Imagen de FÍATE

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domingo, 29 de enero de 2017

¿CASOS PERDIDOS?



Levántate, toma tu camilla y echa a andar
Hace unos días publicaba un diario nacional la espléndida noticia de que una de cada cinco personas afectadas de esquizofrenia llegaba a recuperarse totalmente. Y eso me decidió a escribir este artículo.
Yo tuve esquizofrenia y ahora estoy felizmente curado. Lo que supuso en mi vida esta experiencia hace que me sienta agradecido. En ese largo proceso me enriquecí con muchos bienes, pero todos se resumen en uno: Conocí a Jesús, el Amor, un tesoro de valor incalculable, la única fuente capaz de calmar nuestra sed de infinito.
El drama que vive un esquizofrénico consiste en que le pasan cosas que no encajan en una vida normal, lo cual hace que poco a poco se vaya abriendo paso en su mente una teoría que permite ir organizando toda esa experiencia pero que por lo pintoresca que resulta no se puede compartir. Al guardársela uno para sí mismo va engordando hasta que no se puede retener por más tiempo y sale a la luz en forma de lo que se suele llamar locura.
El mío fue un caso típico, en el que tampoco faltó la nota cómica: No me creía Napoleón  pero me imaginaba que la CIA pretendía mis servicios y como yo me negaba a dárselos por considerarlo inmoral, no dejaban de extorsionarme. Cada vez más afligido, por más que le daba vueltas al asunto no lograba encontrar la salida, horrorizado ante la posibilidad de tener que maltratar a gente inocente.
A propósito de esto es fundamental aclarar el origen de las ideaciones delirantes características de la esquizofrenia, ya que ahí precisamente se encuentra la clave para entender y combatir la enfermedad.
Uno observa que le están pasando cosas raras, cosas que exceden con mucho el margen de “lo casual” que es admisible en una vida normal. Esos fenómenos tan perturbadores adquieren la forma de “tal parece que alguien sabe lo que estoy pensando”. Pero aparecen de un modo tan sutil, tan íntimo, que a duras penas tienen significado para alguien más que para uno mismo, lo cual complica increíblemente el pedir ayuda. El caso es que la fractura vital –la escisión− que logran hacer todas esas insidiosas percepciones en el entramado cognitivo del sujeto es una experiencia tan insoportable que obliga al afectado a buscar una explicación. Aunque forzosamente resultará una explicación disparatada siempre será mejor  que vivir en la angustia del “no entiendo por qué me sucede esto”.
La peculiaridad asociada a estos procesos es tal que, de hecho, los hace incomunicables. Porque si la viscosidad de los síntomas, esas incomunicables y perturbadoras casualidades,  es ya un obstáculo serio, a ello se añade la morbidez de su constante mutación, con lo que síntomas y explicaciones van formando una maraña tan intrincada, que cualquier intento por compartirla acabará inevitablemente aumentando la frustración y el desamparo del sujeto. Como consecuencia, la persona se repliega sobre sí misma y de esta manera abona sin querer el terreno para que arraigue su mal.
La planta maligna irá creciendo en secreto y llegará un momento en que ya no se podrá esconder. Ese engendro monstruoso – la doble vida – brotará obscenamente a la vista de todos y se le colgará para siempre el cartel  con el estigma: “Locura que no tiene cura”.
Este es el típico círculo vicioso de este mal que funciona como un cinturón de acero prácticamente irrompible. Pero hasta los metales nobles se corroen y gracias a Dios también la temible esquizofrenia ha empezado a dejar ver su punto débil.
Si tuviéramos la claridad y la valentía de Newton cuando al ver caer una pera pensó que algo tiraba de ella y acertó, hace tiempo que habríamos erradicado el terrible mal de la esquizofrenia.
Estudiar el cerebro humano – compuesto en un 80% de agua – como si se tratase de un trozo de materia informe que a la vuelta de los siglos y por casualidad devino en semejante prodigio, no deja de incomodar al sentido común. Y algo parecido ocurre con el estudio clínico de esta enfermedad que en ningún momento se plantea que esos síntomas grotescos que tanto perturban a los pacientes puedan encerrar un significado  y pueda por tanto seguirse de su estudio alguna conclusión objetiva.
Mientras que nadie duda de que si un bebé recibe besos y caricias resulta favorecido en su crecimiento,  no se suele hacer ese planteamiento a la inversa para dar cuenta de trabas y desgracias personales. Me explico; si del amor de una madre se sigue un beneficio, del odio de alguien forzosamente habría de derivarse un perjuicio. Y a pesar de que estas personas sufren un daño tremendo, un hachazo que trunca sus vidas, sin que se sepa por qué, nadie se atreve a plantear al modo de Newton que alguien pueda estar maltratando a estas personas para llevarlas a la tumba. Obviamente, en este supuesto, la fe nos abre una puerta que de otro modo permanecería cerrada. 
Considerar que las alucinaciones de un esquizofrénico son puro error, o llamar casualidades a las persistentes percepciones extraordinarias que le salen al paso, es obviar el hecho de que donde hay una intencionalidad hay un proyecto. Y la existencia de esa intencionalidad queda patente si consideramos que la concurrencia del conjunto de síntomas asociados a esa enfermedad conduce inexorablemente, de no mediar una intervención médica seria, a la muerte del sujeto. 
En conclusión, lo que perciben estas personas y las enloquece son estímulos que forman parte de un plan perverso diseñado para acabar con ellas. Esos estímulos – físico-químicos en última instancia— son movidos o promovidos por un ser cuyo poder es desproporcionadamente mayor que el nuestro y que no tiene nada de bueno. Este es el quid de la cuestión: Existe Dios y existe el diablo, uno te ama, el otro te odia.
Por si esto fuera poco, el invisible enemigo se alía en su brutal ataque con todo el arsenal propagandístico de la mentalidad dominante, que le hacen una labor de zapa; de tal modo que al estigma habitual que acompaña al loco se añaden en este caso particular dos imágenes muy popularizadas, según las cuales los esquizofrénicos son, de un lado, impredeciblemente violentos y, de otro, personas muy orgullosas, personas muy inteligentes que se creen más que los demás y que por eso “se pasan”. En concreto, esta visión, que se está difundiendo en muchas películas como Una Mente Maravillosa, por citar alguna, acrecienta aún más si cabe el recelo popular y la mala reputación de esta dolencia, lo cual contribuye a endurecer el aislamiento y el acoso de estos pacientes.
No se puede saber cuánto hay de verdad en esos estereotipos interesadamente difundidos; puede que nada o puede que esos rasgos asociados a la enfermedad, no lo estén en mayor grado que en otras muchas dolencias -incluso físicas. En cambio, estoy seguro de que la clave para salir de esta enfermedad está justamente en las virtudes opuestas a la ira y a la soberbia, esto es, en la templanza y en la humildad o, más concretamente, en su hermana gemela la obediencia.
La soberbia, rebeldía o autosuficiencia, es una trampa que nos mete en un pozo muy hondo, un valle oscuro del que no podemos salir por nuestros propios medios. El continuo fracaso y el creciente anhelo por librarse, configuran una existencia en extremo lacerante que trastoca por completo el itinerario vital de estos pacientes.
No existe ninguna terapia capaz de terminar limpiamente con esta patología porque la medicina tiene cerrados los caminos que la harían avanzar. Las terapias actuales se limitan a paliar síntomas y poco más, lo cual supone que la situación se agrava en tiempos de vacas flacas. 
El único modo eficaz de combatir esta enfermedad sería admitir la hipótesis de un fallo a un nivel superior al cortical, que abarque incluso a la cultura como envolvente orgánica de las estructuras donde se configuran las opciones individuales respecto a la trascendencia; en una palabra, contar con Dios para el estudio y tratamiento de esta enfermedad.
Hay otros muchos pozos donde se cuecen tragedias parecidas y desde los que se ve también lejana y envuelta en tinieblas la ansiada cumbre de la salud; y finalmente inaccesible.
Pero lo feliz del caso es que la realidad es bien distinta. Ya hace tiempo que ondea en aquel ansiado pico una bandera y que hay mensajes en el buzón de hierro. Cartas personales que rezuman alegría y que coinciden  en lo importante: “La vía más directa a la SALUD es la sencillez”.
En todos los casos de extravío mental el trayecto a recorrer parte de la ignorancia y se precisa de un guía para terminarlo con éxito. Pero gracias a Dios este software de ayuda nos viene de serie, por la fe, y no falla nunca.
Esta es en síntesis la verdad sobre la esquizofrenia y en general sobre las enfermedades mentales. El que lo crea podrá salvarse a sí mismo y a otros y el que no, se condena a sufrir sin remedio y de por vida una existencia lastimosa.
Hay que advertir e insistir en ello, que aunque la fórmula general recurra a la fe, esto no supone en absoluto y en ningún caso que el remedio sea mágico e inmediato. La curación, apoyados en la fe, vendrá normalmente por cauces ordinarios. O sea, que si de entrada es preciso tomar conciencia de la condición de hijos de Dios – lo que conlleva pasar por el bautismo y realizar un itinerario de formación que nos enseñe a vivir de acuerdo a la verdad de nuestra existencia– es igualmente imprescindible ponerse en manos de un buen médico, pues Dios no invalida la ciencia que Él mismo inventó sino que la conduce a la verdad.
En cuanto al principio y fundamento de la curación, la fe, no valen medias tintas. Si no se está convencido de esto es mejor no seguir adelante. Pero si uno se decide a creer entonces debe dejarse guiar como un niño y desechar cualquier objeción sobrevenida que le pueda apartar del camino que se le indica. Y es aquí donde se hace crucial la importancia de la obediencia, hermana de la humildad.
Por último, como el camino propuesto es tan diferente a los que nos son familiares, para que sea posible perseverar, al que empieza a creer se le enciende una luz en el corazón que le acompañará siempre, mientras crea, y que será como el faro que le guíe hasta que despunte el alba.
Para animar a los indecisos a dar el primer paso de ese maravilloso itinerario he escrito en una jovial biografía los pormenores de mi propia peregrinación. Con mi mayor afecto les invito a todos a leerla con confianza, como si se tratara de la carta que les escribe un amigo contándoles un acontecimiento feliz de su vida. Se titula 153 rosas y está a la venta en la librería pastoral, entre otras.
Un  cordial saludo. 



...los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

sábado, 14 de enero de 2017

∞ - 1 + β . 16 ≈ ∞



Jesucristo, la Roca




Hace poco colgué en este blog un artículo titulado "Infinito menos uno", en el que mostraba mi perplejidad al escuchar a un sacerdote decir en la Consagración "que será derramada por muchos". Terminaba mi reflexión diciendo que si Jesucristo no había dado su sangre por todos sino por muchos, aunque esos muchos llegaran a ser infinito menos uno, entonces la situación era para preocuparse. 
En cuanto publiqué aquello, enseguida me llegó la noticia de que sobre el tema del "pro multis" ya había una explicación convincente de la Iglesia. Nada más y nada menos que la de Su Emérita Santidad Benedicto XVI. Me alegré enormemente al saberlo porque la identidad del autor me hacía pensar que se despejarían todas mis dudas satisfactoriamente. Sin embargo, después de haber leído la citada explicación, las tinieblas que en un principio me habían hecho temer, persisten.
Por lo que se refiere a mi artículo, he comprobado que cometí un error presentando juntas las dudas sobre las liturgias de la Palabra y de la Eucaristía, porque di pie a que se interpretaran como un único problema y un problema que quedaba resuelto con la brillante explicación del Papa Emérito. Pero siendo que no es ése el caso y que lo que planteaba es de gran importancia para la Iglesia, vuelvo a ello con esta versión actualizada del ‘Infinito menos uno”.
El papa emérito, en una carta que escribió hace cinco años, explicaba lo del "muchos y todos" que estaba aparcado desde el 2001. Como un buen profesor, situaba la cuestión desde su origen, con los pormenores de su desarrollo y con la perspectiva pastoral que tanto gozo interior nos ha proporcionado siempre. Según él, el cambio que había propuesto la Santa Sede y que no acababa de encontrar acuerdo, trataba de profundizar más en las raíces de nuestra fe por medio de una lectura más fiel de los textos sagrados y debía ir precedido, antes de su implantación, de una catequesis profunda que capacitara a la comunidad eclesial para la necesaria interpretación de los textos litúrgicos originales. Decía también en su carta que tal catequesis, a seis años del cambio propuesto, aún no había comenzado a realizarse.
Nos consta que Su Santidad Emérita, Benedicto XVI, al enfrentarse a aquella resistencia a acatar su decisión, no optó por imponerla a la fuerza, sino que perseveró con paciencia en su consejo, urgiendo a los obispos a iniciar esa necesaria formación de los fieles.
Pero la situación que nos encontramos hoy, cinco años después de la famosa carta, es distinta. El pueblo cristiano está aún más confundido que entonces, porque en vez de aquella catequesis nutricia urgente, recibió en estos últimos años (los de la crisis) una contra-catequesis intensiva del mundo. Y es por esto que el texto de Benedicto XVI a los obispos de lengua alemana, sin una contextualización que incluya los avatares de la Iglesia en este último quinquenio, no sirve como respuesta única al problema que ha emergido con el nuevo Misal.
Destacaba entonces el papa un triple aspecto en el cambio a "muchos". En primer lugar, al ser los que celebran parte de los 'muchos', reciben la alegría de haber sido llamados inmerecidamente a participar del banquete de la Eucaristía. Un segundo aspecto es la responsabilidad de la misión que emerge al compartir el deseo y el sacrificio redentor de Jesucristo, que es por todos y que ha de realizarse con arreglo a sus misteriosos designios pero contando específicamente con cada uno de los que participan en la Eucaristía. Y finalmente, el hecho de que los que escuchamos la plegaria eucarística, en referencia a la 'muchedumbre incontable' del Apocalipsis, somos muchos y representamos a todos. 
En conclusión, un "muchos y todos" que se encuentran íntimamente asociados en la alegría, la responsabilidad y la promesa, tres actitudes que, según yo lo veo, podrían ponerse en relación con la fe con que vivimos la Eucaristía, la caridad con que nos unimos a Jesús en el altar y el deseo de ver cumplida por la comunión nuestra esperanza del cielo prometido.
Respecto a todo lo anterior cabe decir que el cambio anunciado para cuaresma es oportuno solamente si estamos los fieles viviendo en verdad esa triple realidad del sacrificio eucarístico.
Sea como sea, la ansiada y ya añeja aspiración catequética de Benedicto XVI en torno a traducción e interpretación está pendiente y parpadeando en rojo. Aunque si estos últimos años, como decía más arriba, no sólo no han servido para avanzar en ella sino que además han aumentado el desconcierto, tal vez esa catequesis ya no sea ahora la acción urgente que los obispos tengan que emprender.
Haber dado a conocer ahora la carta de Benedicto XVI a los obispos alemanes puede disparar una improvisada acción pastoral de catequesis bíblica, pero mucho más interesante sería que suscitara preguntas sobre el porqué de la larga permanencia en el limbo de aquella apremiante exhortación que contenía el texto.
Curiosamente, mientras que la idoneidad del citado documento para explicar la inminente aplicación del pro multis  puede cuestionarse, resulta sin embargo extraordinariamente oportuna para iluminar otra realidad preocupante en el ordenamiento litúrgico actual. 
De pronto, de la noche a la mañana y sin que fuéramos convenientemente avisados, gran parte de las parroquias de Toledo sustituyeron los textos que llevábamos muchos años oyendo en las lecturas de las misas por otros notablemente distintos. Esto sucedió hace unos pocos meses.
Por mi amor a la tradición de la Iglesia y a su misión, el cambio me impactó sobremanera y me puse en contacto con un sacerdote muy formado para transmitirle mi inquietud, pero no me sirvió de nada.
¿Obedece también, como en las primeras traducciones del Misal Romano, a la iniciativa particular de los obispos? Respecto de aquellas traducciones dice expresamente Benedicto XVI que le resultaba a menudo difícil encontrar en ellas un punto de acuerdo y, lo que es peor, encontrar el rastro de los textos originales. Y hace en este punto un comentario crítico: "Se introducen a menudo en la liturgia banalizaciones socavantes que son verdaderas pérdidas" (la traducción es del blog La buhardilla de Jerónimo).
Los nuevos textos me parecen una amputación tremenda de los antiguos, un empobrecimiento abrumador de contenidos y de matices, una traducción tan burda que, cuando menos, precisa de una explicación. En tanto esa explicación, adecuada y convincente, no tenga lugar, seguiré durante bastante tiempo (debido a los ciclos, la lectura que se proclame hoy no se repetirá hasta dentro de tres años) sintiéndome incómodo en el momento de la liturgia de la Palabra, porque me sonará extraña y me hará sentir que me están dando 'gato por liebre'.
Este asunto no es algo anecdótico ni mucho menos; no es para nada una cuestión de gustos o de sensibilidades; no, es algo mucho más serio. En el momento actual, la Iglesia está en el ojo del huracán de un mundo que la ve como un estorbo que hay que suprimir para seguir avanzando en la modernidad, en el progreso hacia la total emancipación de Dios. Y para 'caminar sobre esas agitadas aguas', la Iglesia desde San Pablo nos viene recomendando pertrecharnos con las armas de la luz y entre ellas -y Toledo sabe mucho de eso- con una muy poderosa que es la espada, la espada del Espíritu, que es LA PALABRA DE DIOS. Por eso no es un tema secundario el que estoy exponiendo.  
Con la reforma educativa de Felipe González, se realizó una democratización de la enseñanza consistente en igualar a toda la población por la parte baja del rasero: ¡fuera el 'Usted', aquí somos todos soldados rasos! Y chapoteando en ese barro seguimos... Mucho me temo que con el cambio litúrgico de los textos sagrados se esté operando un trueque semejante a ése de la educación.
En el maremagnum mediático en que hoy nos movemos, Iglesia incluida, cabe pensar que los poderosos vectores centrífugos y/o científicos del mundo puedan estar induciendo ese cambio que, bajo pretexto de un acercamiento a los sencillos, recorte, reduzca y deforme los significados originales de las Escrituras. Lo cierto es que, como en las adaptaciones de los clásicos de la literatura, esas intervenciones casi siempre redundan en mutilaciones irreparables que lo que consiguen es quitar su gracia y su poder a la palabra (que si es Palabra de Dios, una vez pronunciada no regresa a Él sin antes fecundar la Tierra). 
Independientemente de posibles malas influencias en los asuntos de la Iglesia, sería muy tranquilizante, para los fieles que compartimos esta inquietud sobre los nuevos textos, una explicación autorizada. 
En ese sentido, me llama la atención que para disipar mis dudas sobre el salto al pro multis, varios hermanos en la fe me hayan remitido a aquella carta a los obispos alemanes, porque en ella se argumenta la conveniencia de volver a la literalidad de los textos sagrados tras los excesos del concilio y la ruptura de los consensos exegéticos que en su día facilitaron las traducciones y, o mucho me equivoco, o el cambio que se ha dado en la liturgia de la Palabra en Toledo es justamente en sentido contrario.
Habiéndome criado en un ambiente escasamente religioso, aunque en un hogar cristiano, llegado a la adolescencia en tiempos de la Transición, me salí del buen camino y tan sólo volví a él cuando el Señor me puso en una comunidad Neocatecumenal. Muchas veces, en los diez años que estuve allí reconstruyendo mi amistad con Jesús, oí decir que la vida del cristiano se apoyaba en un trípode: La liturgia de la Palabra, la Eucaristía y la Comunidad. Y de esa certeza vienen mis temores, porque si la acción del Espíritu se debilitara por estar empleando una espada mellada -una versión light de la Palabra- aumentaría el riesgo de ser derrotados por el enemigo... Y en cuanto a instruir a la tropa, sería más eficaz si todo el ejército, de arriba a abajo, incluidos mandos, se pusiese como objetivo preferente perfeccionarse continuamente en el manejo de las armas de la luz e instruirse mutuamente por medio del ejemplo y sólo en último lugar con la palabra.
Por lo que respecta a la Eucaristía, ya está también esa pata bailando y de momento la pelota está en el aire. 
Finalmente, en cuanto a la comunidad, queridos hermanos, no perdamos nunca de vista que Jesús salió a los caminos para anunciar que Él era el ungido de Dios, a quien esperábamos para salvarnos; que aprendió sufriendo a hacer la voluntad del Padre y así llegó a dar su vida en la Cruz por nosotros, para unir a los dos pueblos en uno, dando muerte en sí mismo al odio que nos separaba. Y que siendo Él nuestra cabeza, nos dejó la misión de unir a todos en torno suyo, de frenar cualquier división, con alegría y entusiasmo y llegado el caso con nuestra propia vida, la cual nos fue dada por amor, y si por amor la perdiéramos, otra tenemos prometida, la verdadera, eterna y plenamente dichosa. Un saludo fraterno.