calificar de tóxico a alguien que discrepa con el pensamiento o las costumbres dominantes. Esto viene a ser como lo que hacían en la Edad Media de colgarle a uno el ‘San Benito’. La práctica vejatoria, inconfesable, es introducida desde arriba, y el pueblo, por mimetismo con el poder, la emplea a su antojo sin ningún miramiento, expurgando así sus malos humores a costa de cualquier pobre ‘chivo expiatorio’.
Si de un alumno, por ejemplo, se dice que es un ‘líder tóxico’, ya se puede despedir. Y además literalmente, porque se está dando el caso de que muchos de éstos son trasladados de centro, no se sabe adónde. (Como los residuos tóxicos).
Un colega mío, envalentonado tal vez por mi escasa popularidad, se atrevió a regalarme los oídos con una serie de lindezas sacadas de su magín, entre las cuales esbozó un retrato mío como el de ‘un tipo tóxico’. Alarmado, pero sin perder los nervios, quise saber a qué venía eso, y me contestó con una enigmática orden: “Piensa”.
Confieso que por un tiempo no pude evitar hacerle caso; un tiempo, por cierto, en el que tuve de nuevo esa desagradable sensación de haber sido envenenado. Salgo al campo y veo la cizaña verdear airosamente, paseo por la ciudad y me abruma su obscena lozanía. Actúa a escondidas el sembrador de cizaña, pero el que está acostumbrado a la luz lo distingue de lejos. Sin embargo, cuando las espigas se han quedado raquíticas entre tanta maleza, ¿qué se podrá hacer?
Voy a hablar alto y claro, para que me oigan todos y pueda yo salvar a alguno.
En un discreto rincón de un periódico reciente, se preguntaba con la boca pequeña Cospedal dónde estarían en los presupuestos de Castilla-La Mancha los mil millones que el gobierno le había asignado. Me temo que esa noticia fuera sólo el comienzo de una serie de ellas. Podría perfectamente suceder, como tantas otras veces, que algún incauto se creyera que por su cara bonita se le iba a facilitar “un trasvase de Tajada-Segura” y, mordido el anzuelo, se le echara luego la justicia encima para hacer brotar a su costa un político caraguapa con marchamo de honrado, que recogería en forma de votos los pingües beneficios del engaño.
En cuanto al presupuesto, ciertamente no se ven los dineros. En Educación y Sanidad, el personal está desfondado, la confusión es ya endémica y cunde el desánimo; más que a trabajar, vamos a sobrevivir; en empleo, a pesar de las estadísticas, no se ve una clara mejoría; los sueldos, por más que haya leves subidas, cada vez adquieren menos bienes y peores; en I+D, ya vemos lo que hay. ¿A dónde va el dinero pues? Tal vez a pagar silencios, sicarios y asesores. ¡Ah!, y asfaltos, que a este paso cubrirán la estepa.
A la puerta de mi casa, en el bloque donde tenemos la piscina, hay un local que ya ha cambiado varias veces de negocio en muy poco tiempo. Acaban de instalar una ‘tetería’ y ayer, al pasar por delante, vi a una chiquilla de quince años ‘auxiliada’ por otras tres de su edad porque se caía. Estaban fumando droga, así que bajé la ventanilla y les dije: “chicas, ¡no!, eso no os es bueno”. Mi hija de nueve años comentó que no bastaba una sola persona mayor para hacerles cambiar de forma de pensar. Y yo asentí, condoliéndome del abandono en que dejamos a nuestros jóvenes por considerar ajeno lo que no está bajo nuestro techo.
Seguimos esperando líderes que pongan remedio, pero los más que surgen son los que, pareciendo buenos, son de esos que envenenan.

Por sus obras los conoceréis 
He oído que aquel político al que el pueblo llano descubrió como un gran chaquetero, cuando España estuvo a la deriva y a punto del naufragio, está ahora entre los favoritos para hacerse con el control de Cataluña. El espectáculo que se ha montado allí era para provocar el hastío y que no viéramos la cacicada que está a punto de perpetrarse ahora, de entregarle a ese personaje la plaza mayor de España. Estaba aun caliente el rifirafe del 155 cuando se atrevió a decir que el arreglo económico con el País Vasco no era honrado. ¡Qué despropósito! ¿Es de un hombre de estado esa declaración? ¿o es de un agitador de guante blanco?
Lo que estamos viviendo es parecidísimo a una guerra de guerrillas, como lo fue la Reconquista o el levantamiento de Madrid en 1808, donde la plaza más importante en liza era la tuya y había que defenderla con uñas y dientes. 
Ese señor que este domingo salió revestido de gran estadista en la portada del KBC es un gran pesebrista de la Deep-Politik, como los del govern, que va acumulando ya veteranía en tejemanejes y fraudes, y forma parte de un plan B bruseliano, una vez fracasado el rabioso ataque a Rajoy y a España de hace dos años. El montaje de estos meses en Cataluña era para su entrada triunfal. Tal como se colaron los árabes por el Estrecho hace doce siglos, valiéndose del engaño urdido en una corte adormecida, o tal como por la felonía del Rey invadieron nuestras tierras las tropas de Napoleón, bajo pretexto de llegar a Portugal, hoy son los Amos del Atomium los que introducen con astucia en España el caballo de Troya por la puerta de Cataluña. Ese valido del capital, al que ya le rinde honores de salvador el secular voceras monárquico, nos lo quieren colar como remate apoteósico en la farsa de Cataluña mientras brindamos con cava; para cuando queramos despertar de ese mal sueño, él ya habrá cumplido su encargo de tumbar los últimos palos del sombrajo español que todavía resisten.
-   ¡Alto ahí!, ¿quién va?
-   Soy Rivera.
-   ¿Qué Ribera?
-   Da igual.
-  Pues ¡fuera!, que aquí somos españoles y nos gustan las cosas claras y el chocolate espeso.
Y con esto he mojado el bizcocho en el chocolate para ustedes. Chocolate La Cibeles, claro. El que tenga oídos para oír, que oiga.