Imagen de FÍATE

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martes, 24 de octubre de 2017

RASGAD LOS CORAZONES

Alborea un nuevo día en la Tierra
El drama humano que hoy vivimos viene de habernos dejado engañar por la ilusión de que nuestras cabezas podrían sacarnos de la miseria. Esta actitud explica también el hecho de que se haya convertido en un espectáculo el "rasgarse las vestiduras". Continuamente vemos en los medios ilustres y corrientes personajes escandalizados por los dramas que afloran sin cesar como margaritas en primavera; sobran razones para justificar la indignación y llenar páginas con ella.
De modo que los dramas nos afligen doblemente: por estar ahí y por ser relatados hasta la saciedad.
Y por eso Jesucristo se anticipa de nuevo a nuestro hastío, dándonos la solución: “Rasgad los corazones y no las vestiduras”. La fuerza que restaurará la vida en paz no viene de soluciones bien pensadas sino del cambio de nuestro corazón. ¿Cómo podemos no estar amargados viendo en la tele desde el sofá éste u otro drama y sintiéndonos incapaces de socorrer a esos hermanos sufrientes?
Esa pregunta refleja el sentir de muchos, cuya acción combinada haría que las cosas cambiaran pronto. Pues bien, es la hora de levantarse del sofá y de hacer en vez de lamentarse. Porque esa incapacidad sentida es producto, única y exclusivamente, de nuestra imaginación. Acostumbrados a pensar las cosas, nos damos vueltas sin ver la salida. Y toca movilizar el corazón y no el cerebro.
Divorciadas esas dos fuerzas gemelas estamos paralizados. Es urgente reactivar la bomba del corazón, con golpes decididos, valientes. Reactivar el coraje. “Esto podría funcionar, pero…”, pues ¡hazlo!
No sé si os habéis dado cuenta de que muchos están intentando dar otra vuelta de tuerca a esa manía de darle a la cabeza prescindiendo del corazón. Claro, porque estamos en una encrucijada, porque nos la estamos jugando. Pero a nuestro favor tenemos la experiencia de un pueblo que las veces que ha hecho historia, ha sido a golpe de corazón.  Un francés dijo aquello de “pienso, luego existo”; un español dice ahora: “Creo, luego existo”. ¡Fuera complejos!, a grandes males, grandes remedios.



domingo, 22 de octubre de 2017

¡NO TENGÁIS MIEDO!

¡Quédate con nosotros, que la tarde está cayendo!
No por bien sabido conviene dejar de recordarlo: mirando al futuro no basta el conocimiento, hay que educar en valores. La excelencia de hoy en día no se puede entender desde los estándares con que se suele medir (informes tipo PISA) sino que correlaciona en mucho mayor grado con una vida virtuosa. Arraigarse en el sustrato social propio mediante el respeto y la obediencia e ir creciendo así en conocimiento de uno mismo y del entorno, y apreciándolo, da como resultado al cabo de los años una vida talentosa, creativa y valiente. Lo otro, la imitación de modelos que vienen de afuera invadiendo sin decoro nuestro patrimonio cultural, con arrogancia de medios y desprecio a la tradición, sólo trae a la larga división y muerte.
En los últimos años, los adultos venimos observando con preocupación la rápida transformación de los usos sociales pero, por no tener certeza sobre la naturaleza de ese cambio, experimentamos una especie de parálisis que, a pesar nuestro, deja el paso libre a esos modos de vida nada buenos, abundantes en desórdenes y desequilibrios.
El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, de F. Engels, fue una de las lecturas obligatorias que nos puso D. Gustavo Bueno (q.e.p.d.) en primero de carrera, en Antropología. Era una hipótesis, bastante interesante, sobre la aparición de esos tres ejes de nuestra cultura occidental. En aquella época era incuestionable el carácter central de esas instituciones y sin embargo hoy, apenas tres décadas más tarde, son estructuras que amenazan ruina.
Las familias, todas, están siendo brutalmente atacadas, desmoronándose una tras otra. Las que resisten, lo hacen en medio de enconadísimos combates; en una familia de cinco, 'tres contra dos y dos contra tres' (Lc 12, 52), o sea, en reñida disputa y con un incierto desenlace.
La propiedad privada ya no existe de hecho o se está defendiendo a precio de sangre. El disidente no es enviado a ningún gulag, sino que es allanado de mil formas en su propia casa, sin que pueda defenderse. Y con el dinero pasa otro tanto. Yo mismo, sin ir más lejos, pedí un préstamo de 2.200 euros para poner en marcha Fíate y a día de hoy, cuatro años y medio más tarde, llevo pagados más de ocho mil y aún me quedan 1.500 por pagar. Ya sé que cuesta creerlo y que muchos pensaréis que estoy pagando lo que firmé; pero no (ni yo soy tan tonto ni los que piensan así tan listos); no, lo cierto es que cuando uno se toma su vida en serio, enseguida entiende lo que quiso decir Kafka y el abismo que separa el bien del mal; y os aseguro que cosas mucho más increíbles están pasando, Internet de por medio. También sé que todo esto es inquietante y podéis estar seguros de que no lo escribo por gusto. Sí, por supuesto que he ido a la policía, al notario y al juez, aunque, entiéndaseme bien... yo soy un sencillo padre de familia y me debo a ella.
Y en cuanto al Estado, el que tenemos hoy es una pura caricatura, basta con observar lo que hacen sus representantes. No obstante, en España, por ser quijotes, está resistiendo algo más que en otras partes, donde se ponen y quitan jefes con gran facilidad; aquí, aunque sean rara avis, tenemos todavía algún político con nobles intenciones. Lo malo es que, tal vez por esa peculiaridad de España, nuestro gobierno está ya plagado de masones y sólo Dios podrá revertir el camino hacia la muerte por el que nos conducen. Frutos del engendro pactógeno C's, ellos y el poderoso caballero que les manda, hacen y deshacen a su antojo, o casi.
En este magma de confusión, incluso la gente formada se siente desorientada y por tanto temerosa; y acosada por los fantasmas del miedo fácilmente se dejan convencer por los embustes de personajes que, sintiéndose protegidos por sus círculos, crean en torno a sí la ilusión de una seguridad que en modo alguno tienen. 
Se puede negar a Dios en una búsqueda de la verdad y no condenarse, pues 'la paciencia de Dios es nuestra salvación' (2P 3), pero negar al Espíritu Santo es un pecado que Dios no perdona. Porque el Espíritu Santo es el encargado de demostrar al mundo la existencia del Dios-Amor, y cuando actúa ante un alma iluminándolo, es blasfemia imperdonable volverse hacia la oscuridad. Resistirse al Espíritu Santo es en extremo peligroso y muchas almas están tentadas de hacerlo. Ante la falta de orientación, toda luz por pequeña que sea es estimable y nos puede ir guiando hasta sacarnos por completo de la oscuridad. Esa luz, que es la del Espíritu Santo, nos atrae con lazos de amor y libertad y, sin embargo, hay muchas personas con formación que la rechazan y que prefieren encadenarse a vanos personajes que les proporcionan la falsa seguridad que da el dinero.
Inquieto andaba yo en cierta ocasión y necesitado de platicar con Dios, cuando me enteré de cierto monasterio en Toledo que recibía huéspedes en retiro de oración. Al acercarme al recinto, grande, llamé a un timbre en una verja y tras un tiempo divisé a un monje que salía acompañado de una mujer en dirección hacia mí. Ella tomó otro camino y yo expliqué el motivo de mi visita. Me llevó entonces a una casona antigua, anexa a otros edificios, y me enseñó una sala grande donde me dijo que podía quedarme. También me mostró la cocina lindante para que dispusiera de ella, aunque mencionó como de pasada algo de una avería. Yo esperaba poder alojarme en una celda pero me dijo que estaban todas ocupadas, y dándome algunas indicaciones más, entre las que me llamó la atención una leve insinuación sobre el poder del abad, salimos hacia la Iglesia, que estaba al lado. Ésta era monumental, aunque falta de ornamento y, como el resto de las dependencias que me había mostrado, fría y poco acogedora. Me dejó solo allí y me senté para rezar y serenarme un poco.
Al rato llegó un monje mayor, con barba blanca y más bien bajo de estatura. Surgió desde atrás avanzando por un lateral de la nave, y llevando una bolsa de plástico en la mano. Llegóse al altar, elevado en el centro, y dispuso sobre él manteles y algo más que sacó de la bolsa; luego lo rodeó mirándolo, como si pensara en el modo de resolver algún problema, y se paró de pronto en una esquina, sujetando con un brazo el codo del otro, que estaba dando apoyo a la pensativa cabeza. Escena y personaje eran como para contemplar, pero mi olfato espiritual me dijo que aquello no era muy católico y decidí no mostrar interés. Por lo que vi después, sospecho que el 'actor' recibió de mí el feed-back correcto. 
Cuando ya me iba apareció un hombre de avanzada edad que parecía el encargado del huerto y de las labores de mantenimiento. Hablaba con acento francés y la expresión de su rostro me hizo pensar en una vida de aberrantes costumbres. Tras cruzar unas palabras con él, y afianzar éstas mi impresión primera, me marché a mi estancia, pensativo e incómodo tras el primer contacto con aquella comunidad. 
Me costó acomodarme en aquellos muebles antiguos y en aquel ambiente frío y desangelado. Después de un rato poco provechoso pensé que una taza de té me ayudaría a aclimatarme más rápidamente y yendo a la cocina me encontré con la increíble sorpresa de que al abrir un cajón resultó que estaba lleno de agua. Entonces miré el de al lado, y también: ¡todos los cajones estaban llenos hasta arriba de agua!; y entonces ya sí que me empezó a entrar canguis. El hospedero había dicho algo de un problema con la calefacción, pero de ahí a lo que estaban viendo mis ojos había mucha diferencia; porque los cajones estaban distantes unos de otros y todos tenían agua y yo, que ya entiendo un poco de instalaciones domésticas, por más que le daba vueltas técnicas al asunto, no veía por dónde podía llegarles...y en el suelo no había ni una gota. Me retiré sin poder confortarme con el té y continué escribiendo. Al cabo de un rato caí en la cuenta de que estaba encogido e incómodo, como atrapado por una especie de hechizo, y decidí romperlo. Entré en la cocina y comencé a vaciar los cajones, vertiendo el agua por el sumidero, o directamente al patio trasero, que no me acuerdo bien. Después los sequé uno por uno con los paños que encontré y éstos los colgué luego de los salientes que pude. Al final, dejé la cocina saneada y con una curiosa exposición de trapos. 
Acababa yo la faena cuando aparecieron no sé por dónde dos señores que no se veían desde hacía tiempo y que no iban de paso como yo, sino que estaban vinculados con aquella casa por otro tipo de relación, diríase que más estrecha y funcional. Comentaron jocosamente al ver el espectáculo de la cocina que parecía una decoración halloween, que por cierto se celebraba precisamente aquella noche. Y el comentario casual de aquellos dos extraños resonó un poco en mi interior como la típica ironía del comienzo de una película de miedo.
Durante unos instantes los oí conversar entre ellos mientras intentaba leer pero ni el contenido ni la forma de su conversación lograron hacerme sentir mejor. Me venía a la mente una impresión difusa acerca de sus rostros, como si sus facciones adolecieran de falta de armonía, como si por algún extraño desvarío se fueran desencajando poco a poco. Luego, durante la cena, compartiría mesa con uno, aunque no menú, pues el hospedero hizo sin disimulo distinción de clases entre ambos. Ya me había hecho sentir mal antes al tener que ir a preguntarle al abad -el de la bolsa- si me podían dar de cenar.
Entrada la tarde le había rogado yo al hospedero que me dejara quedarme allí durante la noche, que la pasaría rezando y no necesitaría acostarme, pero no le gustó nada de nada la idea y trató de disuadirme del todo aconsejándome que me fuera a casa y viniera al día siguiente si quería. Entonces llegó el que iba a cenar conmigo. Se trataba de un madrileño, casado y  padre de familia y sin embargo habitual de la casa, que se extrañó de que me permitieran cenar allí. 
Al conversar con él volví a notar aquella misma sensación incómoda de falta de pureza, de falta de naturalidad... Terminó él antes que yo y se fue, pero volvió enseguida a avisarme de que me estaban esperando para rezar Vísperas, lo cual iba a ser el final de mi visita.
En una capilla de la iglesia se habían congregado cuatro monjes y les acompañábamos los tres de fuera que ya he mencionado. Pero cuál no sería mi sorpresa al reconocer envuelto en inmaculados hábitos al que a la hora de nona me había parecido un envilecido sirviente.
El supuesto abad estaba ante un teclado y cuando los monjes entonaron las primeras notas de un salmo, diríase que más que cantos al Señor, lo que salió de sus gargantas fueron graznidos de cuervos que esperaran su comida.
Ni qué decir tiene que mi espanto no dejaba de aumentar pero llegaría pronto al culmen cuando, al rezar el Ángelus, le arrebataron toda su Gracia al Espíritu Santo. En efecto, proclamó el ministro: "El Ángel del Señor anunció a María"; y el coro respondió: "Y concibió por obra del Espíritu Santo". De impíos era su-versión, sin duda. 
Y como los espíritus se conocen, en cuanto terminó la oración, se levantó el supuesto abad y dirigiéndose directamente a la puerta, la abrió de par en par para mí apartando la vista -como quien tiende un puente de plata al enemigo que huye- e invitándome a salir...y no volver. 
Pero yo no me fui huyendo, y de hecho volví. Volví aquella misma noche. Como estaba clara y templada y por circunstancias yo no tenía ni sueño ni obligaciones, decidí darme un paseo en la noche sabatina antes de retirarme. Y con la impresión aún fresca de lo que había vivido hacía unas horas, me acerqué de nuevo por curiosidad a aquel lugar. Dejé a cierta distancia mi bicicleta y me senté bajo un árbol a observar la entrada. Se movían rápido las nubes tapando y destapando la luna y sobre mi cabeza ululaba una lechuza. De vez en cuando pasaba un coche y yo me escondía, que no eran horas para estar allí. Pero a pesar de mi precaución, algo debieron de ver los de aquel coche grande porque a los tres minutos volvieron a pasar... y más despacio. Y por supuesto ya no esperé a la tercera, cogido por la impresión, y me retiré de la escena del ...
No me cabe duda; Toledo es la capital Primada de la Iglesia española, la que fue evangelizada por Santiago Apóstol con tanta eficacia que en los siglos venideros alumbraría a medio mundo; y la pobreza pastoral que yo observo hoy aquí y allí, se corresponde perfectamente con la dispersión y la matanza de las ovejas que estamos padeciendo en nuestro país. El lobo no para de engordar y sólo las ovejas que se dejen encontrar por el Buen Pastor podrán salvarse de la gran cacería.
Atando cabos voy comprendiendo el gran peligro que corremos: "Dos estarán en la misma cama, a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. (...) -¿Dónde será eso, Señor? -Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo." (Lc 17)
El lobo anda suelto haciendo estragos. La policía que Zoido mandó a Cataluña no iba toda con su uniforme reglamentario. Unos sí, otros no... Y en la causa de la unidad de España tampoco están todos los que son ni son todos los que están. 
Había dejado por concluir la entrada penúltima de este blog. Pues bien, en cierta ocasión abrí por curiosidad el libro del quijote falso y me bastaron unos párrafos para comprender la infamia que supuso su publicación, aunque por el modo en que Cervantes lo trató en la segunda parte de su libro, ya me lo había podido imaginar. La pureza del héroe cervantino, la nobleza que encarna, es mancillada hasta convertirla en heces. Lo más bajo de la condición humana ocupa para el impostor el lugar elevado que Cervantes dio al espíritu. Y en la Comisaría de Toledo, un quijote espatarrado y bebiendo vino a placer, no puede ser reflejo de un noble espíritu de servicio. Y entonces, una de dos, o no tienen ética o no tienen estética. 
Ciertamente, nada hay puro entre nosotros, pero puestos a elegir, prefiero la policía de "cualquier lugar de la Mancha" que la de la Comisaría de Avellaneda. ¿Será que Toledo tiene algo?

domingo, 15 de octubre de 2017

HOY CUMPLO 24

¡¡Estáis todos invitados al banquete de mis bodas con el Señor!!
La razón por la que en cuanto volví de Asturias me detuvieron y me llevaron a la Comisaría no la diré por ahora. El caso es que me negaron el habeas corpus, me quitaron ciertas pertenencias, me ficharon y me metieron entre rejas. 
La estrategia del 'malo' siempre se basa en el miedo. De haberme detenido el viernes, como había sido su intención, muy probablemente me hubiera pasado todo el fin de semana en los calabozos de la Policía, pero Dios no se lo permitió. En vez de eso, entré de lunes por la mañana y salí después de comer; justo a tiempo para ir a buscar a mi niña al colegio como de costumbre. 
Lo de la comida merece un comentario aparte. Creo que era un punto importante dentro de su plan diabólico de asustar a la víctima. A su hora, me preguntaron si quería comer y dije que sí. Sabemos que hoy en día los reclusos reciben un buen trato en general y aunque yo no estaba nada seguro de que me fueran a dar un plato de gusto, tampoco me imaginaba lo que me tenían preparado. Me trajeron una bandejita precocinada en la que había algunos garbanzos y no sé qué más. Si yo no hubiera estado entrenado a comer con sobriedad y acostumbrado a los sacrificios, no hubiera podido superar aquel mal trago. Sólo consigo recordar otra ocasión en mi vida, también muy apurada, en que tuve que comer algo muy malo; aunque no tanto. El plato que me sirvieron, frío, era realmente vomitivo. No puedo describirlo. Sólo diré que para poder tragármelo "hice" que cada bocado se convirtiera para mí en un beso en las llagas de Cristo. 
Estaba a punto de terminar de comer cuando juzgaron que ya había tenido bastante, y me soltaron.
Hay muchas razones por las que la vida de las personas puede salir del "área de comfort" y complicarse. En no pocas ocasiones esto sucede sin buscarlo y en otras se debe a la voluntad de vivir de acuerdo a las propias ideas. Pero en mi caso no fue ni una cosa ni otra.
Arrojado en el mar de la vida, había intentado yo sin éxito durante años poner rumbo a puerto seguro. Al final, después de varios naufragios, y amenazado por otro temporal, cedí el timón de mi barquilla a un gentilhombre que muy amablemente me convenció para que me dejara guiar. Grabado a fuego en mi alma tengo ese momento, con fecha y hora. El momento de mi vuelta a la 'casa paterna'. 
Desde aquel día se podría decir que dejé de anhelar demostrar al mundo lo listo que soy. Y emprendí el camino de aceptar que otro me diga lo que tengo que hacer. Pasé de vivir por mí mismo a vivir por la fe en el Hijo de Dios vivo que entregó su vida por mí. Y esto en la práctica se concretaba en que mis decisiones, sobre todo las grandes, tenían que ser fruto de la oración. Los sucesos que desencadenaron mi encierro se entienden sólo como eslabones de esa cadena que me unía, ataba y aseguraba al patrón de mi vida.
Gracias a esa cadena he podido adentrarme en terreno enemigo sin perecer. Para que vislumbrara el poder del mal y sus consecuencias me llevó Dios por distintos sórdidos parajes. Y desde luego que de no haberle tenido al lado no lo hubiera podido soportar. Asomarse siquiera a ese abismo produce un vértigo escalofriante; su contemplación espanta a los espíritus nobles. Pero la pedagogía de Dios es sublime y en muchas situaciones difíciles de estos últimos siete años de combate, he sacado las fuerzas para luchar de ese conocimiento rudimentario del misterio del mal que Dios en estos años me fue proporcionando en dosis.
Insisto en que nada de lo que en estos años he vivido puede explicarse cabalmente desde criterios exclusivamente humanos. Y si alguien osa hacerlo es muy probable que su intención no sea buena y que no vaya buscando la verdad.
He comenzado estas confesiones con ejemplos claros de que tras la apariencia de bien se esconden a menudo la violencia y el vicio, la injusticia fruto de la soberbia.
El movimiento interior que me impulsó a comprometer seriamente mi comodidad fue el resultado de un itinerario de experimentación espiritual que comenzó hace veinticuatro años, el 21 de octubre de 1993, para ser exactos. Ese fue el día que abandoné el timón del barco. Desde entonces voy hacia donde no sé por donde no sé. Es cierto que muchas veces he estado tentado de recuperar el mando, pero he podido resistir la tentación, gracias a Dios. Y no sólo sigo teniendo fe sino que cada vez se me hace más patente que antes de que yo piense algo, Él ya sabe cuál va a ser la decisión final y el porqué último de la misma.
Así pues, el 'fregao' en el que me metí -y del que aun no he salido- por mi confianza en Cristo, y que por momentos me hace sentir vivamente que mi vida corre peligro, no fue una heroicidad, aunque arrechuchos me costara. En realidad, habiéndolo decidido en el nombre de Jesús, hasta la más mínima moción interior -pensamientos, emociones y cualquier estado del ser - resultaba aquilatada y celestialmente urdida y programada para el éxito. El que tenga oídos para oír, que oiga.
Luego, el que empezara yo a vivir como un personaje de película importa muy poco -aunque si alguien busca emociones le puedo animar a que lo pruebe- y si ha sido así es porque la personalidad que Dios me dio y que Él conoce al dedillo, se presta a ello.
Ciertamente, mis andanzas de estos últimos siete años dan para un libro, que si Dios quiere será la segunda parte de 153 rosas, esa trilogía de mi vida que algunas almas nobles desean ver completa; aunque confieso que me entra yuyu sólo de pensar que haya una tercera parte... pero en fin, sólo Dios sabe.





  




















sábado, 14 de octubre de 2017

LA COMISARÍA DE AVELLANEDA

¡¡SE HACE SABEEER...!!
En mi temprana juventud, en Oviedo, leí La vida exagerada de Martín Romaña, del peruano Alfredo Bryce Echenique. Me cayó bien aquel personaje al que tantas cosas le pasaban y con quien me sentía bastante identificado. Y en esa buena sintonía, avanzada la lectura del libro, gocé mucho al descubrir que Martín, el protagonista, visitaba mi ciudad para vivir también allí historias increíbles. No sospechaba yo entonces que a la vuelta de los años me tocaría a mí narrar mi propia vida exagerada. 
Acudí por primera vez a la Comisaría de Toledo con el fin de poner una denuncia por acoso laboral contra mis superiores. Fue el miércoles 26 de junio de 2013, a las nueve de la noche.
Me pidieron que esperara a la puerta de un cuartito, junto a otras dos personas. Después de un buen rato seguíamos como al principio. Por fin salió alguien y quedamos aguardando a que llamaran al siguiente, pero transcurridos varios minutos nadie nos invitaba a entrar.
En buena lógica, la atención a personas agraviadas debería hacerse con delicadeza y diligencia y por eso me animé a llamar a la puerta de aquel cuarto. En cuanto asomé la cabeza, una funcionaria que estaba adentro, me instó con aspereza a seguir esperando. Este contratiempo me dio pie a entablar conversación con la señora de al lado y comprobé que ella también estaba abrumada por el largo tiempo de espera.
Acababa de publicarse en los periódicos la noticia de que nuestro país tenía el porcentaje de policías más alto de Europa. Desde luego, su presencia en las calles se notaba. Y de ser cierto el dato, la deficiencia de aquel servicio que estábamos padeciendo resultaba aún menos excusable.
Con estos pensamientos y la inquietud propia del momento, me pareció un acto cívico formular una queja contra aquella tardanza. Me acerqué a la garita del control, en la que había tres policías. En cuanto se enteraron de mi intención y mis razones dieron muestras de enojo y con gestos de fastidio llamaron a un superior.
Apareció en el hall un hombre joven, que tenía asumido que su deber era sacarme del error y disuadirme de mi propósito. Como si estuviera ofendido, se extendió largamente ensalzando la calidad del servicio y su condición heroica. Se justificó de paso diciendo que siempre había dos personas atendiendo a las denuncias pero que, por necesidades del servicio, en aquella ocasión sólo atendía una.
Contemporicé con él todo lo que pude pero insistí en poner la queja. Al oír esto me volvió la espalda, desairadamente, y me ordenó sentarme. A la sazón ya habían entrado a declarar los que estaban en la cola y otros que habían ido viniendo después.
Cuando me llegó a mí el turno me recibió un funcionario sin uniforme con modales arrogantes. Al exponerle escuetamente el asunto me devolvió su interpretación de lo que yo le decía. En su versión se desvirtuaban los hechos perdiendo toda su gravedad. En definitiva, no se trataba de un delito sino de ciertas peculiaridades del ambiente de trabajo que a mí me hacían sentirme perseguido.
Procuré reenfocar el tema trayendo a colación los casos de acoso que terminaban en tragedia pero no dudó ni medio segundo en ridiculizar mi observación argumentando que estadísticamente esas muertes eran insignificantes. Después de un tira y afloja, viendo que yo insistía en mi propósito, me pidió que relatara los pormenores del caso.
Por más que intenté explicarle que la sutileza de los mismos exigía que fueran tratados en un proceso legal con las debidas garantías, insistió en que el procedimiento de denuncia requería esos detalles. Tanto insistió que me hizo dudar de que el mobbing fuese realmente denunciable ante la policía. Después de todo yo no les presentaba hechos punibles concretos que justificaran su intervención.
Decidí finalmente aceptar su consejo de dirigirme a Magistratura del Trabajo o a un Juzgado de lo Civil. Pero de camino a casa, ya muy tarde, tuve la impresión de que había errado marchándome sin realizar mi propósito. Más tarde, buscando en Internet, confirmaría aquella impresión.
Desde diciembre de 2010 el Código Penal recogía esa infracción y recientemente se habían dado casos señalados de denuncias ante el CNP. Llamé a la Comisaría y pedí que le dijeran al funcionario que me había atendido que por su ignorancia de la ley me había causado enojosas molestias. También les dije que volvería por allí a la mañana siguiente.
A las 8:30 h. estaba de nuevo en el gran hall de espera, un espacio diáfano rectangular de unos 140 metros cuadrados, en torno a una escultura, de un tamaño superior al natural, de un quijote.
Me puse en la cola. Y esta vez no iba a tardar mucho en ser atendido.
De repente se abrió la puerta y se dirigió a mí un hombre vestido de paisano con muy malos modos. Me preguntó que qué quería, lo cual estando allí era obvio y así le respondí. Era evidente que conocía mi intención e intentó inquietarme preguntándome si no había puesto ya el día anterior esa denuncia. ¡Qué despropósito! Acto seguido, como el que trata con un desalmado, me cerró la puerta ordenándome permanecer allí sentado.
Obedecí. Y empezó a pasar el tiempo sin que nadie me atendiera. Me levanté una vez más y acercándome a la puerta giré el pomo. Pero para mi sorpresa, la encontré cerrada.
Me acerqué entonces a la garita a comunicarlo y un policía veterano, que apenas se volvió para mirarme, insistió en negar que lo que le decía fuese cierto, pues según él ese servicio no cerraba nunca. Le insté a que él mismo lo comprobara y no quiso hacerlo. Entonces le pedí que se identificara y me despachó destempladamente diciendo algo así como que no le faltaba más que tener que dar sus señas a todo el que se las pidiere. Después de eso, sin poder dar crédito a lo que estaba pasando, me fui de allí.
Aquella mañana me había levantado con un poco de lumbago y por prevención había pedido una cita en el centro de salud para primera hora de la tarde. Al terminar mis quehaceres de aquella jornada de final de curso en el colegio, como aún era temprano para comer, hice acopio de valor y volví a la comisaría.
Pronto vi que el plan disuasorio persistía. Después de un tiempo de espera considerable me acerqué a la garita y les indiqué que me iba a tumbar en una esquina retirada, en alguno de los muchos bancos que había, porque me molestaba la espalda. Como el tiempo de espera se prolongaba mucho más de lo razonable y todo indicaba que nada iba a cambiar, hallé en mi mente la forma de conseguir testigos de lo que estaba pasando. Era ya casi la hora de acudir a mi cita con el médico y consideré justificado pedir una ambulancia que me llevara. Desde mi triste esquina de proscrito usé mi móvil; dije que me sentía impedido para llegar por mis propios medios al médico que me tenía que ayudar y les pedí que vinieran a por mí a la Comisaría. Así lo hicieron y al acercarse a socorrerme les rogué que esperaran a que pusiera mi denuncia, que ya no podía tardar; a esto el conductor no supo qué responder y se retiró a la furgoneta para consultarlo; yo me fui tras él y tomé nota de la matrícula y número del vehículo.
Desde la garita no perdían detalle, también ellos nerviosos. Uno me inquirió con dureza la razón de por qué anotaba aquellos datos. Fueron momentos tensos y, con la fuerza moral que me daba el saberme víctima de un abuso, me acerqué a la puerta privada de acceso a las dependencias policiales y entré por ella. Inmediatamente apareció alguien en la puerta que debía comunicar con el cuarto de denuncias y me invitó a volver al hall. Al hacerlo ya venía corriendo hacia mí un viejo policía que se atrevió a decir que yo estaba loco. Me callé, pero sabiendo que finalmente había logrado romper su defensa.
Efectivamente, al poco me pasaron al cuarto y me atendió, tenso y enfadado, un joven y avispado policía. Supe que él había tomado por su cuenta la iniciativa de poner fin a aquella farsa para no provocar un altercado mayor y se podía adivinar por sus modales su violencia interior. Mientras él iba y venía yo seguía molesto con mi espalda, así que me recliné levemente en los sillones bajos en que invitaban a sentarse a los que acudían allí a pedirles algo. Al hacer entrada de nuevo en el cuartito y verme en esa postura, "me escupió" -como si yo fuera un delincuente confeso- que me incorporara, pegándome una patada en los pies.
Y así fue como denuncié por acoso al Director de mi colegio y al Jefe del Servicio de Inspección. Vendrían después otras muchas denuncias, en la Policía y en los Juzgados, y ninguna de ellas prosperaría en una sanción pública. 
Una vez fui a denunciar que unas hermanas, dadas en acogida permanente por la Consejería de Sanidad, estaban siendo abusadas sistemáticamente, y los policías que me atendieron -corruptos también- me trataron como si el delincuente fuera yo. 
Pero no todos son así. El día de los Santos Ángeles Custodios, patrones de la Policía, escribí en este mismo blog un elogio de los policías buenos, que gracias a Dios también los hay, y muchos. 
Estoy convencido de que, después de todo, aquel policía que me solmenó la patada era sin duda uno de estos policías buenos, obligado a trabajar con planes y superiores viciados. Y esto está pasando siempre y en todos los ambientes. Hay una lucha, la del hombre desde que apareció en la Tierra, entre el Bien y el mal. Éste último hace mucho ruido y con él somete a las personas por el miedo. Los más afortunados encontramos una salida, una forma de escapar a esa violencia impuesta, gracias a Dios. En Él obtenemos fuerza y sostén para hacerle frente al dragón.
Ciertamente no hay lugar adonde ir que no esté contaminado por esa presencia del mal. Y por eso la única salida está en nuestro interior, donde habita Dios si le invitamos a entrar.
Este Dios permitió, a la vuelta de aquel verano del 2013, habiéndome ya abierto los ojos a este misterio del mal mezclado de forma abominable con el Bien, que yo me encargara de presidir mi Comunidad de Vecinos. E inmediatamente me desveló la podredumbre que se escondía entre sus muros, para, acto seguido, enseñarme el modo de acabar con ella.
Mis primeros movimientos en los rincones oscuros fueron torpes y las ratas ciegas que los habitan, huyendo de la luz, se abalanzaron sobre mí para morderme. Una vez, estando yo en Misa, coincidió que se celebraba un funeral. Me había sentado en el segundo banco, sabiendo que el primero se reserva para la familia en estos casos. Llegó inmediatamente un hombre de aspecto duro y se sentó delante de mí. Noté que no era un familiar del difunto y que "no estaba en su ambiente". Para explicarle cuál era la costumbre le toqué un brazo y se volvió como los que se han criado en la violencia, haciéndome sentir su frialdad. Aquel hombre -un sicario del mal- se sentó entonces a mi lado. Al darle la paz volví a notar la dureza de su corazón en la mirada. 
No sé exactamente qué pasó por mi interior pero en vez de ir a comulgar como siempre, esperé a que pasara toda la larga fila de fieles y comulgué el último. Y después no volví a mi sitio sino que salí y eché a correr sin parar hasta la estación de autobuses. Tenía que coger uno para Madrid y tuve suerte de que cuando llegué estaba para partir y tenía plaza. 
Iba para Asturias, donde pasaría los días siguientes arreglando ciertos asuntos. Allí me comunicó mi mujer que aquel viernes había ido la Policía a buscarme a casa. Comprendí entonces que mi escapada de la Iglesia había sido providencial y comencé a prepararme para lo que se a-vecina-ba. [Continuará]


viernes, 6 de octubre de 2017

AVISO A LOS USUARIOS DE FIATE

Estamos en proceso de obras en la Sede de la Fundación. Entretanto atenderemos a los Alumnos con Necesidades Educativas Especiales en el entresuelo 3A del mismo edificio. Gracias y perdón por las molestias.