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domingo, 24 de septiembre de 2017

EL TÍO TOM

Evangeline y el tío Tom (detalle de un óleo de Edwin Long)

Harriet Beecher Stowe, conmovida por el drama de la esclavitud en Estados Unidos, escribió esta popular novela en 1851. Su éxito se debió al profundo sentimiento de indignación moral que suscita y que emana de una auténtica religiosidad cristiana. Al tío Tom le dotó de las cualidades de un patriarca y coronó su íntegra andadura con el martirio. A su lado, la dulce Evangeline, es incapaz de sufrir todo el mal que la rodea y que ella conoce con la inteligencia precoz de un espíritu puro, y enferma, diríase que de nostalgia del cielo, muere en la flor de su juventud.
Una de las razones por las que es oportuno recordar este libro es por poner en valor los nobles sentimientos que permiten a un ser humano llegar a comportarse heroicamente. Pero el verdadero motivo de mi escrito lo dejo para el final.
A la autora de esta novela, por lo que enardeció los espíritus, se refirió Abraham Lincoln como "la mujercita que ganó la guerra". Y hablando del legendario Presidente voy entrando en el tema que me movió a escribir.
No hace mucho seguí un enlace a las famosas charlas TED ('tecnología, entretenimiento y diseño', un medio de inspirar y dinamizar la iniciativa emprendedora), para escuchar a Ken Robinson, uno de los actuales 'gurús' de la educación, en su famosa charla "¿Matan las escuelas la creatividad?". Me gustó oírle, y ya picado en la curiosidad, escuché también la siguiente, la de 2010. Ambas empezaban con la constatación de que nuestra educación aleja a muchas personas de sus talentos naturales, por lo que la crisis actual es más una crisis de RRHH que de recursos materiales. Para Ken, uno de los principales desafíos que tenemos en educación es el de innovar de raíz, y el gran obstáculo, la tiranía del pensamiento mayoritario, enclavado en viejas ideas del mundo y falto de pasión. Para él es urgente reconstituir nuestro sentido del talento, superando su identificación con lo académico, lo cual conllevaría pasar del modelo industrial actual a uno agrícola (la cosecha es impredecible, lo único que está en nuestras manos es preparar el terreno para que el talento fructifique).
Según Ken, la respuesta para el futuro es la personalización de la educación y en cambio, lo que constatamos a diario es una fuerte tendencia a uniformizar, a no hacerse cargo de los casos particulares, todos iguales ante la ley. Pero si esto es así: ¿quién le pondrá el cascabel al gato?
Disfruté realmente con aquella charla de Ken, como me imagino que les habrá pasado a la mayor parte de los casi 40 millones de personas que la han visto y oído. Habiendo meditado mucho sobre ello, tengo para mí que aquel acto fue uno de los últimos destellos del gran sueño americano. La exuberancia creativa de una generación -patente en el acto de aquel profesor británico de 55 años hablando a líderes del TED- aplicada al análisis de la educación que a todos ellos les había encumbrado, no podía por menos de estar empapada de buen humor y auto-complacencia. Las vías de agua que se notificaban  no se veían entonces como una amenaza para el buque nodriza y el optimismo reinante hacía pensar a aquellas personas que sería buena una reforma que llevara a un mayor número de ciudadanos a disfrutar de la posición que ahora estaban disfrutando ellos. Nadie en aquella fiesta del pensamiento podía prever el gran cambio de escenario que pronto iba a acontecer.
Volvió Ken a la palestra TED en 2010 con la charla “A iniciar la revolución del aprendizaje”, pero su humor había decaído sensiblemente y la actitud del respetable parecía mucho menos esponjada, más fría, casi se podría decir que doliente. Y atando cabos, creo haber encontrado la clave para interpretar esa llamativa diferencia entre ellas.
La primera había sido una charla eminentemente creativa y libre pero, paradójicamente, aconteció en ella la muerte que en su propio título anunciaba. La descalificación del sistema educativo era una mala noticia y se decretó la muerte del mensajero. El acto siguiente, en 2010, escenificaría el relevo de una época. Quien tomó la palabra ya no fue el ancho pensamiento en su vibrante lozanía. A aquel grito de libertad primero le había sucedido un menesteroso pensamiento enajenado: "¡Por favor!, inicien una revolución en el aprendizaje; ¡líbrenme de estas cadenas!"
Al final de esta segunda charla, Ken mismo personificó la rendición del pensamiento creativo ante la industria: echando agua sobre su encendido discurso renovador, termina claudicando en favor de Kipps, Finlandia, Singapur…o lo que sea, que da igual. Y con un gesto testimonial, al firmar las condiciones de paz, incluye una cláusula a favor del ‘talento extraordinario de los maestros’, con la secreta esperanza de que su noble arte de enseñar logre un día imponerse a 'la bestia mecánica'. Apenado, reconoce Robinson que soñó una vez con una educación hermosa, fuerte y fecunda, pero que fracasó en darle vida. Y, humilde pedigüeño, nos ruega que protejamos su sueño por si alguna vez se logra.

Quiero decir que comprendo muy bien el discurso de Ken: su sueño y su impotencia. Pero más que con él, me veo identificado con esos docentes de talento extraordinario que cumplen su encargo de batallar en la arena de las aulas. En 2006 citó Ken con admiración y aprobación del público a Abrahán Lincoln en un discurso al Congreso de los EEUU, en momentos difíciles. Proponía coger el toro por los cuernos con soluciones nuevas (pensar de nuevo, con nuevas categorías, y actuar de nuevo creativamente). Elogió Lincoln a Harriet B. Stowe por mover con el suyo los corazones de sus  contemporáneos. Harriet encontró la fuerza para hacerlo en la fe. Y revistió de fe sincera a su personaje, Tom, de modo que pudo este enfrentarse a la bestia con el arma de su mansedumbre y vencerla, muriendo con palabras de perdón y amor en sus labios.
El reto de hoy vuelve a ser el mismo de aquellos tiempos, cuando empezaron a instituirse los sistemas educativos modernos. En el corazón encontró la joven nación USA la semilla del cambio que los llevaría a ser el país más próspero del mundo y en las aulas el modo de hacerla germinar. Pero aquel impulso del corazón ha dejado de latir en las aulas de nuestros tiempos. El viejo Tom ha muerto y su lugar ha venido a ocuparlo un fantasma que se hace pasar por él. Aquel personaje hecho de virtudes y generosidad se viste hoy de genio digital. Da órdenes fríamente, muy pagado de si, condenando arrogantemente todo aquello que represente un sentido para vivir que trascienda lo tangible. 
El tío Tom es un fantasma, no existe en realidad más que en nuestra imaginación y nos sometemos a él voluntariamente sin necesidad. Si aquel Tom que ganó la guerra en el país de las libertades era una ficción, el Tom que nos esclaviza hoy no lo es menos. Está diseñado en las sórdidas calderas de Pedro Botero, hecho a partes iguales de Tristeza, Odio y Miedo. Es un fantoche de última generación, tan perfecto, que sólo Dios nos puede librar de él. Por eso yo continuamente y ahora mismo al acostarme lo voy a hacer, me dirijo a la Virgen María como un niño diciéndole: María, Madre mía, líbrame de TOM





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