Imagen de FÍATE

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martes, 5 de enero de 2016

POKEMONIUM


Erradicar el mal no está en nuestras manos, ni siquiera el que nos afecta a cada uno de nosotros en particular. De hecho, en ocasiones, tan sólo en la medida en que por la fe nos hacemos como niños y confiamos en que nuestro Padre nos puede salvar, conseguimos mantenernos a flote.
Esta fe pura, inocente y limpia, es un don pero también una tarea. En cierta época difícil me daba fuerza mirar una estampita que ponía "No te asuste naufragar, que el tesoro que buscamos no está en el seno del puerto sino en el fondo del mar".  Navegaba yo entonces solitario en un mar furioso, amarrado al cabo de la fe. Pero ¡oh, prodigio! ¡cuántas veces pude comprobar que no me aferraba a una ilusión! Y así, fiándome de Dios antes que de mí mismo, capeé peligrosos temporales y ensanché mi paz.
Esta actitud, que es la base de la vida del cristiano, repugna a la mentalidad "emergente". Esta animadversión puede deberse a un resentimiento por nuestras faltas de caridad pero suele ir acompañada de la resistencia a reconocer el propio pecado y la necesidad de ser perdonado.
En el primer caso, es responsabilidad nuestra presentar de un modo adecuado el mensaje liberador del Evangelio, de modo que no cause rechazo sino atracción. Pero respecto a lo segundo, frente a la libertad personal de cada uno, sólo podemos rezar, confiar y esperar a que la acción de Dios remueva los obstáculos que impiden a esas almas creer en el amor del Padre y dejarse abrazar por Él.
Quien más, quien menos, todos hemos concebido alguna vez la triste idea de que el mal ha llegado a extenderse tanto que no podemos hacerle frente. Sin embargo, una mirada atenta a la historia nos muestra que los mayores ataques contra el ser humano -como los que desencadenaron las ideologías totalitarias del S. XX- han tenido un tiempo limitado de existencia. Y los católicos vemos en eso la intervención de la Providencia salvando al hombre.
La crueldad de aquellos regímenes criminales abocó "lógicamente" a la intelectualidad a un cierto pesimismo existencial. Esta reacción filosófica, aún siendo bienintencionada, no trajo consigo un avance del conocimiento sino todo lo contrario.
La filosofía en Europa, aupada en grado sumo con Santo Tomás de Aquino, dio un traspiés a partir de Descartes abandonando la búsqueda de la realidad en sí para estudiarla sólo como contenido de la conciencia ("Pienso, luego existo"). Justo ahí perdimos la senda buena y aún continuamos en el extravío; y por eso los desarrollos posteriores a la terrible experiencia del S. XX, a pesar de hitos como la ONU, la Unión Europea o el aumento de sensibilidad a favor de los derechos humanos, no nos están llevando a un mayor grado de civilización.
La fisura cartesiana supuso prescindir del Dios Creador como fundamento del hombre mismo. En su lugar se instaló un pensamiento no sujeto a nada y siempre cambiante, que a merced de un devenir impredecible va suscitando normas arbitrarias y efímeras que no hacen sino agudizar la flaqueza de su inconsistencia. 
De hecho, en el ágora actual no prevalece la razón, el sentido común está en desuso, la comunicación es en extremo precaria, nos extraviamos pensando que oscuros intereses manejan nuestros destinos, y nada es lo que parece ni tampoco lo contrario. Un viscoso magma de confusión lo invade casi todo y la desolación va ganando cada vez más terreno en nuestra conciencia colectiva.
Las oscuridades que se ciernen hoy sobre el mundo desbordan nuestra imaginación. En todos los casos, el mayor peligro proviene de una respuesta prepotente a amenazas inducidas por un miedo irracional, que arde sin consumirse nunca y que espantosas "teas humeantes" se encargan de avivar constantemente.
Ambas actitudes, el temor y la soberbia, suelen ir de la mano, reforzándose mutuamente. Aquella separación entre razón y fe que hemos comentado debería aportar seguridad al hombre, al depurar el discurso filosófico del componente "irracional"; a no ser que Dios existiera, porque en ese caso romper la vinculación con Él nos reportaría mayor fatiga. La desgracia que relata el Génesis, la expulsión del hombre del paraíso, consistiría en venir él a decidir, como si fuera Dios, lo que está bien y lo que está mal; y ese "trabajito" es justamente lo que subyace a los totalitarismos, que cíclicamente reaparecen.
Alguien concibe una idea del bien, pero como la Verdad no puede ser contenida en la mente de nadie y como el único modo de probar "la bondad" de un proyecto es “que no haya nadie en contra”, la tragedia está servida. La soberbia va implícita en nuestra condición de desterrados, de tener que probar nuestra verdad (porque al pecar perdimos el a-probado) y el miedo nos avasalla en las muchas ocasiones en que “la realidad nos hace ver que erramos”. Sin Dios, que es quien regala el aprobado, la amenaza de ser descubiertos en alguna falta pone a prueba nuestra soberbia y llega fácilmente a hacerse intolerable, y a desencadenar la típica reacción de reafirmar violentamente nuestro punto de vista, completándose así el círculo vicioso.
Sería muy provechoso releer la Historia de Europa desde esta clave y atreverse a explorar aquellos caminos que fueron abandonados tiempo ha por los ilustrados de la época. Después de todo, los sangrientos jalones que la razón emancipada ha dejado en estos siglos de ensayo, son como para plantearse "el regreso a la casa del Padre”.
En el mundo actual no hay más seguridad; el futuro es incierto; y la violencia va en aumento. ¿A qué esperar? Es la hora de darle una oportunidad al Misericordioso. Pero curiosamente, en este contexto, arrecia el combate “de trincheras” entre los que escuchan los acordes de paz de su corazón y los que se resisten a admitir su propia limitación.
La crisis y la inestabilidad actual es el escenario de esta lucha. Su representación gráfica podría ser la de un poliedro irregular que no encuentra asiento y en el que algunas vistas parecen imposibles por la deformidad a la que finalmente se ha llegado.
El abordaje del problema es ciertamente complicado: Si se arregla por aquí se desarregla por allá; y no dejan de aparecer desperfectos. Pero ojo con perder los nervios, porque en los gobernantes existe siempre la tentación de aplastar la figura. En esos casos llegan a pensar: "aumentando la presión se eliminarían las aristas".
El caso es que ese nerviosismo va en aumento porque por más vueltas que le damos no vemos otra salida. Hay quien dice que la hay, pero es una quimera, un método imposible: Aplicar confianza a tumba abierta, permitir que afloren los innumerables problemas que la presión política – la acción de la prensa – mantiene escondidos causando estragos y aguantar paciente y valientemente el desdoble de caras hasta que su multiplicación sucesiva transforme el poliedro en esfera perfecta.  
Pero esta quimera es, por increíble que parezca, el único camino. Y ahora volvemos al principio. Se necesitarían dos condiciones para que esta ficción fuera posible; dos cosas alcanzables, pues son connaturales a los niños: La inocencia o veracidad y la limpieza de corazón. Ese punto de partida configuraría un doble itinerario para salir de la crisis. Sería necesario, por un lado, creer en la Verdad, buscarla y amarla por encima de todo; y después, asumiendo nuestra condición de criaturas heridas por el pecado y, por tanto, inclinadas a la maldad, estar dispuestos a pedir perdón y a perdonar las veces que hiciera falta.
Obvio decir que este programa pasa por desandar lo andado y asumir que el destino de los pueblos está en manos de Dios: Creador, Padre y Redentor.

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