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sábado, 9 de abril de 2016

AMORIS LAETITIA: LA VISIÓN DE UN FIEL LAICO

Al poner el marco de su carta, el Papa recurre al concepto de inculturación, asumido y explicado por San Juan Pablo II al impulsar a la Iglesia hacia una nueva evangelización. Pero el contexto cultural de occidente, caracterizado por el relativismo filosófico, hace especialmente difícil la penetración del mensaje cristiano en la mentalidad dominante.
Al desposarse Cristo con la humanidad, convirtió a la familia en el centro del verdadero progreso humano; pero el avance de la ciencia y el debilitamiento de la fe han conducido al hombre de hoy al engaño de la autosuficiencia y han causado un trastorno profundo del orden familiar, comprometiendo seriamente el desarrollo y la paz de las naciones.
La postergación de la dimensión moral, auténtico esqueleto de las culturas, es un auténtico descalabro y lleva las políticas hacia un progresivo desmantelamiento social. La novedad del problema -la pérdida del sentido, la desorientación- supone un desafío para la Iglesia que además, como parte de la sociedad que es, también está afectada ella misma por ese mal.
En resumen, después del letargo del bienestar económico en que hemos caído, estamos llamados en primer lugar a hacer un buen examen de conciencia y un firme propósito de la enmienda. Y a continuación, bien dispuesto el ánimo con el arrepentimiento, nos convendría hacer un discernimiento de lo que supone la inculturación en la tarea de reevangelizar a occidente. A ese fin, presento aquí algunos textos que nos pueden ayudar.

El Papa aborda el tema en los siguientes términos:
3. Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada. Además, en cada país o región se pueden buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales, porque «las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general [...] necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado». (Esta cita lleva la siguiente nota):

-Discurso en la clausura de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 octubre 2015): L’Osservatore Romano,  ed. semanal  en  lengua  española,  30 de octubre  de  2015,  p. 4.
-Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, Fe y cultura a la luz de la Biblia. Actas de la Sesión plenaria 1979 de la Pontificia Comisión Bíblica, Turín 1981;
-CONC. ECUM. VAT.II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 44.
-JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Missio (7 diciembre 1990), 52: AAS 83 (1991), 300;
-Exhort. ap. Evangelii gaudium  (24 noviembre 2013), 69.117: AAS 105 (2013), 1049.1068-69.

[De estas 5 entradas he buscado en Internet sólo las del medio, las de autores con mayúsculas. Y he hallado lo siguiente:]

(En una hora de búsqueda, lo más próximo a la referencia de la PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA que encontré son dos textos: Un extracto de la exhortación apostólica Catechesi Tradendae (1979) de San JPII, con palabras dirigidas a la Comisión en su asamblea anual; y parte de una monografía franciscana sobre la inculturación.) 

— por una parte, el Mensaje evangélico no se puede pura y simplemente aislarlo de la cultura en la que está inserto desde el principio (el mundo bíblico y, más concretamente, el medio cultural en el que vivió Jesús de Nazareth); ni tampoco, sin graves pérdidas, podrá ser aislado de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos; dicho Mensaje no surge de manera espontánea en ningún «humus» cultural; se transmite siempre a través de un diálogo apostólico que está inevitablemente inserto en un cierto diálogo de culturas;
53. Abordo ahora una segunda cuestión. Como decía recientemente a los miembros de la Comisión bíblica, «el término "aculturación" o "inculturación", además de ser un hermoso neologismo, expresa muy bien uno de los componentes del gran misterio de la Encarnación» (Discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, AAS 71 (1979) 607). De la catequesis como de la evangelización en general, podemos decir que está llamada a llevar la fuerza del evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. Para ello, la catequesis procurará conocer estas culturas y sus componentes esenciales; aprenderá sus expresiones más significativas, respetará sus valores y riquezas propias. Sólo así se podrá proponer a tales culturas el conocimiento del misterio oculto (cfr. Rm 16, 25; Ef 3, 5) y ayudarles a hacer surgir de su propia tradición viva expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos. Se recordará a menudo dos cosas:
— por otra parte, la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora. Cuando penetra una cultura ¿quién puede sorprenderse de que cambien en ella no pocos elementos? No habría catequesis si fuese el Evangelio el que hubiera de cambiar en contacto con las culturas. (...)
Los catequistas auténticos saben que la catequesis «se encarna» en las diferentes culturas y ambientes: baste pensar en la diversidad tan grande de los pueblos, en los jóvenes de nuestro tiempo, en las circunstancias variadísimas en que hoy día se encuentran las gentes; pero no aceptan que la catequesis se empobrezca por abdicación o reducción de su mensaje, por adaptaciones, aun de lenguaje, que comprometan el «buen depósito» de la fe (cfr. 2 Tim 1, 14), o por concesiones en materia de fe o de moral; están convencidos de que la verdadera catequesis acaba por enriquecer a esas culturas, ayudándolas a superar los puntos deficientes o incluso inhumanos que hay en ellas y comunicando a sus valores legítimos la plenitud de Cristo (cfr. Jn 1, 16; Ef 1, 10)

*Monografía (franciscana)
(…) la cultura, ese modo particular que tienen los hombres y los pueblos de cultivar su relación con la naturaleza y con sus hermanos, consigo mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana (cf. Gaudium et spes, n. 53). No hay cultura si no es del hombre, por el hombre y para el hombre. Abarca toda la actividad del hombre, su inteligencia y su afectividad, su búsqueda de sentido, sus costumbres y sus recursos éticos. La cultura es tan connatural al hombre, que la naturaleza de éste no alcanza su expresión plena sino mediante la cultura. El cometido esencial de una pastoral de la cultura consiste en devolver al hombre su plenitud de criatura «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26), alejándolo de la tentación antropocéntrica de considerarse independiente del Creador. Así pues -y esta observación es de suma importancia para una pastoral de la cultura-, «no se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las transciende. Este algo es precisamente la naturaleza del hombre. Esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser» (Veritatis splendor n. 53).
La cultura, en su relación esencial con la verdad y el bien, no puede brotar únicamente de la experiencia de necesidades, de centros de interés o de exigencias elementales. «La dimensión primera y fundamental de la cultura -subrayaba Juan Pablo II en un discurso a la Unesco-, es la sana moralidad: la cultura moral» (7). «Las culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la trascendencia» (Fides et ratio, n. 70). Marcadas por el dinamismo de los hombres y de la historia, en tensión hacia su plenitud (cf. ib., n. 71), las culturas participan también del pecado de aquéllos y, por eso, exigen el necesario discernimiento por parte de los cristianos. Cuando el Verbo de Dios, en la Encarnación, asume la naturaleza humana en su dimensión histórica y concreta, excepto el pecado (Heb 4,15), la purifica y la lleva a su plenitud en el Espíritu Santo. Al revelarse, Dios abre su corazón a los hombres «con hechos y palabras intrínsecamente relacionados entre sí» y les hace descubrir en su lenguaje de hombres los misterios de su amor «para invitarlos a entrar en comunión con Él» (Dei Verbum, n. 2).

*A continuación la entrada de la Encíclica Redemptoris Missio, de  S. JP II
El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación « significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas ».85 Es, pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.
Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; 86 transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro.87 Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión.

*Y por último el texto de Gaudium et Spes; Conc.Vatic. II
44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano.
La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque así en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.
La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.



Publicado este artículo, algún hermano en la fe me ha hecho ver que en su opinión era un desacierto. Entonces, intentando explicarle mis motivos, le escribí a vuela pluma la siguiente respuesta:


AMORIS LAETITIA en el blog de Fíate.
No he leído las 272 páginas, ni siquiera el resumen que colgó el Opus Dei basado en el que facilitó la Santa Sede. Quitando tiempo a mi descanso y multiplicándome para dar abasto con mis obligaciones familiares, abrí A.L. por el principio y empecé a leer. Al poco de empezar me llamó la atención la cita contenida en el punto 3, y su nota al pie. Tan solo encontrar esas referencias en la Red y estudiarlas me llevó 2 ó 3 horas. Señor ¿qué puedo hacer entre tanta confusión para serte fiel? Esperaba una respuesta a las dudas que me surgen en mi vida familiar y matrimonial; tensiones fortísimas que consejeros con fama de santos sabios no supieron aclararme y que a tientas caminando Contigo en la oscuridad y con el providencial apoyo de alguno de tus fieles sacerdotes he podido ir conjurando; respuestas de luz esperaba de mis pastores y no las hallé. Leo a San Pablo; le admiro; no me cabe duda de su enseñanza apostólica; la contrasto con mi experiencia y encuentro luces; pero es tan grande la distancia de sus propuestas que ansío la confirmación de los prelados... La he buscado en A.L. y no la he encontrado. En su lugar...palabras, ideas...y más inquietud. ¿Tengo que fiarme de lo que me digan mis pastores, aunque no ilumine mi vida, para salvarme? ¿Es la obediencia ciega el camino del católico? Pues para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Y aún es más, si eso fuese así, ahora mismo me desapuntaría de esta bendita Iglesia que tanto amo y de la que no podrán arrancarme si no es, como a San Bartolomé, arrancándome la piel. Y aun así, en carne viva, a rastras, te seguiría por el polvo del camino, mi Jesús amado, mi salvador, mi buen Señor. Un cordial saludo.