Imagen de FÍATE

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jueves, 21 de diciembre de 2017

ORANTES Vs ARROGANTES

Entre tus manos está mi vida, Señor.
Nací y me crié en un hogar cristiano de una zona poco religiosa. Mi infancia estuvo marcada por la sencillez y la alegría y fue tan buena que tendría que ser yo un maestro de la palabra para describirla. No le faltó de nada: ni gozo, ni dolor; ni las alegrías serenas más profundas, ni las más profundas tristezas. A la paleta del cuadro de mi infancia no le caben más colores y, sin embargo, en lo material no fue tan rica.
Al tiempo que dejaba yo de ser niño, en los 70, empezaba a haber más dinero y se abría un ciclo de mayor bienestar material pero de menos paz. Para mí los sobresaltos no se hicieron esperar: choques con la realidad e inquietud, tiempos en los que se tambalearon mis cimientos y el peligro pasó a formar parte de mi vida. Me vi metido en una dura travesía y sólo gracias a la fe que recibí de niño, y con la ayuda de muchos y mucha paciencia, logré volver a la senda buena.
Me decía hoy un alumno, viendo el cuadro sinóptico de la historia de nuestra literatura, que faltaban las características de la sociedad del S XXI. Y le respondí, recordando una cita de A. Malraux, que en estos dieciocho años se aprecia una tensión entre la vuelta a la fe y la nada, entre la luz y la oscuridad; y que la señal de esa lucha es la confusión reinante, la turbiedad, que explica que nuestro juicio moral sobre una misma realidad oscile fácilmente sin encontrar su punto de equilibrio.
El libro de texto en cuestión recorría en dos páginas y con siete colores, doce siglos de historia: El teocentrismo de la EM, el humanismo del Renacimiento, la desilusión del Barroco, el Racionalismo de la Ilustración, la reacción del Romanticismo, la vuelta del Realismo y las Vanguardias del S XX; doce siglos de búsqueda de La Verdad. Y habiendo sido el XX un siglo tan terrible, no sería raro que el actual se volviera a Dios, cuyo culto fue ciertamente el centro de esa gran historia cultural de Occidente. Y tampoco sería de extrañar que la alternativa a esa opción fuera realmente la nada predicha por Malraux.
Los jóvenes en la actualidad experimentan como nunca la aridez de crecer. Se encuentran un campo en malas condiciones para el cultivo. Las relaciones sociales se han endurecido y el horizonte no es nada halagüeño. Creen en la importancia del aprendizaje porque es lo que oyen en sus casas de unos padres que ya han visto la dureza de la vida. Pero no entendiendo por qué no consiguen implicarse más a fondo en su formación, fácilmente se persuaden de que la culpa es suya.
Si la caridad consiste no sólo en no hacer daño sino en sacar al otro de su error, resulta contraproducente iniciar campañas de utilidad social que no tengan en cuenta cómo van a interpretar el mensaje los receptores. Si a un chico le invitas a reflexionar sobre su conducta en clase, sin otro criterio para enjuiciarla que el mandato puro y duro de obrar bien que pesa en su conciencia, provocas que se auto-inculpe y se desanime.
La culpa es hoy un instrumento de control. En el currículum educativo hace tiempo que se van eliminando los contenidos que puedan aportar referencias para adquirir una idea del mundo con arreglo a un criterio ético. Empezando por los libros de texto, que ofrecen tanta profusión de  datos que distraen la atención de lo fundamental y hacen inviable la reflexión sobre el porqué de las cosas. En el caso de la literatura, la mayoría de los alumnos de secundaria salen sin haber probado ni siquiera el gusto por ella, porque lo que se les ofrece de ella es lo más externo, lo más desabrido, un montón de datos, y los chicos apenas alcanzan a imaginar que el meollo y la importancia de esa materia es que les habla a ellos en su propia realidad, en las cosas que les parecen importantes y les preocupan. Además, esos textos son densos sobre todo en desaciertos, contribuyendo a dispersar las ya inquietas imaginaciones de los chicos con ejemplos rebuscados y difíciles, con datos complicados y minuciosos, abrumando no sólo a los alumnos sino también a los profesores.  Para colmo se editan sin corregir. En el cuadro sinóptico del que he hablado, por ejemplo, se atribuyen al romanticismo las características del realismo, haciendo con una cosa y otra que el abordaje del libro sea realmente una pesadilla para muchos alumnos. Los libros por una parte, y la supresión de horas de materias humanísticas de otra, son dos aspectos importantes de lo que pretendo ilustrar.
La marginación educativa de la esfera ética, siendo que nuestra naturaleza no la puede soslayar, supone dejar desorientados y a merced de la manipulación a los ciudadanos.
Una falta de convivencia puede tener una muy distinta calificación moral en función de las circunstancias. Si el que examina el caso tiene "el ojo enfermo", el juicio no resultará justo. Si los ciudadanos, en vez de una caridad social que les saque del error, se encuentran con el apremio de reclamos materiales incesantes y su entorno humano lo va siendo cada vez menos, perderán la capacidad de discernir el bien del mal. Poco a poco se irán inclinando a considerar bueno lo que encaje con su punto de vista y éste estará tanto más desenfocado cuanto más centrados en sí mismos vivan su existencia.
Hace tiempo que me rondaba la idea de escribir sobre la arrogancia, una cualidad que permite distinguir claramente las buenas o malas intenciones de las personas. Y de pronto caí en la cuenta de que a-rrogante es el que no ruega.
A la luz de ese hallazgo etimológico se puede ver la pertinencia del título de este artículo. El que ruega, espera obtener lo que pide y trabaja entre tanto con paciencia y paz para conseguirlo. En cambio, el arrogante, el que no ora, confía sólo en sus propias fuerzas y no duda en emplearlas con violencia para conseguir sus propósitos. "Los malvados cierran sus entrañas y hablan con boca arrogante; se hacen la ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida, que Dios aparta los ojos para no ver el oprobio de los inocentes... pero se equivocan y de pronto les sobrevendrá tal ruina que ya no podrán levantarse" (Del libro de los Salmos).
Todos nos damos cuenta de que nuestras acciones tienen un significado en términos de bien y mal, pero si en algún momento experimentamos angustia por el peso de una decisión, encontramos más fácilmente el consejo del que quita hierro al mal que podemos hacer que el del que carga con parte de nuestro peso para edificarnos con su ejemplo.
El mal, ciertamente, es contagioso, pero en la oscuridad. Sin embargo, cuando alguien decide romper esa cadena del mal y acepta en nombre de La Verdad y del Bien el vilipendio y el castigo públicos, y sin límite, resulta levantado en medio del pueblo como una bandera que atrae las miradas hacia sí y muestra, con su sufrimiento, que hay otro camino distinto al políticamente correcto. En la historia del hombre sobre la tierra nunca han faltado estos ejemplos,  ni faltarán, gracias a Dios.













jueves, 7 de diciembre de 2017

CHOCOLATE "LA CIBELES"

En invierno y a la española, está de muerte
Reflexionando sobre la moda en el lenguaje me vino a la mente la Pasarela Cibeles y el título de este artículo.
Aquella marca de los sesenta, que no sé si existe todavía, ligaba en el inconsciente dos deseos intensos: el del dulce manjar y el del dulce triunfo. Comercialmente, el pie de foto sería una pregustación, al traer a nuestra imaginación la sublime taza de chocolate caliente en buena compañía.
Los publicistas se esfuerzan en dar con las palabras que muevan las voluntades para comprar su producto y, en general, todos los que viven del público saben de la importancia de un manejo correcto del lenguaje. También para la imagen personal es importante nuestro modo de hablar y contribuye a abrirnos o cerrarnos puertas. 
Hay palabras de moda y otras demodéPor ejemplo: hace poco le sugerí a un médico, que vacilaba redactándome un informe, que pusiera ‘dolencia’, pero lo rechazó diciendo que era un término del siglo pasado y escribió ‘patología’. Tiene miga el asunto, porque aunque ambas palabras sirven para designar el mal que aqueja a un paciente, una pone el acento en la persona que lo sufre y la otra en la cosa en sí. Lo cual evidencia que la tendencia de moda es eludir lo personal.
Otra palabra de moda es 'tóxico', de cuya densidad emocional no hace falta dar explicaciones, aunque las daré de todas formas con un par de experiencias mías recientes.
Hace seis años seguí un tratamiento anti viral que en vez de curarme me dejó una lesión crónica de la piel, el eczema numular, uno de los peores. La lista de síntomas desagradables que acompañaron a aquel tratamiento llenaría un par de páginas pero, en resumen, muchos de los cobayas elegidos para aquel experimento coincidíamos en describirlo como una intoxicación. Y, por supuesto, el asunto estaba muy controlado para que no trascendiese, como siempre que se utiliza la impureza, del tipo que sea. 
En marzo se murió un primo mío, en cosa de un mes. Tenía 61 años y una vitalidad desbordante. Otro primo nuestro, un alto cargo médico, dijo entonces que Alejandro había tenido muy mala suerte porque con su perfil se contaban muy pocos casos de cáncer de pulmón fulminante. Curiosamente, unos días más tarde me topé en la prensa local con la noticia de un caso idéntico al de Alejandro; había fallecido de un carcinoma de pulmón repentino un trabajador de su misma edad y oficio que, como él, había estado durante años en hornos de fundición, que emplean el amianto. Mala suerte.
El envenenamiento es hoy más frecuente que antaño, pero presumir de lo que se carece es de siempre. Hoy en día, los mismos que te intoxican se hacen pasar por paladines de la ecología. En relación con esto, resulta moderno calificar de tóxico a alguien que discrepa con el pensamiento o las costumbres dominantes. Esto viene a ser como lo que hacían en la Edad Media de colgarle a uno el ‘San Benito’. La práctica vejatoria, inconfesable, es introducida desde arriba, y el pueblo, por mimetismo con el poder, la emplea a su antojo sin ningún miramiento, expurgando así sus malos humores a costa de cualquier pobre ‘chivo expiatorio’.
Si de un alumno, por ejemplo, se dice que es un ‘líder tóxico’, ya se puede despedir. Y además literalmente, porque se está dando el caso de que muchos de éstos son trasladados de centro, no se sabe adónde. (Como los residuos tóxicos).
Un colega mío, envalentonado tal vez por mi escasa popularidad, se atrevió a regalarme los oídos con una serie de lindezas sacadas de su magín, entre las cuales esbozó un retrato mío como el de ‘un tipo tóxico’. Alarmado, pero sin perder los nervios, quise saber a qué venía eso, y me contestó con una enigmática orden: “Piensa”.
Confieso que por un tiempo no pude evitar hacerle caso; un tiempo, por cierto, en el que tuve de nuevo esa desagradable sensación de haber sido envenenado. Salgo al campo y veo la cizaña verdear airosamente, paseo por la ciudad y me abruma su obscena lozanía. Actúa a escondidas el sembrador de cizaña, pero el que está acostumbrado a la luz lo distingue de lejos. Sin embargo, cuando las espigas se han quedado raquíticas entre tanta maleza, ¿qué se podrá hacer?
Voy a hablar alto y claro, para que me oigan todos y pueda yo salvar a alguno.
En un discreto rincón de un periódico reciente, se preguntaba con la boca pequeña Cospedal dónde estarían en los presupuestos de Castilla-La Mancha los mil millones que el gobierno le había asignado. Me temo que esa noticia fuera sólo el comienzo de una serie de ellas. Podría perfectamente suceder, como tantas otras veces, que algún incauto se creyera que por su cara bonita se le iba a facilitar “un trasvase de Tajada-Segura” y, mordido el anzuelo, se le echara luego la justicia encima para hacer brotar a su costa un político caraguapa con marchamo de honrado, que recogería en forma de votos los pingües beneficios del engaño.
En cuanto al presupuesto, ciertamente no se ven los dineros. En Educación y Sanidad, el personal está desfondado, la confusión es ya endémica y cunde el desánimo; más que a trabajar, vamos a sobrevivir; en empleo, a pesar de las estadísticas, no se ve una clara mejoría; los sueldos, por más que haya leves subidas, cada vez adquieren menos bienes y peores; en I+D, ya vemos lo que hay. ¿A dónde va el dinero pues? Tal vez a pagar silencios, sicarios y asesores. ¡Ah!, y asfaltos, que a este paso cubrirán la estepa.
A la puerta de mi casa, en el bloque donde tenemos la piscina, hay un local que ya ha cambiado varias veces de negocio en muy poco tiempo. Acaban de instalar una ‘tetería’ y ayer, al pasar por delante, vi a una chiquilla de quince años ‘auxiliada’ por otras tres de su edad porque se caía. Estaban fumando droga, así que bajé la ventanilla y les dije: “chicas, ¡no!, eso no os es bueno”. Mi hija de nueve años comentó que no bastaba una sola persona mayor para hacerles cambiar de forma de pensar. Y yo asentí, condoliéndome del abandono en que dejamos a nuestros jóvenes por considerar ajeno lo que no está bajo nuestro techo.
Seguimos esperando líderes que pongan remedio, pero los más que surgen son los que, pareciendo buenos, son de esos que envenenan.

Por sus obras los conoceréis 
He oído que aquel político al que el pueblo llano descubrió como un gran chaquetero, cuando España estuvo a la deriva y a punto del naufragio, está ahora entre los favoritos para hacerse con el control de Cataluña. El espectáculo que se ha montado allí era para provocar el hastío y que no viéramos la cacicada que está a punto de perpetrarse ahora, de entregarle a ese personaje la plaza mayor de España. Estaba aun caliente el rifirafe del 155 cuando se atrevió a decir que el arreglo económico con el País Vasco no era honrado. ¡Qué despropósito! ¿Es de un hombre de estado esa declaración? ¿o es de un agitador de guante blanco?
Lo que estamos viviendo es parecidísimo a una guerra de guerrillas, como lo fue la Reconquista o el levantamiento de Madrid en 1808, donde la plaza más importante en liza era la tuya y había que defenderla con uñas y dientes. 
Ese señor que este domingo salió revestido de gran estadista en la portada del KBC es un gran pesebrista de la Deep-Politik, como los del govern, que va acumulando ya veteranía en tejemanejes y fraudes, y forma parte de un plan B bruseliano, una vez fracasado el rabioso ataque a Rajoy y a España de hace dos años. El montaje de estos meses en Cataluña era para su entrada triunfal. Tal como se colaron los árabes por el Estrecho hace doce siglos, valiéndose del engaño urdido en una corte adormecida, o tal como por la felonía del Rey invadieron nuestras tierras las tropas de Napoleón, bajo pretexto de llegar a Portugal, hoy son los Amos del Atomium los que introducen con astucia en España el caballo de Troya por la puerta de Cataluña. Ese valido del capital, al que ya le rinde honores de salvador el secular voceras monárquico, nos lo quieren colar como remate apoteósico en la farsa de Cataluña mientras brindamos con cava; para cuando queramos despertar de ese mal sueño, él ya habrá cumplido su encargo de tumbar los últimos palos del sombrajo español que todavía resisten.
-   ¡Alto ahí!, ¿quién va?
-   Soy Rivera.
-   ¿Qué Ribera?
-   Da igual.
-  Pues ¡fuera!, que aquí somos españoles y nos gustan las cosas claras y el chocolate espeso.
Y con esto he mojado el bizcocho en el chocolate para ustedes. Chocolate La Cibeles, claro. El que tenga oídos para oír, que oiga.

martes, 24 de octubre de 2017

RASGAD LOS CORAZONES

Alborea un nuevo día en la Tierra
El drama humano que hoy vivimos viene de habernos dejado engañar por la ilusión de que nuestras cabezas podrían sacarnos de la miseria. Esta actitud explica también el hecho de que se haya convertido en un espectáculo el "rasgarse las vestiduras". Continuamente vemos en los medios ilustres y corrientes personajes escandalizados por los dramas que afloran sin cesar como margaritas en primavera; sobran razones para justificar la indignación y llenar páginas con ella.
De modo que los dramas nos afligen doblemente: por estar ahí y por ser relatados hasta la saciedad.
Y por eso Jesucristo se anticipa de nuevo a nuestro hastío, dándonos la solución: “Rasgad los corazones y no las vestiduras”. La fuerza que restaurará la vida en paz no viene de soluciones bien pensadas sino del cambio de nuestro corazón. ¿Cómo podemos no estar amargados viendo en la tele desde el sofá éste u otro drama y sintiéndonos incapaces de socorrer a esos hermanos sufrientes?
Esa pregunta refleja el sentir de muchos, cuya acción combinada haría que las cosas cambiaran pronto. Pues bien, es la hora de levantarse del sofá y de hacer en vez de lamentarse. Porque esa incapacidad sentida es producto, única y exclusivamente, de nuestra imaginación. Acostumbrados a pensar las cosas, nos damos vueltas sin ver la salida. Y toca movilizar el corazón y no el cerebro.
Divorciadas esas dos fuerzas gemelas estamos paralizados. Es urgente reactivar la bomba del corazón, con golpes decididos, valientes. Reactivar el coraje. “Esto podría funcionar, pero…”, pues ¡hazlo!
No sé si os habéis dado cuenta de que muchos están intentando dar otra vuelta de tuerca a esa manía de darle a la cabeza prescindiendo del corazón. Claro, porque estamos en una encrucijada, porque nos la estamos jugando. Pero a nuestro favor tenemos la experiencia de un pueblo que las veces que ha hecho historia, ha sido a golpe de corazón.  Un francés dijo aquello de “pienso, luego existo”; un español dice ahora: “Creo, luego existo”. ¡Fuera complejos!, a grandes males, grandes remedios.



domingo, 22 de octubre de 2017

¡NO TENGÁIS MIEDO!

¡Quédate con nosotros, que la tarde está cayendo!
No por bien sabido conviene dejar de recordarlo: mirando al futuro no basta el conocimiento, hay que educar en valores. La excelencia de hoy en día no se puede entender desde los estándares con que se suele medir (informes tipo PISA) sino que correlaciona en mucho mayor grado con una vida virtuosa. Arraigarse en el sustrato social propio mediante el respeto y la obediencia e ir creciendo así en conocimiento de uno mismo y del entorno, y apreciándolo, da como resultado al cabo de los años una vida talentosa, creativa y valiente. Lo otro, la imitación de modelos que vienen de afuera invadiendo sin decoro nuestro patrimonio cultural, con arrogancia de medios y desprecio a la tradición, sólo trae a la larga división y muerte.
En los últimos años, los adultos venimos observando con preocupación la rápida transformación de los usos sociales pero, por no tener certeza sobre la naturaleza de ese cambio, experimentamos una especie de parálisis que, a pesar nuestro, deja el paso libre a esos modos de vida nada buenos, abundantes en desórdenes y desequilibrios.
El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, de F. Engels, fue una de las lecturas obligatorias que nos puso D. Gustavo Bueno (q.e.p.d.) en primero de carrera, en Antropología. Era una hipótesis, bastante interesante, sobre la aparición de esos tres ejes de nuestra cultura occidental. En aquella época era incuestionable el carácter central de esas instituciones y sin embargo hoy, apenas tres décadas más tarde, son estructuras que amenazan ruina.
Las familias, todas, están siendo brutalmente atacadas, desmoronándose una tras otra. Las que resisten, lo hacen en medio de enconadísimos combates; en una familia de cinco, 'tres contra dos y dos contra tres' (Lc 12, 52), o sea, en reñida disputa y con un incierto desenlace.
La propiedad privada ya no existe de hecho o se está defendiendo a precio de sangre. El disidente no es enviado a ningún gulag, sino que es allanado de mil formas en su propia casa, sin que pueda defenderse. Y con el dinero pasa otro tanto. Yo mismo, sin ir más lejos, pedí un préstamo de 2.200 euros para poner en marcha Fíate y a día de hoy, cuatro años y medio más tarde, llevo pagados más de ocho mil y aún me quedan 1.500 por pagar. Ya sé que cuesta creerlo y que muchos pensaréis que estoy pagando lo que firmé; pero no (ni yo soy tan tonto ni los que piensan así tan listos); no, lo cierto es que cuando uno se toma su vida en serio, enseguida entiende lo que quiso decir Kafka y el abismo que separa el bien del mal; y os aseguro que cosas mucho más increíbles están pasando, Internet de por medio. También sé que todo esto es inquietante y podéis estar seguros de que no lo escribo por gusto. Sí, por supuesto que he ido a la policía, al notario y al juez, aunque, entiéndaseme bien... yo soy un sencillo padre de familia y me debo a ella.
Y en cuanto al Estado, el que tenemos hoy es una pura caricatura, basta con observar lo que hacen sus representantes. No obstante, en España, por ser quijotes, está resistiendo algo más que en otras partes, donde se ponen y quitan jefes con gran facilidad; aquí, aunque sean rara avis, tenemos todavía algún político con nobles intenciones. Lo malo es que, tal vez por esa peculiaridad de España, nuestro gobierno está ya plagado de masones y sólo Dios podrá revertir el camino hacia la muerte por el que nos conducen. Frutos del engendro pactógeno C's, ellos y el poderoso caballero que les manda, hacen y deshacen a su antojo, o casi.
En este magma de confusión, incluso la gente formada se siente desorientada y por tanto temerosa; y acosada por los fantasmas del miedo fácilmente se dejan convencer por los embustes de personajes que, sintiéndose protegidos por sus círculos, crean en torno a sí la ilusión de una seguridad que en modo alguno tienen. 
Se puede negar a Dios en una búsqueda de la verdad y no condenarse, pues 'la paciencia de Dios es nuestra salvación' (2P 3), pero negar al Espíritu Santo es un pecado que Dios no perdona. Porque el Espíritu Santo es el encargado de demostrar al mundo la existencia del Dios-Amor, y cuando actúa ante un alma iluminándolo, es blasfemia imperdonable volverse hacia la oscuridad. Resistirse al Espíritu Santo es en extremo peligroso y muchas almas están tentadas de hacerlo. Ante la falta de orientación, toda luz por pequeña que sea es estimable y nos puede ir guiando hasta sacarnos por completo de la oscuridad. Esa luz, que es la del Espíritu Santo, nos atrae con lazos de amor y libertad y, sin embargo, hay muchas personas con formación que la rechazan y que prefieren encadenarse a vanos personajes que les proporcionan la falsa seguridad que da el dinero.
Inquieto andaba yo en cierta ocasión y necesitado de platicar con Dios, cuando me enteré de cierto monasterio en Toledo que recibía huéspedes en retiro de oración. Al acercarme al recinto, grande, llamé a un timbre en una verja y tras un tiempo divisé a un monje que salía acompañado de una mujer en dirección hacia mí. Ella tomó otro camino y yo expliqué el motivo de mi visita. Me llevó entonces a una casona antigua, anexa a otros edificios, y me enseñó una sala grande donde me dijo que podía quedarme. También me mostró la cocina lindante para que dispusiera de ella, aunque mencionó como de pasada algo de una avería. Yo esperaba poder alojarme en una celda pero me dijo que estaban todas ocupadas, y dándome algunas indicaciones más, entre las que me llamó la atención una leve insinuación sobre el poder del abad, salimos hacia la Iglesia, que estaba al lado. Ésta era monumental, aunque falta de ornamento y, como el resto de las dependencias que me había mostrado, fría y poco acogedora. Me dejó solo allí y me senté para rezar y serenarme un poco.
Al rato llegó un monje mayor, con barba blanca y más bien bajo de estatura. Surgió desde atrás avanzando por un lateral de la nave, y llevando una bolsa de plástico en la mano. Llegóse al altar, elevado en el centro, y dispuso sobre él manteles y algo más que sacó de la bolsa; luego lo rodeó mirándolo, como si pensara en el modo de resolver algún problema, y se paró de pronto en una esquina, sujetando con un brazo el codo del otro, que estaba dando apoyo a la pensativa cabeza. Escena y personaje eran como para contemplar, pero mi olfato espiritual me dijo que aquello no era muy católico y decidí no mostrar interés. Por lo que vi después, sospecho que el 'actor' recibió de mí el feed-back correcto. 
Cuando ya me iba apareció un hombre de avanzada edad que parecía el encargado del huerto y de las labores de mantenimiento. Hablaba con acento francés y la expresión de su rostro me hizo pensar en una vida de aberrantes costumbres. Tras cruzar unas palabras con él, y afianzar éstas mi impresión primera, me marché a mi estancia, pensativo e incómodo tras el primer contacto con aquella comunidad. 
Me costó acomodarme en aquellos muebles antiguos y en aquel ambiente frío y desangelado. Después de un rato poco provechoso pensé que una taza de té me ayudaría a aclimatarme más rápidamente y yendo a la cocina me encontré con la increíble sorpresa de que al abrir un cajón resultó que estaba lleno de agua. Entonces miré el de al lado, y también: ¡todos los cajones estaban llenos hasta arriba de agua!; y entonces ya sí que me empezó a entrar canguis. El hospedero había dicho algo de un problema con la calefacción, pero de ahí a lo que estaban viendo mis ojos había mucha diferencia; porque los cajones estaban distantes unos de otros y todos tenían agua y yo, que ya entiendo un poco de instalaciones domésticas, por más que le daba vueltas técnicas al asunto, no veía por dónde podía llegarles...y en el suelo no había ni una gota. Me retiré sin poder confortarme con el té y continué escribiendo. Al cabo de un rato caí en la cuenta de que estaba encogido e incómodo, como atrapado por una especie de hechizo, y decidí romperlo. Entré en la cocina y comencé a vaciar los cajones, vertiendo el agua por el sumidero, o directamente al patio trasero, que no me acuerdo bien. Después los sequé uno por uno con los paños que encontré y éstos los colgué luego de los salientes que pude. Al final, dejé la cocina saneada y con una curiosa exposición de trapos. 
Acababa yo la faena cuando aparecieron no sé por dónde dos señores que no se veían desde hacía tiempo y que no iban de paso como yo, sino que estaban vinculados con aquella casa por otro tipo de relación, diríase que más estrecha y funcional. Comentaron jocosamente al ver el espectáculo de la cocina que parecía una decoración halloween, que por cierto se celebraba precisamente aquella noche. Y el comentario casual de aquellos dos extraños resonó un poco en mi interior como la típica ironía del comienzo de una película de miedo.
Durante unos instantes los oí conversar entre ellos mientras intentaba leer pero ni el contenido ni la forma de su conversación lograron hacerme sentir mejor. Me venía a la mente una impresión difusa acerca de sus rostros, como si sus facciones adolecieran de falta de armonía, como si por algún extraño desvarío se fueran desencajando poco a poco. Luego, durante la cena, compartiría mesa con uno, aunque no menú, pues el hospedero hizo sin disimulo distinción de clases entre ambos. Ya me había hecho sentir mal antes al tener que ir a preguntarle al abad -el de la bolsa- si me podían dar de cenar.
Entrada la tarde le había rogado yo al hospedero que me dejara quedarme allí durante la noche, que la pasaría rezando y no necesitaría acostarme, pero no le gustó nada de nada la idea y trató de disuadirme del todo aconsejándome que me fuera a casa y viniera al día siguiente si quería. Entonces llegó el que iba a cenar conmigo. Se trataba de un madrileño, casado y  padre de familia y sin embargo habitual de la casa, que se extrañó de que me permitieran cenar allí. 
Al conversar con él volví a notar aquella misma sensación incómoda de falta de pureza, de falta de naturalidad... Terminó él antes que yo y se fue, pero volvió enseguida a avisarme de que me estaban esperando para rezar Vísperas, lo cual iba a ser el final de mi visita.
En una capilla de la iglesia se habían congregado cuatro monjes y les acompañábamos los tres de fuera que ya he mencionado. Pero cuál no sería mi sorpresa al reconocer envuelto en inmaculados hábitos al que a la hora de nona me había parecido un envilecido sirviente.
El supuesto abad estaba ante un teclado y cuando los monjes entonaron las primeras notas de un salmo, diríase que más que cantos al Señor, lo que salió de sus gargantas fueron graznidos de cuervos que esperaran su comida.
Ni qué decir tiene que mi espanto no dejaba de aumentar pero llegaría pronto al culmen cuando, al rezar el Ángelus, le arrebataron toda su Gracia al Espíritu Santo. En efecto, proclamó el ministro: "El Ángel del Señor anunció a María"; y el coro respondió: "Y concibió por obra del Espíritu Santo". De impíos era su-versión, sin duda. 
Y como los espíritus se conocen, en cuanto terminó la oración, se levantó el supuesto abad y dirigiéndose directamente a la puerta, la abrió de par en par para mí apartando la vista -como quien tiende un puente de plata al enemigo que huye- e invitándome a salir...y no volver. 
Pero yo no me fui huyendo, y de hecho volví. Volví aquella misma noche. Como estaba clara y templada y por circunstancias yo no tenía ni sueño ni obligaciones, decidí darme un paseo en la noche sabatina antes de retirarme. Y con la impresión aún fresca de lo que había vivido hacía unas horas, me acerqué de nuevo por curiosidad a aquel lugar. Dejé a cierta distancia mi bicicleta y me senté bajo un árbol a observar la entrada. Se movían rápido las nubes tapando y destapando la luna y sobre mi cabeza ululaba una lechuza. De vez en cuando pasaba un coche y yo me escondía, que no eran horas para estar allí. Pero a pesar de mi precaución, algo debieron de ver los de aquel coche grande porque a los tres minutos volvieron a pasar... y más despacio. Y por supuesto ya no esperé a la tercera, cogido por la impresión, y me retiré de la escena del ...
No me cabe duda; Toledo es la capital Primada de la Iglesia española, la que fue evangelizada por Santiago Apóstol con tanta eficacia que en los siglos venideros alumbraría a medio mundo; y la pobreza pastoral que yo observo hoy aquí y allí, se corresponde perfectamente con la dispersión y la matanza de las ovejas que estamos padeciendo en nuestro país. El lobo no para de engordar y sólo las ovejas que se dejen encontrar por el Buen Pastor podrán salvarse de la gran cacería.
Atando cabos voy comprendiendo el gran peligro que corremos: "Dos estarán en la misma cama, a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. (...) -¿Dónde será eso, Señor? -Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo." (Lc 17)
El lobo anda suelto haciendo estragos. La policía que Zoido mandó a Cataluña no iba toda con su uniforme reglamentario. Unos sí, otros no... Y en la causa de la unidad de España tampoco están todos los que son ni son todos los que están. 
Había dejado por concluir la entrada penúltima de este blog. Pues bien, en cierta ocasión abrí por curiosidad el libro del quijote falso y me bastaron unos párrafos para comprender la infamia que supuso su publicación, aunque por el modo en que Cervantes lo trató en la segunda parte de su libro, ya me lo había podido imaginar. La pureza del héroe cervantino, la nobleza que encarna, es mancillada hasta convertirla en heces. Lo más bajo de la condición humana ocupa para el impostor el lugar elevado que Cervantes dio al espíritu. Y en la Comisaría de Toledo, un quijote espatarrado y bebiendo vino a placer, no puede ser reflejo de un noble espíritu de servicio. Y entonces, una de dos, o no tienen ética o no tienen estética. 
Ciertamente, nada hay puro entre nosotros, pero puestos a elegir, prefiero la policía de "cualquier lugar de la Mancha" que la de la Comisaría de Avellaneda. ¿Será que Toledo tiene algo?

domingo, 15 de octubre de 2017

HOY CUMPLO 24

¡¡Estáis todos invitados al banquete de mis bodas con el Señor!!
La razón por la que en cuanto volví de Asturias me detuvieron y me llevaron a la Comisaría no la diré por ahora. El caso es que me negaron el habeas corpus, me quitaron ciertas pertenencias, me ficharon y me metieron entre rejas. 
La estrategia del 'malo' siempre se basa en el miedo. De haberme detenido el viernes, como había sido su intención, muy probablemente me hubiera pasado todo el fin de semana en los calabozos de la Policía, pero Dios no se lo permitió. En vez de eso, entré de lunes por la mañana y salí después de comer; justo a tiempo para ir a buscar a mi niña al colegio como de costumbre. 
Lo de la comida merece un comentario aparte. Creo que era un punto importante dentro de su plan diabólico de asustar a la víctima. A su hora, me preguntaron si quería comer y dije que sí. Sabemos que hoy en día los reclusos reciben un buen trato en general y aunque yo no estaba nada seguro de que me fueran a dar un plato de gusto, tampoco me imaginaba lo que me tenían preparado. Me trajeron una bandejita precocinada en la que había algunos garbanzos y no sé qué más. Si yo no hubiera estado entrenado a comer con sobriedad y acostumbrado a los sacrificios, no hubiera podido superar aquel mal trago. Sólo consigo recordar otra ocasión en mi vida, también muy apurada, en que tuve que comer algo muy malo; aunque no tanto. El plato que me sirvieron, frío, era realmente vomitivo. No puedo describirlo. Sólo diré que para poder tragármelo "hice" que cada bocado se convirtiera para mí en un beso en las llagas de Cristo. 
Estaba a punto de terminar de comer cuando juzgaron que ya había tenido bastante, y me soltaron.
Hay muchas razones por las que la vida de las personas puede salir del "área de comfort" y complicarse. En no pocas ocasiones esto sucede sin buscarlo y en otras se debe a la voluntad de vivir de acuerdo a las propias ideas. Pero en mi caso no fue ni una cosa ni otra.
Arrojado en el mar de la vida, había intentado yo sin éxito durante años poner rumbo a puerto seguro. Al final, después de varios naufragios, y amenazado por otro temporal, cedí el timón de mi barquilla a un gentilhombre que muy amablemente me convenció para que me dejara guiar. Grabado a fuego en mi alma tengo ese momento, con fecha y hora. El momento de mi vuelta a la 'casa paterna'. 
Desde aquel día se podría decir que dejé de anhelar demostrar al mundo lo listo que soy. Y emprendí el camino de aceptar que otro me diga lo que tengo que hacer. Pasé de vivir por mí mismo a vivir por la fe en el Hijo de Dios vivo que entregó su vida por mí. Y esto en la práctica se concretaba en que mis decisiones, sobre todo las grandes, tenían que ser fruto de la oración. Los sucesos que desencadenaron mi encierro se entienden sólo como eslabones de esa cadena que me unía, ataba y aseguraba al patrón de mi vida.
Gracias a esa cadena he podido adentrarme en terreno enemigo sin perecer. Para que vislumbrara el poder del mal y sus consecuencias me llevó Dios por distintos sórdidos parajes. Y desde luego que de no haberle tenido al lado no lo hubiera podido soportar. Asomarse siquiera a ese abismo produce un vértigo escalofriante; su contemplación espanta a los espíritus nobles. Pero la pedagogía de Dios es sublime y en muchas situaciones difíciles de estos últimos siete años de combate, he sacado las fuerzas para luchar de ese conocimiento rudimentario del misterio del mal que Dios en estos años me fue proporcionando en dosis.
Insisto en que nada de lo que en estos años he vivido puede explicarse cabalmente desde criterios exclusivamente humanos. Y si alguien osa hacerlo es muy probable que su intención no sea buena y que no vaya buscando la verdad.
He comenzado estas confesiones con ejemplos claros de que tras la apariencia de bien se esconden a menudo la violencia y el vicio, la injusticia fruto de la soberbia.
El movimiento interior que me impulsó a comprometer seriamente mi comodidad fue el resultado de un itinerario de experimentación espiritual que comenzó hace veinticuatro años, el 21 de octubre de 1993, para ser exactos. Ese fue el día que abandoné el timón del barco. Desde entonces voy hacia donde no sé por donde no sé. Es cierto que muchas veces he estado tentado de recuperar el mando, pero he podido resistir la tentación, gracias a Dios. Y no sólo sigo teniendo fe sino que cada vez se me hace más patente que antes de que yo piense algo, Él ya sabe cuál va a ser la decisión final y el porqué último de la misma.
Así pues, el 'fregao' en el que me metí -y del que aun no he salido- por mi confianza en Cristo, y que por momentos me hace sentir vivamente que mi vida corre peligro, no fue una heroicidad, aunque arrechuchos me costara. En realidad, habiéndolo decidido en el nombre de Jesús, hasta la más mínima moción interior -pensamientos, emociones y cualquier estado del ser - resultaba aquilatada y celestialmente urdida y programada para el éxito. El que tenga oídos para oír, que oiga.
Luego, el que empezara yo a vivir como un personaje de película importa muy poco -aunque si alguien busca emociones le puedo animar a que lo pruebe- y si ha sido así es porque la personalidad que Dios me dio y que Él conoce al dedillo, se presta a ello.
Ciertamente, mis andanzas de estos últimos siete años dan para un libro, que si Dios quiere será la segunda parte de 153 rosas, esa trilogía de mi vida que algunas almas nobles desean ver completa; aunque confieso que me entra yuyu sólo de pensar que haya una tercera parte... pero en fin, sólo Dios sabe.





  




















sábado, 14 de octubre de 2017

LA COMISARÍA DE AVELLANEDA

¡¡SE HACE SABEEER...!!
En mi temprana juventud, en Oviedo, leí La vida exagerada de Martín Romaña, del peruano Alfredo Bryce Echenique. Me cayó bien aquel personaje al que tantas cosas le pasaban y con quien me sentía bastante identificado. Y en esa buena sintonía, avanzada la lectura del libro, gocé mucho al descubrir que Martín, el protagonista, visitaba mi ciudad para vivir también allí historias increíbles. No sospechaba yo entonces que a la vuelta de los años me tocaría a mí narrar mi propia vida exagerada. 
Acudí por primera vez a la Comisaría de Toledo con el fin de poner una denuncia por acoso laboral contra mis superiores. Fue el miércoles 26 de junio de 2013, a las nueve de la noche.
Me pidieron que esperara a la puerta de un cuartito, junto a otras dos personas. Después de un buen rato seguíamos como al principio. Por fin salió alguien y quedamos aguardando a que llamaran al siguiente, pero transcurridos varios minutos nadie nos invitaba a entrar.
En buena lógica, la atención a personas agraviadas debería hacerse con delicadeza y diligencia y por eso me animé a llamar a la puerta de aquel cuarto. En cuanto asomé la cabeza, una funcionaria que estaba adentro, me instó con aspereza a seguir esperando. Este contratiempo me dio pie a entablar conversación con la señora de al lado y comprobé que ella también estaba abrumada por el largo tiempo de espera.
Acababa de publicarse en los periódicos la noticia de que nuestro país tenía el porcentaje de policías más alto de Europa. Desde luego, su presencia en las calles se notaba. Y de ser cierto el dato, la deficiencia de aquel servicio que estábamos padeciendo resultaba aún menos excusable.
Con estos pensamientos y la inquietud propia del momento, me pareció un acto cívico formular una queja contra aquella tardanza. Me acerqué a la garita del control, en la que había tres policías. En cuanto se enteraron de mi intención y mis razones dieron muestras de enojo y con gestos de fastidio llamaron a un superior.
Apareció en el hall un hombre joven, que tenía asumido que su deber era sacarme del error y disuadirme de mi propósito. Como si estuviera ofendido, se extendió largamente ensalzando la calidad del servicio y su condición heroica. Se justificó de paso diciendo que siempre había dos personas atendiendo a las denuncias pero que, por necesidades del servicio, en aquella ocasión sólo atendía una.
Contemporicé con él todo lo que pude pero insistí en poner la queja. Al oír esto me volvió la espalda, desairadamente, y me ordenó sentarme. A la sazón ya habían entrado a declarar los que estaban en la cola y otros que habían ido viniendo después.
Cuando me llegó a mí el turno me recibió un funcionario sin uniforme con modales arrogantes. Al exponerle escuetamente el asunto me devolvió su interpretación de lo que yo le decía. En su versión se desvirtuaban los hechos perdiendo toda su gravedad. En definitiva, no se trataba de un delito sino de ciertas peculiaridades del ambiente de trabajo que a mí me hacían sentirme perseguido.
Procuré reenfocar el tema trayendo a colación los casos de acoso que terminaban en tragedia pero no dudó ni medio segundo en ridiculizar mi observación argumentando que estadísticamente esas muertes eran insignificantes. Después de un tira y afloja, viendo que yo insistía en mi propósito, me pidió que relatara los pormenores del caso.
Por más que intenté explicarle que la sutileza de los mismos exigía que fueran tratados en un proceso legal con las debidas garantías, insistió en que el procedimiento de denuncia requería esos detalles. Tanto insistió que me hizo dudar de que el mobbing fuese realmente denunciable ante la policía. Después de todo yo no les presentaba hechos punibles concretos que justificaran su intervención.
Decidí finalmente aceptar su consejo de dirigirme a Magistratura del Trabajo o a un Juzgado de lo Civil. Pero de camino a casa, ya muy tarde, tuve la impresión de que había errado marchándome sin realizar mi propósito. Más tarde, buscando en Internet, confirmaría aquella impresión.
Desde diciembre de 2010 el Código Penal recogía esa infracción y recientemente se habían dado casos señalados de denuncias ante el CNP. Llamé a la Comisaría y pedí que le dijeran al funcionario que me había atendido que por su ignorancia de la ley me había causado enojosas molestias. También les dije que volvería por allí a la mañana siguiente.
A las 8:30 h. estaba de nuevo en el gran hall de espera, un espacio diáfano rectangular de unos 140 metros cuadrados, en torno a una escultura, de un tamaño superior al natural, de un quijote.
Me puse en la cola. Y esta vez no iba a tardar mucho en ser atendido.
De repente se abrió la puerta y se dirigió a mí un hombre vestido de paisano con muy malos modos. Me preguntó que qué quería, lo cual estando allí era obvio y así le respondí. Era evidente que conocía mi intención e intentó inquietarme preguntándome si no había puesto ya el día anterior esa denuncia. ¡Qué despropósito! Acto seguido, como el que trata con un desalmado, me cerró la puerta ordenándome permanecer allí sentado.
Obedecí. Y empezó a pasar el tiempo sin que nadie me atendiera. Me levanté una vez más y acercándome a la puerta giré el pomo. Pero para mi sorpresa, la encontré cerrada.
Me acerqué entonces a la garita a comunicarlo y un policía veterano, que apenas se volvió para mirarme, insistió en negar que lo que le decía fuese cierto, pues según él ese servicio no cerraba nunca. Le insté a que él mismo lo comprobara y no quiso hacerlo. Entonces le pedí que se identificara y me despachó destempladamente diciendo algo así como que no le faltaba más que tener que dar sus señas a todo el que se las pidiere. Después de eso, sin poder dar crédito a lo que estaba pasando, me fui de allí.
Aquella mañana me había levantado con un poco de lumbago y por prevención había pedido una cita en el centro de salud para primera hora de la tarde. Al terminar mis quehaceres de aquella jornada de final de curso en el colegio, como aún era temprano para comer, hice acopio de valor y volví a la comisaría.
Pronto vi que el plan disuasorio persistía. Después de un tiempo de espera considerable me acerqué a la garita y les indiqué que me iba a tumbar en una esquina retirada, en alguno de los muchos bancos que había, porque me molestaba la espalda. Como el tiempo de espera se prolongaba mucho más de lo razonable y todo indicaba que nada iba a cambiar, hallé en mi mente la forma de conseguir testigos de lo que estaba pasando. Era ya casi la hora de acudir a mi cita con el médico y consideré justificado pedir una ambulancia que me llevara. Desde mi triste esquina de proscrito usé mi móvil; dije que me sentía impedido para llegar por mis propios medios al médico que me tenía que ayudar y les pedí que vinieran a por mí a la Comisaría. Así lo hicieron y al acercarse a socorrerme les rogué que esperaran a que pusiera mi denuncia, que ya no podía tardar; a esto el conductor no supo qué responder y se retiró a la furgoneta para consultarlo; yo me fui tras él y tomé nota de la matrícula y número del vehículo.
Desde la garita no perdían detalle, también ellos nerviosos. Uno me inquirió con dureza la razón de por qué anotaba aquellos datos. Fueron momentos tensos y, con la fuerza moral que me daba el saberme víctima de un abuso, me acerqué a la puerta privada de acceso a las dependencias policiales y entré por ella. Inmediatamente apareció alguien en la puerta que debía comunicar con el cuarto de denuncias y me invitó a volver al hall. Al hacerlo ya venía corriendo hacia mí un viejo policía que se atrevió a decir que yo estaba loco. Me callé, pero sabiendo que finalmente había logrado romper su defensa.
Efectivamente, al poco me pasaron al cuarto y me atendió, tenso y enfadado, un joven y avispado policía. Supe que él había tomado por su cuenta la iniciativa de poner fin a aquella farsa para no provocar un altercado mayor y se podía adivinar por sus modales su violencia interior. Mientras él iba y venía yo seguía molesto con mi espalda, así que me recliné levemente en los sillones bajos en que invitaban a sentarse a los que acudían allí a pedirles algo. Al hacer entrada de nuevo en el cuartito y verme en esa postura, "me escupió" -como si yo fuera un delincuente confeso- que me incorporara, pegándome una patada en los pies.
Y así fue como denuncié por acoso al Director de mi colegio y al Jefe del Servicio de Inspección. Vendrían después otras muchas denuncias, en la Policía y en los Juzgados, y ninguna de ellas prosperaría en una sanción pública. 
Una vez fui a denunciar que unas hermanas, dadas en acogida permanente por la Consejería de Sanidad, estaban siendo abusadas sistemáticamente, y los policías que me atendieron -corruptos también- me trataron como si el delincuente fuera yo. 
Pero no todos son así. El día de los Santos Ángeles Custodios, patrones de la Policía, escribí en este mismo blog un elogio de los policías buenos, que gracias a Dios también los hay, y muchos. 
Estoy convencido de que, después de todo, aquel policía que me solmenó la patada era sin duda uno de estos policías buenos, obligado a trabajar con planes y superiores viciados. Y esto está pasando siempre y en todos los ambientes. Hay una lucha, la del hombre desde que apareció en la Tierra, entre el Bien y el mal. Éste último hace mucho ruido y con él somete a las personas por el miedo. Los más afortunados encontramos una salida, una forma de escapar a esa violencia impuesta, gracias a Dios. En Él obtenemos fuerza y sostén para hacerle frente al dragón.
Ciertamente no hay lugar adonde ir que no esté contaminado por esa presencia del mal. Y por eso la única salida está en nuestro interior, donde habita Dios si le invitamos a entrar.
Este Dios permitió, a la vuelta de aquel verano del 2013, habiéndome ya abierto los ojos a este misterio del mal mezclado de forma abominable con el Bien, que yo me encargara de presidir mi Comunidad de Vecinos. E inmediatamente me desveló la podredumbre que se escondía entre sus muros, para, acto seguido, enseñarme el modo de acabar con ella.
Mis primeros movimientos en los rincones oscuros fueron torpes y las ratas ciegas que los habitan, huyendo de la luz, se abalanzaron sobre mí para morderme. Una vez, estando yo en Misa, coincidió que se celebraba un funeral. Me había sentado en el segundo banco, sabiendo que el primero se reserva para la familia en estos casos. Llegó inmediatamente un hombre de aspecto duro y se sentó delante de mí. Noté que no era un familiar del difunto y que "no estaba en su ambiente". Para explicarle cuál era la costumbre le toqué un brazo y se volvió como los que se han criado en la violencia, haciéndome sentir su frialdad. Aquel hombre -un sicario del mal- se sentó entonces a mi lado. Al darle la paz volví a notar la dureza de su corazón en la mirada. 
No sé exactamente qué pasó por mi interior pero en vez de ir a comulgar como siempre, esperé a que pasara toda la larga fila de fieles y comulgué el último. Y después no volví a mi sitio sino que salí y eché a correr sin parar hasta la estación de autobuses. Tenía que coger uno para Madrid y tuve suerte de que cuando llegué estaba para partir y tenía plaza. 
Iba para Asturias, donde pasaría los días siguientes arreglando ciertos asuntos. Allí me comunicó mi mujer que aquel viernes había ido la Policía a buscarme a casa. Comprendí entonces que mi escapada de la Iglesia había sido providencial y comencé a prepararme para lo que se a-vecina-ba. [Continuará]


viernes, 6 de octubre de 2017

AVISO A LOS USUARIOS DE FIATE

Estamos en proceso de obras en la Sede de la Fundación. Entretanto atenderemos a los Alumnos con Necesidades Educativas Especiales en el entresuelo 3A del mismo edificio. Gracias y perdón por las molestias.

viernes, 29 de septiembre de 2017

¿PÍOS O PILLOS?

Puros como niños

Sólo un 0,1% de las mujeres quieren un marido católico. La razón de que el porcentaje sea tan bajo viene explicada en el Evangelio de ayer (Lc 9, 1-6): "...los envió por parejas a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: 'No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.' (...)".
La "pobreza" de espíritu que exige Jesús, vivir colgado de Él, sólo se puede lograr experimentando en la inseguridad la providencia amorosa del Padre Dios. Y a la naturaleza de la mujer le es más costoso aceptar esa condición. La mujer que de todas formas se atreve a dar ese paso es la que describen, como perla preciosa, los versos finales del libro de los Proverbios: "Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que teme a Yahveh, ésa será alabada."
No hay que negar que la vida de fe es exigente. Sin duda que lo es, pero aun así, el que la elige no la cambia por nada. Una vez que se prueba la miel de la amistad con Jesús, se aborrece todo lo demás.
Sabemos que la amistad requiere ser cultivada, que el trato es lo que la sustenta y de donde obtenemos sus beneficios. Si ese trato es con Jesús -hombre y Dios- lo llamamos oración.
En nuestra mentalidad, la oración está muy desprestigiada. Se suele considerar una pérdida de tiempo y una dejación de ocupaciones útiles para la sociedad. También se suele entender, incluso entre los propios católicos, como el último recurso para conseguir un deseo. Al igual que sucede con el pecado y el infierno, la oración es 'algo' que ofende al hombre de hoy. 
No se tolera discutir públicamente de lo que los sentidos no pueden abarcar; y si el tema de discusión es la amistad exige hablar de personas reales. Ahora bien, Jesús es tan real que desde el primer momento que uno le da cancha en su vida, ésta empieza a transformarse, como un metal corroído en contacto con el pedernal, que saca a la luz de nuevo el brillo que se había perdido. Es oportuno decir a los que ya oran que si interrumpen por un tiempo la oración y se espantan de sí mismos por volver a tener mal aspecto, la solución no es dejarlo definitivamente sino retomarlo poco a poco, hasta que el agua turbia de su alma se convierta de nuevo en agua pura. 
Suelo plantearles a los no creyentes que si Dios realmente existiera, sería irrelevante que ellos lo creyeran o no, ya que su vida estaría ordenada por Él de todas formas; y que por eso los creyentes, por el hecho de comunicarse con Dios, están en posición más ventajosa para sacarle a la vida todo su jugo.
Pero ni siquiera ese planteamiento formal, hecho en el lenguaje positivo de hoy, en el que se establece una hipótesis y a partir de ella se avanza en el pensamiento, consigue acercar al hombre racional a esa realidad trascendente que todas las culturas han tenido en cuenta. Desprecian cualquier planteamiento que incluya términos que por definición son 'inhumanos', como el de Dios. Y se cierran a admitir que la duda pueda suponer algún tipo de conocimiento.
Si perdieran el miedo que les zancadillea, caerían vertiginosamente en la más ferviente adhesión a Cristo, descubriendo fácilmente en el trato con Él lo que con sólo su intelecto penosamente disciernen.
Sobre la oración ya está todo dicho en las Escrituras. Porque el creyente descubre a través de ella todo. Y decir todo es decir que el camino (el sentido último) es Cristo, el cual es además Verdad y Vida: Si quieres avanzar, busca a Cristo; si quieres conocer, busca a Cristo; y si quieres vivir, frecuenta a Cristo. Y dentro de las Escrituras, el tratado más completo sobre la oración es el Libro de los Salmos. Toda la vida de un católico está compendiada ahí, de modo que ese libro es una guía imprescindible, que te señala con fidelidad si vas bien o te has desviado.
Decir Cristo es hablar de un hombre real que obedece sin reservas (a su Padre, pues Cristo ante todo es 'el Hijo' del Dios-Padre, que tenía que venir al mundo para salvarlo del sometimiento al mal total). 'Caminar por Cristo', vivir unido al Hijo, exige pasar con Él por el Calvario para desde allí entrar en el cielo. Sabemos, pues, que tendremos sufrimiento, humillación y caídas. Pero también sabemos que en cada caída habrá un encuentro: El Cirineo, que aviva la esperanza en la bondad del ser humano y en la Providencia amorosa; La Verónica, que es anuncio de la bienaventuranza que les está reservada a los limpios de corazón; y La Virgen María, Madre de todo viviente, en quien recibimos todo, pues ella es uno con el que lo es todo
Conviene aclarar que al decir 'todo' no hay truco, todo es todo, y cualquiera lo entiende. Otra cosa es que en ese camino vayan cambiando nuestros intereses... Que lo harán y para bien.
Aun con lo ya dicho se puede preguntar: ¿qué tiene de bueno la cruz? Mucho, muchísimo. Hay que pensar que la Cruz católica no es tal si no está clavado en ella el Amor. El catolicismo no es una religión dolorista para nada pero no nos engañemos, vivir es decidir y no da igual todo, existe el mal y el bien -y la conciencia- y elegir el bien es ganarse enemigos, porque lo cómodo y maligno tiene muchos más adeptos. Paradójicamente, esa persecución que te acarreas te libra de mil seducciones que te apartarían de lo que verdaderamente ansías, porque cuando estás apurado estás solo y es más fácil que extiendas tu mano al Único fiel, al que es la Verdad y el Bien, tu bien y el de los tuyos.

domingo, 24 de septiembre de 2017

EL TÍO TOM

Evangeline y el tío Tom (detalle de un óleo de Edwin Long)

Harriet Beecher Stowe, conmovida por el drama de la esclavitud en Estados Unidos, escribió esta popular novela en 1851. Su éxito se debió al profundo sentimiento de indignación moral que suscita y que emana de una auténtica religiosidad cristiana. Al tío Tom le dotó de las cualidades de un patriarca y coronó su íntegra andadura con el martirio. A su lado, la dulce Evangeline, es incapaz de sufrir todo el mal que la rodea y que ella conoce con la inteligencia precoz de un espíritu puro, y enferma, diríase que de nostalgia del cielo, muere en la flor de su juventud.
Una de las razones por las que es oportuno recordar este libro es por poner en valor los nobles sentimientos que permiten a un ser humano llegar a comportarse heroicamente. Pero el verdadero motivo de mi escrito lo dejo para el final.
A la autora de esta novela, por lo que enardeció los espíritus, se refirió Abraham Lincoln como "la mujercita que ganó la guerra". Y hablando del legendario Presidente voy entrando en el tema que me movió a escribir.
No hace mucho seguí un enlace a las famosas charlas TED ('tecnología, entretenimiento y diseño', un medio de inspirar y dinamizar la iniciativa emprendedora), para escuchar a Ken Robinson, uno de los actuales 'gurús' de la educación, en su famosa charla "¿Matan las escuelas la creatividad?". Me gustó oírle, y ya picado en la curiosidad, escuché también la siguiente, la de 2010. Ambas empezaban con la constatación de que nuestra educación aleja a muchas personas de sus talentos naturales, por lo que la crisis actual es más una crisis de RRHH que de recursos materiales. Para Ken, uno de los principales desafíos que tenemos en educación es el de innovar de raíz, y el gran obstáculo, la tiranía del pensamiento mayoritario, enclavado en viejas ideas del mundo y falto de pasión. Para él es urgente reconstituir nuestro sentido del talento, superando su identificación con lo académico, lo cual conllevaría pasar del modelo industrial actual a uno agrícola (la cosecha es impredecible, lo único que está en nuestras manos es preparar el terreno para que el talento fructifique).
Según Ken, la respuesta para el futuro es la personalización de la educación y en cambio, lo que constatamos a diario es una fuerte tendencia a uniformizar, a no hacerse cargo de los casos particulares, todos iguales ante la ley. Pero si esto es así: ¿quién le pondrá el cascabel al gato?
Disfruté realmente con aquella charla de Ken, como me imagino que les habrá pasado a la mayor parte de los casi 40 millones de personas que la han visto y oído. Habiendo meditado mucho sobre ello, tengo para mí que aquel acto fue uno de los últimos destellos del gran sueño americano. La exuberancia creativa de una generación -patente en el acto de aquel profesor británico de 55 años hablando a líderes del TED- aplicada al análisis de la educación que a todos ellos les había encumbrado, no podía por menos de estar empapada de buen humor y auto-complacencia. Las vías de agua que se notificaban  no se veían entonces como una amenaza para el buque nodriza y el optimismo reinante hacía pensar a aquellas personas que sería buena una reforma que llevara a un mayor número de ciudadanos a disfrutar de la posición que ahora estaban disfrutando ellos. Nadie en aquella fiesta del pensamiento podía prever el gran cambio de escenario que pronto iba a acontecer.
Volvió Ken a la palestra TED en 2010 con la charla “A iniciar la revolución del aprendizaje”, pero su humor había decaído sensiblemente y la actitud del respetable parecía mucho menos esponjada, más fría, casi se podría decir que doliente. Y atando cabos, creo haber encontrado la clave para interpretar esa llamativa diferencia entre ellas.
La primera había sido una charla eminentemente creativa y libre pero, paradójicamente, aconteció en ella la muerte que en su propio título anunciaba. La descalificación del sistema educativo era una mala noticia y se decretó la muerte del mensajero. El acto siguiente, en 2010, escenificaría el relevo de una época. Quien tomó la palabra ya no fue el ancho pensamiento en su vibrante lozanía. A aquel grito de libertad primero le había sucedido un menesteroso pensamiento enajenado: "¡Por favor!, inicien una revolución en el aprendizaje; ¡líbrenme de estas cadenas!"
Al final de esta segunda charla, Ken mismo personificó la rendición del pensamiento creativo ante la industria: echando agua sobre su encendido discurso renovador, termina claudicando en favor de Kipps, Finlandia, Singapur…o lo que sea, que da igual. Y con un gesto testimonial, al firmar las condiciones de paz, incluye una cláusula a favor del ‘talento extraordinario de los maestros’, con la secreta esperanza de que su noble arte de enseñar logre un día imponerse a 'la bestia mecánica'. Apenado, reconoce Robinson que soñó una vez con una educación hermosa, fuerte y fecunda, pero que fracasó en darle vida. Y, humilde pedigüeño, nos ruega que protejamos su sueño por si alguna vez se logra.

Quiero decir que comprendo muy bien el discurso de Ken: su sueño y su impotencia. Pero más que con él, me veo identificado con esos docentes de talento extraordinario que cumplen su encargo de batallar en la arena de las aulas. En 2006 citó Ken con admiración y aprobación del público a Abrahán Lincoln en un discurso al Congreso de los EEUU, en momentos difíciles. Proponía coger el toro por los cuernos con soluciones nuevas (pensar de nuevo, con nuevas categorías, y actuar de nuevo creativamente). Elogió Lincoln a Harriet B. Stowe por mover con el suyo los corazones de sus  contemporáneos. Harriet encontró la fuerza para hacerlo en la fe. Y revistió de fe sincera a su personaje, Tom, de modo que pudo este enfrentarse a la bestia con el arma de su mansedumbre y vencerla, muriendo con palabras de perdón y amor en sus labios.
El reto de hoy vuelve a ser el mismo de aquellos tiempos, cuando empezaron a instituirse los sistemas educativos modernos. En el corazón encontró la joven nación USA la semilla del cambio que los llevaría a ser el país más próspero del mundo y en las aulas el modo de hacerla germinar. Pero aquel impulso del corazón ha dejado de latir en las aulas de nuestros tiempos. El viejo Tom ha muerto y su lugar ha venido a ocuparlo un fantasma que se hace pasar por él. Aquel personaje hecho de virtudes y generosidad se viste hoy de genio digital. Da órdenes fríamente, muy pagado de si, condenando arrogantemente todo aquello que represente un sentido para vivir que trascienda lo tangible. 
El tío Tom es un fantasma, no existe en realidad más que en nuestra imaginación y nos sometemos a él voluntariamente sin necesidad. Si aquel Tom que ganó la guerra en el país de las libertades era una ficción, el Tom que nos esclaviza hoy no lo es menos. Está diseñado en las sórdidas calderas de Pedro Botero, hecho a partes iguales de Tristeza, Odio y Miedo. Es un fantoche de última generación, tan perfecto, que sólo Dios nos puede librar de él. Por eso yo continuamente y ahora mismo al acostarme lo voy a hacer, me dirijo a la Virgen María como un niño diciéndole: María, Madre mía, líbrame de TOM





viernes, 22 de septiembre de 2017

NO DEIS LO SANTO A LOS PERROS

¿De dónde me vendrá el auxilio?



En el futuro, tus cualidades, mujer, serán tan estimadas como las de los varones, e igual de fecundas. No albergarás ningún sentimiento de inferioridad ni tendrás que ocultar los rasgos de tu condición natural. Tu vida cotidiana será tan rica y emocionante como la que más, porque tus talentos y virtudes podrán desplegarse en toda su amplitud sin freno ni cortapisa alguna.
Tus sueños en el futuro serán tan realizables como los de cualquier varón y tu capacidad de influir en la sociedad no tendrá más barreras que las que tú misma te impongas.
La maternidad en el futuro será un ámbito de extraordinaria creatividad y realización y en absoluto una carga adicional de trabajo y responsabilidad.
En lo profesional, las mujeres compartiréis con los varones el gobierno de todos los asuntos sin complejos, mostrando con los hechos la tremenda riqueza que aporta vuestra condición femenina al bien común.
Tendréis también un lugar preminente en el entramado social que define los modelos culturales -lo que es estimable en cada época- realizando de un modo ejemplar la mudanza hacia un mundo más humano, llevándonos amablemente a lo esencial y desprendiendo nuestra mirada del lastre de los instintos.
Vosotras sois depositarias en exclusiva de un fabuloso caudal de experiencia, que brotó de vuestro genio y que aumentó con vuestras virtudes y del que todos hemos bebido. De él nace la conciencia de que el culmen de nuestra vida se alcanza cuando la entregamos. Y de entre todos los destinatarios de vuestra entrega, de un modo natural os dais vosotras en primer lugar a los varones, el grupo más numeroso. Ellos, si por vuestras virtudes lograran verse elegidos y agraciados, podrían, de puro contento, donarse a su vez a sí mismos hasta el extremo, de modo que de esa mutua entrega surgiera una criatura nueva y perfecta.
Tú, ‘mujer, mujer’, serás en el futuro como un río en crecida que atraerás hacia ti pequeñas corrientes antes mortecinas e irás saneándolo todo, haciendo fluir a la humanidad, renovada, hacia la definitiva civilización del amor.

Mañana, día de la Mujer, se cumple un año desde que se me ocurrió, por pura prudencia, ‘quitar cautelarmente de la circulación’ unos libritos del Instituto de la Mujer que me encontré por sorpresa a las puertas del aulario de 1º de la ESO. En ellos se ‘instruía’ a niñas de doce años, diciéndoles que tenían  el  derecho de meterse en la cama con los chicos y dejarlos plantados en cualquier momento de esa relación si así se les antojaba.
En aquella mañana anduvo muy ocupado el Director por la visita del señor Consejero y del Director Provincial y sólo al final de la jornada conseguí explicarle lo ocurrido y despejar mis dudas sobre la legalidad de aquel evento.
Algunos profesores se indignaron entonces conmigo, pero no tuve problemas con la Administración. Eso me extrañó en su día, pero luego caí en la cuenta de que en la sociedad empezaba a haber un clamor contra esa imposición que se atreve a desinformar, con tanto descaro y con tan graves consecuencias, a niñas de doce años, y por eso la Administración dejó pasar aquella ocasión sin castigarme.
Pero si la ocasión la dejó pasar, no hizo lo mismo con el castigo, y ya el resto del curso fue para mí un auténtico quinario y preludio de un mal mayor.
Me trasladaron por sorpresa a Mocejón al curso siguiente, al centro de donde me habían sacado en distintas ocasiones por haber denunciado yo malísimas prácticas de gestión. Una madre se prestó a dar un falso testimonio contra mí, y ‘vertida a la calle’ su inmundicia y engrosada con otras 'aguas sucias' semejantes, llegó a formar una corriente tan apestosa y fuerte que me envolvió sin remedio, y que tiempo ha que me habría ahogado si no fuera yo un poco experto ya en salir a flote cogiéndome a ‘un madero’.
Educar, del latín educere, es “hacer salir el conocimiento del alumno"; y en eso consiste el trabajo del docente. Lamentablemente, se ha consentido una injerencia impropia de los padres en las competencias de los profesores, conculcando de hecho la libertad de cátedra. 
Todos tenemos la experiencia de que ‘lo que sabemos’ es un todo –interrelacionado- del que brota la acción apropiada a cada problema que se nos presenta. También sabemos que en ese depósito de conocimiento ocupa un lugar básico lo que nos enseñaron de pequeños, aquellas experiencias que pusieron a nuestro alcance los adultos de nuestro entorno. Y como todos hemos comprobado, esas nociones generales y formas de mirar la vida que nos constituyen, están tanto más firmemente adheridas a nuestro ser cuánto más se hayan apoyado en experiencias sensibles gratas, como las asociadas a los dulces y platos típicos que todos hemos degustado en las distintas fiestas del año. 
Algunos que me difaman dicen que yo no enseño nada a mis alumnos y que les hablo de cosas inapropiadas; y que luego intento ganármelos regalándoles Huesitos grasosos. Pues bien, como la calumnia suele tener una parte de verdad, la voy a mostrar.
Hace años que el currículum oficial obliga a explicar ‘Halloween’. Esa palabra procede del Inglés antiguo y su traducción es “Víspera de Todos los Santos”. Es obvio que el origen de esa fiesta es católico, y católica era, y mucho, la Inglaterra donde nació el Halloween. Los chicos no son tontos y desean que se les expliquen bien las cosas. Quieren divertirse, claro, pero agradecen mucho que se les abran los ojos a este mundo –peligroso- en el que viven. Forma parte de la labor educativa, pues, mostrar el origen y evolución, al modo simple que ellos alcanzan a comprender, de lo que se les 'invita' a celebrar con tanta alegría. Y en ese acompañamiento instructivo que hacemos los educadores, tuvo el autor de este artículo la “grasiosa ocurrencia” de regalarles a sus queridos chicos el postre español más típico de esa fiesta tan popular desde tiempos remotos en toda la cristiandad: los famosos Huesitos de Santos. Sin reparar en gastos, por amor a sus pupilos, este profesor compró en Santo Tomé  esos exquisitos dulces a un precio de ¡50 euros el kilo! y los repartió entre sus pobres "brujas, fantasmas, monstruos y zombies” el día de Halloween. ¡Qué locura! No es de extrañar que al día siguiente ya no le dejaran dar clase ¡no fuera a ser que los niños se convencieran de que era un buen profesor! 
Y es que en la lógica ilógica de los que nos gobiernan, estar loco es anunciar con el ejemplo que la verdad, el bien y la belleza existen, lo cual es muy peligroso. Y yo estoy llegando a la conclusión de que no les falta razón. 
Para poder contar mi experiencia de cómo Dios me libró, en un proceso de veinte años, de una grave enfermedad, tuve que crear mi propia editorial. Compuesto el libro, hecho el depósito legal, el ISBN y distribuido en Toledo en el 2015, le sigo la pista de cuando en cuando en Google y sólo encuentro una página de alguien que le hizo una mala foto y que lo vende como de segunda mano. 
Ya he contado cómo los trece años que llevo trabajando en Castilla-La Mancha me han tenido de un sitio para otro y a pesar de todo he seguido contribuyendo mucho al bien común: Manteniendo unida a mi familia; con mi docencia en la Universidad, creando un grupo de investigación y hablando en congresos; con mis proyectos de innovación docente en el instituto; con cuatro libros publicados, una fundación, una asociación, un blog de reflexión, etc. Sin embargo, todo eso no pesa tanto como la sospecha sobre mi persona. 
El pasado fin de semana estuve en un encuentro con 85 familias cristianas y el primer día di abiertamente mi testimonio de haber sido curado por Dios. Pero nadie se acercó a interesarse por mi caso. Los fariseos preguntaron al paralítico ¿quién dices que te mandó cargar con tu camilla en Sábado? Pues seguimos igual, a muchos en la Iglesia de hoy sólo les interesa cumplir los preceptos y que les dejen en paz con sus gentes y sus cosas.
En los últimos años, además de lo ya dicho, no he dejado de exponer, donde convenía y con gran sacrificio, distintos asuntos mejorables. Sufrí por ello soledad, incomprensión, encierro, fatiga, angustia, golpes, desvelos, apuros, calumnias, difamación, humillación, y un largo etcétera de penalidades.
Muchas personas importantes se han tenido que sentir importunadas por mí. A la justicia he llevado hechos reprobables de consejeros, viceconsejeros, jefes, médicos, inspectores, directores y maestros. Son cientos los documentos que en estos últimos siete años he firmado denunciando atropellos, lo cual me ha granjeado enemigos poderosos. Y aunque muchos desean verme inhabilitado y trabajan activamente para conseguirlo, yo sigo viviendo la vida como Dios manda: Practicando la honradez en el trabajo, la familia y la Iglesia.
Lástima que a España no le pase lo mismo. En estos años en que yo he sabido lo que es la persecución y con ello 'he crecido en sabiduría y en gracia', ella ha ido a peor, cada vez más sometida a la barbarie. El deterioro social se ve muy bien, por ejemplo, en el empobrecimiento de la convivencia, la perversión legal de los menores, la propuesta del PSOE de eliminar la libertad de enseñanza y la asignatura de religión, el cambio de sexo en niños de doce años sin permiso paterno o en la censura impuesta de hecho en los medios de comunicación.
Llama la atención que a un "paranoico" que no deja de molestar no le encierren ni le jubilen y que, por otro lado, la población "sana" viva cada vez más avasallada, con más sobresaltos y más amordazada, condenadas las familias a llevar su gran sufrimiento en el más lacerante silencio. Pero esta paradoja es sólo aparente y su misterio se desvela a la luz del Evangelio.
Sólo estamos a salvo en Cristo, Dios y Hombre verdadero, y decir Cristo es decir Amor y Cruz. Cuando se cuestiona esta verdad crece el caos y si esto sucede dentro de la propia Iglesia, la sociedad queda a oscuras y la violencia se adueña de ella. Y entonces se hace cierto lo que dijo aquel bretón respecto de la Paz Romana: "Siembran la desolación y la llaman paz".
Jesús llama a la puerta de nuestro corazón esperando que le abramos para darnos su paz. Orar es estar con Jesús y escuchar sus Palabras de Vida y si esto no se practica nos queda como interlocutor la nada, el ruido de los hombres y el perfume de Satanás:
Ayer, por ejemplo, obtuve consolación y luz al rezar el Oficio de Lectura. Ezequiel profetiza a "Jerusalén, esposa infiel", anunciándole la ira de Dios: "Derribarán tus prostíbulos, demolerán tus lugares altos; te quitarán los vestidos... luego me serenaré... y haré contigo una alianza eterna". Alianza que ya está hecha y por eso estamos a salvo si creemos en el Hijo de Dios vivo, pero nuestra Iglesia infiel tendrá que experimentar el castigo antes de ser acogida de nuevo. Y esos grandes males: ser derribados del sitio privilegiado por habernos contaminado con los ídolos, quedar en evidencia... son los que ya estamos empezando a padecer.
Y con la segunda lectura, de San Agustín, me sentí reconfortado y confirmado en mi  interpretación de la labor de los pastores de la Iglesia: Edifica sobre arena el pastor que no dice: "Hijo mío, si te llegas a servir al Señor, prepárate para las pruebas". Porque la roca es Cristo y "los cristianos deben imitar los sufrimientos de Cristo y no ir nunca tras las delicias del mundo. El débil queda confortado cuando oye que le dicen: "No te faltarán en este mundo las pruebas, pero, si tu corazón no se aparta del Señor, Él te librará de todos tus males". Y cita al Apóstol: "Todos los que aspiran a vivir en Cristo Jesús, en conformidad con la voluntad de Dios, padecerán persecuciones". Porque muchos pastores prometen una felicidad aquí en la tierra que ni el mismo Jesús prometió. 



(El texto precedente se me ocurrió estando escribiendo uno de esos documentos oficiales que tan obligado me tienen y lo añado a continuación como ejemplo)

Don Julio Manuel Espina Fernández, con DNI...
EXPONE
A su jefe le han llegado quejas de compañeros sobre dejación en su trabajo.
Este comienzo de curso está siendo anómalo. Como viene sucediendo últimamente han llegado al centro más de veinte nuevos profesores, afectando mucho esta inestabilidad a 1º y 2º de la ESO. En esa remesa de docentes, jóvenes o interinos muchos, hay quien refiere agravios importantes en la asignación de destinos, por la improvisada bajada de una hora en la jornada semanal docente. La primera semana del curso, que hoy termina, ha estado marcada por la recolocación del profesorado. En el IES U. Laboral se han dado además otras circunstancias que han contribuido a ralentizar la puesta en marcha de la actividad escolar:
1. Un viaje a la isla de Malta del Jefe de Estudios le ha impedido estar esta semana al tanto de las vicisitudes del inicio de curso.
2. Ha tenido que asumir la responsabilidad de supervisar el complejo ordenamiento de las enseñanzas de los alumnos más jóvenes el profesor llegado el año pasado, que está debutando ahora como Jefe de estudios adjunto para la ESO.  
3. La recién nombrada por Concurso de Traslados orientadora del centro tuvo que coger una baja y al sustituto se le ha visto por primera vez este lunes.
Al trajín habitual de septiembre se le han añadido irregularidades en la matrícula y en la escolarización (muchas por FPB y PMAR), las cuales han tenido a la secretaría y a los cargos permanentemente ocupados.
Comoquiera que por las características del puesto de PT que ocupa el que esto expone, su trabajo al comienzo de curso depende mucho del buen funcionamiento organizativo, las quejas referidas a él que han surgido esta primera semana lectiva son un eco de las que ya hubo el curso pasado, que en su día puso en conocimiento de Vds. Por ellas ya saben que Doña Yyyyy Xxxxxxx llegó a dar lengua al instituto al mes de empezadas las clases y al poco tuvo una actuación irregular tras la cual quedó de baja el resto del año. Restituida al presente en el mismo puesto, el que abajo firma se dirigió a ella recordándole aquel episodio y no recibió por su parte ninguna satisfacción, ni arrepentimiento ni reconocimiento de ningún error o agravio. Por todo ello, este funcionario 
SOLICITA
que para evitar que situaciones indeseables como aquella se vuelvan a repetir en este curso, tome quien corresponda en consideración este escrito y realice las diligencias oportunas en ese sentido.
Atte.
En Toledo, a 23 de septiembre de 2017