Imagen de FÍATE

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miércoles, 21 de octubre de 2020

ANGELITOS NEGROS

De angelitos negros o arlequines de colores, gusta el Señor de escuchar,
en el cielo sus loores.


Dios me hizo testigo suyo cuando me sacó del arroyo y me puso sobre roca firme. Con el tiempo, yo mismo colocaría una piedra para que otros pudieran vadear el río, cuando puse en marcha la Fundación Fíate.

La historia empezó hace hoy veintisiete años. Conocí a unas personas que rezaban juntas y me invitaron a unirme a ellas. Con ese hábito, mi deseo de estar con Dios fue creciendo y en cierto momento entendí que Él me pedía una prueba de mi amor. La prueba consistía en renunciar a mi confianza en el dinero, y como yo tenía unos buenos ahorros, me planteé dárselos a los pobres. 

Mi madre era una buena católica. Aunque en aquel valle minero donde nació y vivió no había mucha espiritualidad, ella era inteligente y supo aprovechar bien las pocas ocasiones de formarse en la fe que su vida le fue presentando. Deduzco que algunos consejos y enseñanzas puntuales de hombres de Dios le fueron de gran provecho y valor para su vida, al modo de puntales sobre los que levantar un sólido edificio de fe. Y cuando mi madre conoció mi intención de renunciar a mi dinero me buscó una cita con el Arzobispo para consultarle ese paso. D. Carlos Osoro, muy asiduo de mi director espiritual, me recibió en su casa y juzgó, con buen criterio, que Dios bendeciría mi acción. Y así fue. 

Desprenderme de mis bienes resultó ser la medicina definitiva que yo necesitaba para expulsar los ‘fantasmas’ que me tenían privado del recto uso de mi razón. Y aquello me llenó de alegría y de gratitud al Señor.

Años más tarde mi vida había dado un vuelco enorme: Casado, con una hija, profesor en un excelente instituto por las mañanas y en la Facultad de Educación por las tardes… Mi deseo de devolver lo recibido encontró su forma de realizarse haciendo una Fundación civil. 

Al llegar a Toledo yo había quedado impresionado de la cantidad de docentes que vivían su trabajo con un sentido de entrega y no tanto como un modo de ganarse la vida, y creció en mí el deseo de hacer una plataforma de trabajo cooperativo. Por otra parte, desde mi conversión yo venía colaborando generosamente con organizaciones benéficas, pero ya había llevado serias decepciones con ellas. No sé cómo surgió en mi mente lo de la fundación, pero el caso es que por aquella época la idea me rondaba. Me enteré de que hacían falta treinta mil euros para ‘poner una piedra en el río’, que jamás volverían a ti, y empecé a pensar que en vez de donar la décima parte de mi sueldo sin saber bien a quién, podía dedicar ese dinero a crear yo mismo una asociación. 

No tenía en aquel momento tanto dinero, pero en mi diálogo con Dios, Él ya me había dicho que quería que fundara. Esto puede asustar al que no practica ese diálogo, y sólo se puede decir al respecto ‘cositas’ (“y todos más me yagan/ y déjame muriendo/ un no sé qué/ que quedan balbuciendo…”) cositas que se quedan cortas; sencillamente porque hablamos de diálogos de amor y de fe, y ésta, aunque razonable, no es enteramente accesible por la razón sola. Pero puedo decir que, en mis cavilaciones y dudas, Dios ‘me habló con claridad’ de distintos modos. Por ejemplo: ‘así, esperando instrucciones de lo alto’, me enteré un día de que aquel dineral se podía pagar a plazos ¡toma ya!, y alegre con esa luz, al ponerme la chaqueta me encontré en ella cien euros con los que no contaba… y otras muchas facilidades se me fueron presentando “en el camino”, que quedan como secreto del arcano.

Una vez creada, lo que vino después fue un calvario. Como espinas, se trenzaron en torno a mí y a mi familia las desgracias.

El cuarto año de mi docencia en la Universidad me vi obligado a revalidar mi plaza, en competencia con un buen número de aspirantes. En principio le dieron la plaza a una tal Teresita del Niño Jesús, algo llamativo para cualquiera -y especialmente para mí pues es mi santa preferida- pero más admirable que el singular nombre de la agraciada, fue que, siendo de otra provincia, renunció a la plaza y pasé yo a ser el titular.

Como la zorra le habló al cuervo que tenía el queso en el pico, se dirigió a mí el responsable de la Administración –hoy Concejal de Movilidad del Ayuntamiento- para 'facilitarme los trámites'. De resultas, tras unos meses de difamaciones, sin que mediara motivo ni escándalo alguno, en mitad de una clase, entraría seguridad a echarme del Campus. Cuesta creerlo; tanto que yo, al día siguiente, me fui temprano a ver a un abogado, pero éste, aún reconociendo que yo había sufrido una traición, me dijo que, por tratarse de documentos preceptivos, no se podía hacer nada.

Aquel mismo día se agravaría mi pena con otro suceso extraño. En el instituto, oí a un alumno mofarse de mí ante un compañero. Lo suyo hubiera sido tratarlo con desenfado, pero dolido como estaba, aunque la clase transcurría en el tono cordial de siempre, le propuse al chico echarle un pulso. La razón de esa singular propuesta es peculiar. Jamás en mis treinta años de docencia había hecho una cosa así, pero unos días antes, en otro grupo semejante, y en el mismo tono distendido, un alumno me había insistido para medirse conmigo… y para mi sorpresa ¡le vencí fácilmente! De modo que dejándome llevar de esa impresión, quise zanjar la mofa de José Antonio ‘dándole donde le dolía’. Puestos a ello, nada más empezar, estando interiormente ‘pidiéndole fuerzas a Dios’, se me partió el húmero. Y empezó otro quinario, con varias operaciones y, finalmente, una baja también de lo más extraña. 

Con la cirugía me sobrevino una parálisis del nervio cubital y atrofia de la ‘pinza fina’, imprescindible para escribir. El proceso clínico durante la baja terminó sin resultados, y así llegamos al tope que marca la ley –prórrogas incluidas- para permanecer inactivo por IT. 

La Administración, al poco del accidente, lo reconoció como sucedido “en Acto de Servicio”. En estos casos, en que la patología se estabiliza sin solución clínica, se contempla una jubilación del funcionario que le permita ejercer otro oficio. Y eso hubiera sido ideal para que yo pudiera dedicarme íntegramente –ejerciendo de psicólogo y pedagogo- a la Fundación. Le expliqué a las autoridades que era providencial esa coyuntura, pues mi perfil profesional se optimizaría en esa opción. Pero nada de eso. Al contrario, sin poder escribir, me instaron a volver a las aulas, vulnerando el derecho que me asistía. 

Para esquivar ese castigo de la administración, como los tratamientos me habían dejado una secuela en la piel considerada altamente estresante, cogí la baja por ese motivo. Y pásmense, pues estando de baja me pagaban como si estuviera trabajando. Ni Muface, ni la Inspección de Trabajo, ni la Administración Educativa ni sanitaria, ni siquiera el Defensor del Pueblo, nadie respondía a mis escritos. Abonando la tasa correspondiente pedí un Certificado de vida activa en el que se hiciera constar mi concreta situación administrativa, y no me lo dieron. Lo reclamé varias veces y de distintos modos, y de ningún estamento obtuve respuesta; y meterme en juicios en aquellos momentos hubiera hecho peligrar la estabilidad de mi familia. Habían transcurrido dos años muy duros, y yo no encontraba salida. 

Entretanto había escrito una autobiografía en la que daba testimonio del milagro que Dios había hecho conmigo (un milagro de los que hay muchos, que se obró a lo largo de veinte años y con medios ordinarios, no sobrenaturales –la medicina, la familia y los amigos, el Estado de Derecho y la vida de fe).

Ese libro contaba cosas delicadas y yo no estaba seguro de que conviniera publicarlo. Le llevé el manuscrito al Padre Mendizábal, que lo leyó en seguida y me dijo que le gustaba. Después le pregunté a mi esposa si le parecía bien sacarlo a la luz (por su decisión había publicado yo mi primer libro) y me dijo que sí. Y se lo presenté a varias editoriales sin éxito; hasta que un consejo del Padre Mendizábal me abrió el camino, y en la primavera del 2015 entró en la imprenta. Sucedieron entonces una serie de avatares que me hicieron dudar de que consiguiera mi propósito. Una noche me despertó el Espíritu Santo y me fui en persona a Málaga, cerca de Antequera, a ver qué sucedía. Y entonces vi con claridad que también aquel proyecto se había enredado en los espinos de mi vida, y que ésta, sin apoyo de nadie, sin asistencia ni existencia jurídica, y acosada por todos los frentes, corría peligro; y allí mismo tomé la decisión de incorporarme al trabajo al día siguiente. Antes de regresar, no obstante, con la fuerza de Dios, frustré el sabotaje de la publicación de 153 rosas, de un modo que mereció el elogio del Padre Mendizábal por mi gran ingenio.

Con el alta voluntaria en la mano volví a Mocejón, después de dos años. No era un buen sitio, pero en este caso, como nunca, se hacía bueno el refrán de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Allí, al menos, me aseguraba la identidad que a lo largo de aquellos dos años en el limbo había estado a punto de perder.

Muchas más desventuras, que no caben aquí, me acompañaron estos años. Y por gracia de Dios nunca perdí la paciencia ni el buen ánimo. Sigo adelante con la Fundación, y siguen sus enemigos tendiéndole trampas. Hace un año me vi, por circunstancias, con poco dinero, y pensé que sería una buena idea, puesto que solemos pasar los períodos vacacionales en Asturias, habilitar nuestro estudio-apartamento para uso turístico. En diciembre pasado entregué al Ayuntamiento setecientos y pico euros para obtener esa licencia, pero aun no me la han dado. Me fueron poniendo trabas… Hasta que comprendí el motivo. 

Muchos me preguntan qué hago con tanto tiempo libre, sin sospechar que, por esta inconveniencia que plantea mi persona, no doy abasto para atender las solicitudes ordinarias de mi estado y condición. Por esas zancadillas que continuamente me ponen, me veo incluso en apuros económicos. Y a pesar de todo no tiro la toalla de esta vida aparentemente insulsa y sin salida que para nada hubiera yo imaginado no hace tanto. Sigo siendo el Presidente de Fíate y escribiendo su blog -30.783 visitas hasta hoy; y sigo con mis obligaciones familiares y tratando de que se me restituya en mis derechos y se reparen mis agravios. Todo ello conlleva no pocas idas y venidas, y la Fundación no encuentra respaldo. Hace unos días recibí el rechazo de una subvención para un proyecto de orientación a distancia, en el ámbito del Covid; muchas cargas y ninguna gratificación. Así las cosas, dado que cuando una fundación fracasa hay que entregar el patrimonio al Estado, resulta obvio que dedicar una parte de ese dinero a comprar un utilitario (59 caballos de potencia) para seguir con el7 proyecto hasta que Dios quiera, no es nada descabellado. Y dado ese paso me encuentro con que ese desleal Concejal de Movilidad no permite que el coche circule legalmente por esta ciudad. 

El concesionario se negó en redondo a hacer constar en el Permiso de Circulación el domicilio de la Fundación; no conseguí que lo pusieran ni llevando conmigo un notario; Consumo se inhibe y no responde a mi demanda, empujándome de nuevo a litigar… (las malas lenguas pregonan por ahí que denuncio a todo el mundo, sin duda para silenciarme); en el Ayuntamiento dicen que el coche se inscribió a mi nombre y al pedir cita para aclararlo me la niegan…

Por la prensa me he enterado de que está a puntito de ser aprobada una norma -que empezó a tramitarse en enero- que obliga a obtener permiso de los vecinos para dedicar una vivienda a uso turístico, y de aprobarse ahora, se rechazaría mi solicitud por la previsible negativa vecinal –auspiciada por el propio Ayuntamiento- a concederme ese permiso. Esto explicaría los diez meses de dilación de mi expediente: que están intentando acceder a esa vía para eludir el escollo de tener que resolverlo según la ley actual, que expresamente dice que “no se puede dedicar a uso turístico una vivienda que está desempeñando habitualmente otros fines” – tales como, por ejemplo, ser la Sede de una Fundación. Porque eso equivaldría a reconocer oficialmente la existencia de la Fundación Fíate, la cual, justamente, están intentando hacer desaparecer por todos los medios, juntamente conmigo.











domingo, 18 de octubre de 2020

SIETE AÑOS CON FÍATE

"Tus manos son recientes en la rosa,  y estás de corazón en cada cosa".

Hace siete años y tres días, en la memoria de Santa Teresa de Jesús, nacía la Fundación para la Integración de Alumnos con Trabas Especiales en el seno de la sociedad castellano-manchega. Aquel día, un puñado de personas nos congregamos en el Palacio de Benacazón para celebrar el acontecimiento, y nos felicitamos de vernos reunidos por una iniciativa de generosidad –en realidad de agradecimiento, pues se trataba de devolver lo que antes se había recibido gratis. El ABC, con acierto, destacó que detrás de Fíate estaba el dinamismo de un matrimonio; y escogió del discurso de las autoridades la estima que les merecía aquel buen ejemplo de la necesaria colaboración público-privada en el fortalecimiento del tejido social.

Pero estábamos en tiempos de crisis, y un cáncer paralizante empezó a frenar el crecimiento de la Fundación. Por una extraña permisión de Dios, se juntaron varios problemas para que este freno se enquistase. Y con el paso del tiempo aquella parálisis se convirtió en deformidades en la imagen pública de Fíate.

Han sido siete años duros en que, como reflejando el deterioro social, la Fundación luchó por no desaparecer. Muchas veces en este tiempo me acordaría de las dificultades de Santa Teresa en las fundaciones que realizó.

Al redactar los Estatutos, interpretando el signo de los tiempos, opté por una fundación civil, considerando que llegaba ya el momento de los laicos, en que ante los ataques a la Iglesia solo serviría como defensa el testimonio personal. Y parece que no me equivoqué.

Han sido innumerables las afrentas recibidas y no vale la pena detallarlas, pero baste decir que el denominador común en todas ellas ha sido la mentira, y en no pocas ocasiones el delito. Y aquel ejemplar dinamismo que impulsó el nacimiento de la Fundación, aunque existe todavía, ha sufrido tanto que está irreconocible.

Fíate es una inspiración del Espíritu Santo. A este respecto, en mis circunstancias actuales, asumo las palabras de los apóstoles: “Creo, y por eso hablo”. Si no fuera por esta fe, yo no hablaría, pues es ciertamente muy fuerte la presión de los que me quieren hacer callar. Pero fiado -¡hasta el nombre de la Fundación es inspirado y eco de María!- en mi buen Jesús, he despreciado hasta ahora la ignominia y no he quedado defraudado, por más que mi corazón experimenta a menudo una sequedad asfixiante.

Desde el comienzo mismo, Fíate es providencialista, trasunto de la enseñanza de la multiplicación de los panes. Este asombroso milagro, que precedió a la Pasión, les sigue pareciendo a muchos cristianos más extraño que otros: “¿No habéis entendido…?, aleccionaría Jesús a sus discípulos ante su estupor por la tormenta calmada; pero esperar todo de Jesús es la clave, la piedra angular para construir en este mundo que se cae. Y Fíate arranca de esta determinación crucial.

Es pertinente aclararlo porque marca una diferencia fundamental con otras iniciativas de acción social. Hay muchas que siguen a Jesús ‘porque les da de comer’ mientras que Él quiere darnos más: su propia vida divina.

Después de este milagro narra San Juan otros dos en el  viaje definitivo de Jesús a Jerusalén: la curación de un ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.

El ciego que vio la luz por primera vez confesó a Jesús como el Mesías, y nos dice el Evangelio que el que reciba esa luz nueva y distinta –el Espíritu Santo- y niegue haberla recibido, no se puede salvar. Hoy como ayer, el Espíritu de Dios sigue curando cegueras, iluminando las conciencias con la Verdad. Allí donde hay verdad, hay presencia de Dios, hay Espíritu y luz. Y Fíate quiere formar parte de esa presencia. Son muchos los que en medio de la oscuridad reinante miran a Fíate y creen en ella, pero también son muchos los que, como aquellos maestros de la ley, niegan que sus obras sean de Dios. Y el reproche a éstos es el mismo que formuló el ciego curado: “Vosotros, que se supone que sabéis, ¿no reconocéis cuando algo es de Dios?”.

Lázaro era amigo de Jesús y éste lo resucitó por la fuerza de su Amor. Lázaro moriría más tarde, ya que morir es paso obligado para entrar en el cielo, pero el milagro nos enseñó que si creemos adquirimos poder para dar vida a lo que está muerto. Y como muchos creyeron en Jesús a raíz de este milagro, las autoridades temieron perder su negocio y decidieron matarle.

Soy consciente de que se ha hecho extraño pensar que los milagros están a nuestro alcance; pero extraño o no, merece la pena pensar así porque es verdad. Es verdad que todo aquel que crea firmemente es capaz de obras extraordinarias y se convierte en una amenaza para las autoridades y será perseguido por ellas.

Después de esos milagros tuvo lugar la muerte de Jesús y con ella nuestra salvación. También para nosotros la muerte tiene lugar al final, después de haber realizado las obras del Padre, básicamente, creer en Jesús. Y este ciclo resume el sentido de vivir: Nacer, nacer de nuevo del Espíritu, creer y actuar, morir y Resucitar. Todos estamos llamados a pasar por esas fases, tarde o temprano. No estamos llamados a no enterarnos de nada, a vivir inconscientemente, entretenidos en nuestras pasiones y con las diversiones que nos meten por los ojos los mercaderes. Cada segundo de nuestra vida tiene valor de salvación, se vive o se pierde, se aprovecha o se lamenta. Y merece la pena ‘escuchar’-que en sentido bíblico es ‘obedecer’- al Padre, que nos habla a través de nuestra conciencia. Y cuando uno camina por la vida con este sentido, rectamente, ‘escuchando’ las enseñanzas perennes de la Iglesia, no debe temer ir dando pasos de fe en diálogo interior con el que nos ama; y aunque nuestra sicología se resienta, Él, que es luz y Amor, irá haciendo posible que el temor desaparezca.

“Aunque camine por cañadas oscuras no temo porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan” es el salmo, oración de la Iglesia, que resume lo que acabo de decir. Y Santa Teresa, bajo cuyo patrocinio nació la Fundación, nos dejó en versos inmortales una versión más detallada de esto mismo: “Nada te turbe, nada te espante…”, en ella describe distintos paisajes de esas cañadas oscuras que recorre el cristiano. Y doy fe de que no se pueden atravesar sin la ayuda de Dios, que por cierto nos llega a través de la Iglesia.

Fíate, siendo una Fundación civil no deja de denunciar extravíos y de señalar los buenos caminos, y por eso está en el ojo del huracán. Yo soy consciente de que los ataques a mi persona son ataques a la Fundación, ataques a la Iglesia, ataques al Dios vivo. Y eso me tranquiliza, porque me libera de la responsabilidad de mantener viva esa iniciativa; si desapareciera, sería permisión de Dios, como lo fue su nacimiento.

¿Por qué yo, sicólogo y pedagogo, hijo de docentes, yerno de docentes, casado con una excelente profesora, me veo apartado de las aulas e imposibilitado para concretar en acciones los objetivos de Fíate? Sólo Dios lo sabe, pero tengo claro que es por algo.

Miro a mi alrededor y veo una gran descomposición social. Sin exagerar nada, estamos en la situación de Babel; no es posible hablar de nada, la comunicación está destrozada; obviamente, no de un modo absoluto, pero sí ‘para entendernos’. La falta de verdad, de virtud, que ha ido apareciendo por el alejamiento de Dios, vicia todas las relaciones sociales, de modo que es inútil pretender cualquier progreso. Hasta que no se solucione la quiebra de confianza actual, no cabe ningún avance social ni hay un porvenir halagüeño.

Corren ríos de tinta haciendo predicciones y dando explicaciones sobre lo que pasa; y son todas vanas porque no cuentan con Dios; con la piedra angular. Por más que se diga, no existe otro pilar sobre el que sustentar el acuerdo social. Surgen caudillos reclamando ese puesto clave, pero son piedras de tropiezo, escándalos.

Nunca ha estado tan claro el caos que lo envuelve todo como hasta ahora, en que el ataque al orden se ha hecho ‘virulento’ por demás. Todo está en peligro, todo amenazado de desaparición, todo expectante de unas promesas falsas que, de llegar, nos dejarán más vacíos y más menesterosos que nunca. La situación es tanto más desesperada cuanto más ‘normal’ parece. Me atrevo a decir que, si no empiezan a caer cabezas pronto, será tarde para impedir un drama de dimensiones colosales, una hecatombe humana como nunca se haya visto.

Es necesario decir que nada es ya lo que parece en la sociedad, que hay que partir de cero; que hay que recrearla, refundarla, recalzarla, urgentemente. La sociedad actual es un gigante con los pies de barro a punto de caerse y llevar por delante a muchos, empezando por los más débiles.

Es curioso que decir esto parezca una exageración y cosa de locos, hasta tal punto de perversión hemos llegado.

Sin embargo, es la verdad. Surgen goteras continuamente: disputas, tensiones, fraudes, contiendas, intrigas, traiciones, y se van olvidando el respeto, el decoro y la bondad. A duras penas se tiene en cuenta que hemos crecido como sociedad buscando el bien común, y surgen por todas partes teorías extrañas que justifican todas las perversiones sociales.

En este ambiente, hace bastante Fíate con hablar claro, y con insistir en que la piedra fiable sobre la que edificar un futuro y una educación liberadora es el bien que nos legó Jesús muriendo desinteresadamente por nosotros.  


domingo, 11 de octubre de 2020

ARDE MADRID



Ancha es la vía que lleva a la perdición...

Muchos hemos estado, y vamos a estar en el futuro, al borde del desastre; pero esto es sólo apariencia. En realidad, nada sucede –y lo hemos oído muchas veces- sin que Dios lo permita. 

Es verdad que el momento actual es acuciante, que vemos que el barco –la sociedad que hemos heredado- tiene vías de agua y se va hundiendo rápidamente, pero siendo real esa percepción, la conclusión de que esto terminará en “siniestro total” no es acertada. Lo verdaderamente cierto es que viajamos en un medio muy seguro y que el viaje terminará bien.

El instinto  de supervivencia nos impulsa a tomar decisiones que nos ‘sacan del bache’; pero la seguridad total se obtiene sólo por la fe. Por eso muchos filósofos han llegado a exasperarse con Dios, porque su razón tiene un límite, más allá del cual no les es posible aportar soluciones a los problemas del mundo. Y los que se empeñan en no aceptarlo se equivocan, contabilizándose no pocas veces su error en millones de muertos.

Estamos inmersos en uno de esos errores monstruosos. A alguien se le ha metido en la cabeza que ahora sí que es ‘la buena’ para la emancipación definitiva de Dios, pero a diferencia de intentos anteriores, éste se caracteriza por no parecer un plan, y por no tener la mínima relación con que ‘Dios molesta’. Aparentemente, a la Iglesia se la trata como una asociación humana más… ‘tan solo’ se reduce el aforo de los templos… No parece para nada que la cosa vaya con ella, que esto de la salud tenga algo que ver con que el mensaje cristiano deba ser proscrito por todos los medios posibles, aunque eso sea lo que ocurre en realidad. Dios le estorba al ‘príncipe de este mundo’, el cual le hace la guerra constantemente y por todos los medios. 

El espinoso fondo del asunto covid es quién debe estar  al timón del barco, o sea, quién dicta las normas de cómo debe vivir el hombre en la Tierra. Y lo específico de este nuevo intento de sacudirse el yugo de Dios es que, confusión mediática por medio, las muertes de inocentes que están sucediendo, no pueden atribuirse directamente a nadie.  La culpa está repartida en cuotas pequeñísimas, de modo que no se percibe que haya un culpable del desastre, y ni siquiera que haya un desastre en absoluto. Al modo de un perverso y colosal crowd-funding, este crimen de lesa humanidad no tiene agentes que puedan ser sentados en el banquillo. 

Pero a propósito de este contexto, conviene decir que la forma final de la nueva normalidad consistiría en la desaparición de toda estabilidad, en la quimera de una sociedad desbocada, con ‘el cambio’ en el pescante. En el contexto de este nuevo ‘nomadismo’, cualquier atisbo de ‘cultivo-cultura-raíces’, se arrancaría inmediatamente y se echaría al fuego que arde en honor del ídolo Dondín. El proyecto acabado de esta quimera supondría el triunfo de la desolación: los individuos quedarían reducidos a sus instintos básicos, consistiendo sus aspiraciones sociales en escalar posiciones a costa de lo que sea. 

Como decía, este desastre imaginado no sería posible atribuírselo a nadie en particular. Nos iría viniendo como una marea, lentamente y sin darnos cuenta, en un largo proceso de degradación de la convivencia.


Y cambiando un poco de tema, ayer conocí en el autobús a Madrid a una profesora de antropología que anhelaba volver a su hogar en la jungla africana, donde había encontrado una vida mejor que la de aquí. Ensalzaba el sentido comunitario de los indígenas y el contacto con la naturaleza virgen. Otro viajero, un hombre con problemas de visión que luego se mostró muy servicial conmigo, me oyó comentar que la gente está muy fatigada y con muchas preocupaciones e intervino diciendo que lo que estaba la gente era enojada y harta por la situación que estamos viviendo.

El enojo es ciertamente un asiduo visitante en estos tiempos, uno al que conviene no dejar entrar en nuestras vidas. Viene solo a alborotarnos, a quitarnos la paz y a deprimirnos. Parece que lo trae la razón a nuestra vida, pero como decía al principio, la razón sola no basta para atinar en la vida.


Aprobé las oposiciones con 24 años. Mi primer trabajo era por las tardes, así que muchos días cogía el coche temprano y me iba a esquiar, con las pistas solas para mí. Los fines de semana empezaban con ‘la cenita’ de los viernes, las copas, la disco y demás… el sábado otra vez la juerguita y si no, irse a dormir un poco antes para poder ir el domingo a esquiar; o, salir en primavera con el grupo de montaña de la Universidad. 

Con un montón de horas de luz por delante, nos subíamos al autobús bien temprano. Cangas de Onís era para muchos montañeros la ‘base’; allí nos esperaba el mercadillo gastronómico en los soportales y el excelente desayuno en El Colmado. Llegando a Los Picos de Europa por el desfiladero de Los Beyos, nada más bajarnos del bus el cielo y el aire nos informaban sobre qué prendas y cosas íbamos a necesitar. Después de la ruta, al caer la tarde, otra parada en alguna aldea o merendero deleitosos, para disfrutar de las últimas viandas compartidas y afianzar las amistades hechas durante la jornada. Volvíamos felices, sanos y con las pilas cargadas para toda la semana.

En las vacaciones de Navidad o Semana Santa o en los puentes largos, me iba a esquiar con amigos a estaciones cool: Avoriaz, Baqueira, Val-d’Isère… Y en verano, tres semanitas en anglolandia: UK, Centroeuropa o Europa del Este, practicando inglés con gente guay y abriendo la mente. 

El tiempo pasaba amablemente,  y en uno de aquellos viajes en grupo conocí a una chica de película y empezamos a salir. Hacíamos lo que todos los de nuestra edad, hasta que… todavía duele recordarlo. El caso es que, con equivocaciones o no, dejé atrás aquella etapa y a los tres años empecé una nueva relación.  Pero los taitantos no son los veinte y tras unos meses nos planteamos casarnos. Fue muy hermoso, ¡pero qué poco duró! Jamás pensé que se podía sufrir tanto… Mi suegra y mis cuñados entrando a saco en nuestra vida… antes de que me pudiera dar cuenta yo era un esclavo en mi propia casa. ¿Qué podía hacer? El recuerdo de mis sufrimientos y de mis errores pasados me acongojaba, era incapaz de encontrar una salida y poco a poco fui cayendo en una depresión. Hay que vivirlo para saber lo que es.

Empezó entonces un rosario de penurias: los tratamiento,  las recaídas, los temores… Gracias a Dios encontré a un sicólogo con sentido común que me sacó a flote. Y estaba empezando a respirar de nuevo cuando se murió de repente mi suegra y se hundió mi esposa en la miseria.  Aquel año de duelo, con el matrimonio tambaleándose y teniendo que guardar las apariencias,  fue terrible.

Me he arrancado con este relato aparentemente autobiográfico para explicarme mejor. Siendo una ficción, sirve bastante bien para ilustrar la realidad.

En medio de mil ocupaciones materiales, la gente vive dramas que no tienen nada que ver con esos tejemanejes en que se nos pasa la vida. 

Quieras o no, ocúltense o no, existen el Alma y la conciencia, y sus movimientos son lo que de verdad marca nuestra vida. Del corazón brota la tristeza o la alegría y es necedad ignorarlo. 

Es una pena que sean tan poquitos los que se batan el cobre para dar a conocer estas cosas, para decirle al mundo que puede vivir tranquilo,  que  contando con Dios su alma está a salvo, y que si le vienen pruebas obtendrá de Dios la fuerza necesaria para superarlas. 

Sabemos por otros momentos de la historia que olvidar esta realidad espiritual de las personas trae consigo muchas muertes, que el dueño de la creación permite que arda el mundo para purificarlo de las obras muertas, para hacerle mirar al único que nos puede salvar. 

Y por cierto, las llamas ya están cercando  Madrid…


jueves, 10 de septiembre de 2020

"¿Y QUÉ ES LA VERDAD?"

¡Oh hermosura, siempre antigua y siempre nueva!
Esa pregunta es el preámbulo del crimen más atroz que se haya cometido en la Historia, el de Jesús de Nazaret, hombre infinitamente bueno, incapaz de hacer daño a nadie, y muerto como el más abyecto criminal. Fue Pilatos hace dos mil años quien la pronunció, pero aún hoy sigue resonando como un oráculo del pecado, y escudo, en las conciencias de quienes optan por el mal.
Desde aquel primer siglo han sido muchos los que han propuesto sus verdades al mundo: filósofos, políticos, grandes personalidades; pero ninguno de ellos lo hizo como Jesús de Nazaret: con la mansedumbre más absoluta, sin gritar ni vocear, pasando por uno de tantos y, finalmente, muriendo como un proscrito. Mientras que aquellos intentaron imponerla, Jesucristo sólo la propuso.
Y no es casual que esa sea la diferencia fundamental entre los postores de la verdad, porque ese misterio que aspiramos a conocer, como bien supremo, sólo es accesible por medio de la fe. Yo, por haber creído, puedo decir que al creer se nos abren puertas que permanecían cerradas para la pura razón, y que permiten saciar nuestra aspiración de verdad.
El estado actual de la humanidad es la obcecación. Como tantas otras veces, vivimos engañados como la liebre que corre tras la zanahoria que no se puede alcanzar, o como el mono que coge una nuez de la cajita trucada que le ha permitido meter la mano pero no sacar el puño posesivo. Estamos atrapados por nuestra propia sabiduría. Hay expertos y sabios por doquier; modelos matemáticos asombrosos y avances tecnológicos espectaculares; no hay enigma que temamos no poder resolver. Pero el caso es que toda esa fortaleza está mezclada con una gran confusión.
Hemos alcanzado un grado de progreso asombroso, que parece no tener fin, pero sin dejar de ser eso cierto, el día a día se nos va haciendo cada vez más insoportable, y nuestra inquietud vital aumenta.
Aquel hombre humilde que se atrevió a decir que Él era la verdad, y que dio su vida por hacerse más creíble, nos dejó como legado precisamente el libro de instrucciones de la vida; y ya sabemos cuántas fatigas ahorra leerse el manual.
Al abrazar la fe se enciende una luz en tu corazón que ya nunca te abandonará mientras vivas. Cuanto más avanzas, más distingues la verdad del error. ¿Por qué estás tan seguro -me decía uno- de que Soraya es mejor que Casado para el PP? Y es que la fe me había abierto los ojos para distinguir lo bueno y verdadero de lo fingido; había visto que a Rajoy lo ridiculizaba la prensa continuamente, y que cuando cayó nadie lo sintió entre los partidarios de Casado. Es la sabiduría de Salomón que destapa el engaño: "Mujeres, ambas decís que sois la madre de este bebé; pues bien, partámoslo en dos y cada una lleve una parte". Y la reacción de los corazones determinó el veredicto.
Muchas cosas graves han venido pasando en España en los años que precedieron a este caos del covid. Cosas para no olvidar por la gravedad ética que encerraban; un ataque sin precedentes a la vida, a la verdad y a la libertad. Sobre ese pasado reciente no se ejerce memoria histórica sino todo lo contrario: un aluvión de basura informativa se empeña cada día en hacérnoslo olvidar; pero como la madre verdadera del juicio de Salomón, los que de verdad hemos sufrido esos años por ver a España en tanto peligro no podemos evitar pensar que este lío fenomenal del covid es la continuación de aquel no menos peligroso enredo.
La fe nos ilumina acerca de la verdad no sólo de nuestra vida sino de la verdad total. Con el libro de instrucciones en la mano vemos que todos nuestros pasos nos llevan al fin deseado de una vida perfecta. Y que los peligros que se nos anticipan en el manual y los medios para evitarlos que se nos facilitan, son veraces.
Pero el que busca sinceramente la verdad sin abrazar la fe, no pierde el tiempo. Su deseo le permite captar destellos de verdad y no rechaza movido por el prejuicio ninguna opinión. Estas personas obtienen pistas que les permiten no salirse del camino -su búsqueda- y así, tarde o temprano, 'los encontrará la verdad'. Para éstos son pistas el "Nos ladran, Sancho, luego cabalgamos", o el "A río revuelto, ganancia de pescadores", y muchas otras. Y esto nos sirve de estímulo a los que tratamos de mostrar de qué lado está la verdad.
Una vida es tiempo suficiente para enterarse 'de qué va la historia'; enterarse es 'hacerse entero', adquirir entereza; esa fuerza que te permite enfrentarte a todos los acontecimientos de tu vida, por duros que sean. Cuando por la experiencia te haces 'experto', alcanzas a ver más lejos que los que están empezando; y así se entiende que uno pueda resumir lo que está pasando sin recurrir a las explicaciones de los tertulianos de no sé qué emisora de radio, sino a la propia experiencia.
Ésa me dice a mí que estamos en un combate crucial con los que quieren arrebatarnos la rica herencia de dos mil años de vidas y costumbres conformadas a la verdad de Jesucristo. Y me permite ver también las tretas y las celadas que nos tiende el enemigo.
El desarrollo actual es el punto último de esa historia de vidas que comenzó en el pueblo judío y se perfeccionó con el nacimiento de Cristo. La ética judeo-cristiana, fundida con los saberes humanos de estos dos milenios, ha dado a luz a las actuales, y pasadas, sublimes conquistas del espíritu humano. Y todo movido por la fe. Esta fe llevó a plenitud a los más grandes talentos; hizo del arrogante Agustín de Hipona un doctor insigne revestido de humildad; renovó sus dones desgastados hasta hacerle exclamar aquello de: "¡Tarde te amé,  oh hermosura, tan antigua y tan nueva!". Porque lo propio de esa verdad que vive para siempre es su novedad, y de ahí que se la llame 'la buena nueva'. La novedad la aporta el hecho de que Dios se ha hecho un hombre y vive para siempre entre nosotros, para conducirnos a la vida divina. Y cuando nuestro corazón la encuenta revive y fructifica sin cesar. Y esto es lo que está en juego y lo que nos quieren arrebatar los que prefieren las sombras a la luz porque sus obras son malas, porque, como Caín, tienen envidia.
Me pasmó ver cómo mis tres sobrinos veinteañeros quedaron destrozados por el 8-2 del Barcelona. Sucedió eso en un momento duro para España; cuando estábamos todos fatigados y perplejos por lo del covid. Entonces concebí la idea de que ese 'drama' podía formar parte también de esa guerra que nos hacen los partidarios del maligno.
Al fin y al cabo, ¿que queda en las instituciones libre de corrupción? Es perfectamente posible que algo así formara parte de un plan para devastar psicológicamente a nuestro pueblo y eliminar toda su resistencia a perder sus raíces. Pero cuando les planteé la posibilidad de que el partido pudiera haber sido amañado me contestaron que nada de eso, que simplemente 'el Barça era un proyecto agotado'.
Eso les habían dicho los gurús del fútbol, seguramente. Y a mí me recordó a la cantinela que venimos oyendo desde que se empezó a hablar del covid: el sistema está agotado; ya nada volverá a ser como antes. ¡Qué desatino! ¿Se puede agotar el proyecto de la Resurrección de Cristo? ¿O es más bien el acontecimiento definitivo,  que no pasa, y que cambió para siempre el curso de la Historia? Algo muy distinto es que nuestro sistema necesite reforzar sus cimientos, volver a sus raíces, porque volviendo a circular la savia por el viejo tronco, retoñará.
Pero no, ahora se vuelcan en convencernos de que lo digital es la panacea. Por mi experiencia y la de otros, y por sentido común, sé que digitalizar la sociedad es entregarla en manos de los que ponen su confianza en el dinero, en los enemigos de Jesucristo. Sólo con la televisión ya adquieren los niños una mentalidad totalmente contraria al evangelio, y no digamos si los exponemos sin cortapisas a Internet, entonces los perdemos irremediablemente.
Algunas personas que frecuentan la iglesia no ven esta realidad, y se hacen cómplices de ese plan traidor que lleva a la destrucción del hombre.
En conciencia, sin ánimo de polemizar, no veo bien que se anime a los niños a participar en la enseñanza on-line. No es el mal menor, sino meterlos en la boca del lobo. Hace falta una regeneración moral muy grande antes de que lo digital pueda ser un bien social. Muchos de nosotros podemos transmitir con nuestra vida mucho más bien a los niños que el que pueden obtener en la red.
Y el rádar-covid o las vacunas, lo mismo. Algunos despistan sobre el peligro de éstas diciendo que pueden tener componentes éticamente reprobables, pero eso es bendecirlas. Porque es un problema salvable y enmascara que el verdadero peligro de las vacunas es que son un medio de control que se usará para doblegar las voluntades y llevar de nuevo al mundo a la barbarie.













































































miércoles, 26 de agosto de 2020

LOS HUEVOS DE ORO

Contigua al hospital, la vieja nave que antaño  dio vida al pueblo, hoy puede resucitar. 
Hay vivencias de la infancia grabadas como destellos en nuestra memoria. Tendría yo siete u ocho años y hacía buen tiempo; podría ser avanzada la primavera. Por aquel entonces, en una Asturias pujante, mi pueblo era un lugar ideal para un niño, pues aunaba la tranquilidad con acontecimientos estimulantes para la imaginación. 
Próximo a un área industrial, en un momento de bonanza económica, iban creciendo algunas pequeñas empresas familiares en la localidad. Una de aquellas familias había construido una nave industrial y en ella, creo que con ocasión del nacimiento de un hijo, invitó al pueblo -que entonces tenía dos mil habitantes- a una merienda. Por esa época del año, se suelen hacer en mi tierra este tipo de encuentros gastronómicos con motivo de probar la sidra elaborada con la última cosecha de manzanas. En bable se les da el nombre de 'espichas', en referencia a la apertura de los toneles quitándoles la espita que los cierra.
En el comedor del lagar o en un lugar espacioso, se disponen mesas corridas sobre las que se distribuyen los alimentos, y la gente está de pie 'pinchando' de aquí y de allí y hablando con unos y con otros, mientras los que sirven van ofreciendo 'culinos de sidra' sin parar. Las viandas en aquellos 'buenos tiempos' eran de calidad y aunque no puedo valorar la riqueza culinaria de aquella espicha en concreto deduzco por la impresión general que me dejó, que las mesas estaban bien servidas. Podrían tener una buena parte de lo siguiente: Empanadas, tortillas, calamares fritos, chorizos a la sidra, embutidos de calidad, quesos variados, fritos -de pixín (rape), bacalao y merluza-, pulpo a la gallega, berberechos, aceitunas, mejillones, pimientos rellenos, gambas, langostinos, bollos preñaos, escalopines al cabrales, picadilloalbóndigas, patatas fritas, ensaladilla rusa y huevos duros con pimentón y sal; y rematando la faena, los exquisitos dulces caseros típicos: casadielles, bizcochones, tartas, arroz con leche, etc.
Los huevos cocidos yo ya los conocía, obviamente, pero salpimentarlos fue un descubrimiento para mí. Y con aquella impresión de enjundia picantona, el ir de acá para allá con entera libertad, entre una multitud alegre y amigable, no podía no dejarme una huella imborrable en la memoria. 
Una huella de vida abundante, una constancia de la presencia del amor y la amistad en el ambiente; algo que llevo dentro, como un cimiento firme, que me da seguridad respecto al sentido de la vida. Porque después de haber sufrido y haber encontrado en la fe de mis mayores las respuestas a todas mis inquietudes, obtengo de experiencias como esta que narro la confirmación de que el amor existe y de que el amor lo es todo. Y de ahí que no repare en medios para dedicarle a ese Amor mi vida entera.
Con esto del confinamiento llevo casi seis meses en mi pueblo, y estoy teniendo ocasión de ver cuál ha sido su evolución. Las casas y calles han mejorado, pero no están muy diferentes, sin embargo la población sí que ha cambiado mucho y ha disminuido.
De mis convecinos de los sesenta y setenta quedan sólo unos pocos, cuyos hijos, mayormente, viven fuera, si bien son caso aparte las varias familias de portugueses, formadas por los hijos y nietos de antiguos vecinos del pueblo, llegados por la demanda de mano de obra con la expansión industrial de la zona. Hay otro grupo de descendientes que después de haber hecho dinero afuera han vuelto y ahora tienen aquí una vida retirada y más o menos tranquila. Por otra parte, la venta barata de inmuebles está facilitando la reciente instalación de algunos vecinos que mayormente tienen ya su vida hecha y no vienen buscando propiamente una comunidad donde arraigarse. También por los aledaños de las peñas quedan algunos jóvenes, inclinados a la vida natural y montaraz. Y hay que añadir algunas personas de escasos recursos que se alojan durante un tiempo en infraviviendas y un buen día desaparecen. En general, el ambiente es pobre, predominando los ancianos -aunque algunos con muy buena salud-, y las actividades económicas y culturales son residuales y algunas sumergidas.
En este panorama, algunos de los vecinos más significados del pueblo habían depositado grandes esperanzas en un resurgimiento local de la mano del nuevo hospital. De éste ya he contado su accidentada historia, y ahora, a seis meses de haber anunciado su inauguración, sigue languideciendo misteriosamente. Es uno de los llamados Centros de Referencia Estatal (CRE), pensados para apoyar a las familias de aquellos que sufren patologías que los incapacitan repentinamente. Tiene 25 camas para residentes y 75 de hospital de día. En torno a centros de este tipo suelen desarrollarse infraestructuras residenciales que faciliten a los enfermos y a sus familias la transición a su 'nueva normalidad'. Lo ideal es disponer de espacios cercanos amplios y de calidad, que suavicen la aspereza del cambio que tienen que afrontar. Tal vez porque esas infraestructuras no existen aún en Barros, es por lo que el hospital está parado.
Pero no se entiende por qué se da esa situación. Contigua al hospital hay una parcela de unos setenta mil metros cuadrados ideal para esa urbanización. El Ayuntamiento de Langreo tiene en ella una participación del diez por ciento y buena disposición para realizar la obra. Los enfermos saldrían por una puerta del hospital y accederían sin barreras arquitectónicas -el terreno es llano- a sus casas, con amplios accesos y espacios verdes. Todo apunta a que se trata de un negocio inmejorable, por lo que no se entiende la demora... 
Tengo entendido que parte del problema viene precisamente de aquel varón por cuyo nacimiento sus padres invitaron al pueblo a una espicha por todo lo alto. A los de su edad -un poco mayor que Sánchez, que tiene 48- han empezado a faltarles esas experiencias que sólo se dan en las comunidades que se vinculan por lazos de amistad, de amor y de buena vecindad. A los de cincuenta para abajo les faltan los huevos duros... con sal y pimentón, a ser posible picante.

Postdata:
Tarde o temprano la vida se abre paso y ayer vi vehículos de trabajo removiendo material en la parcela de la nave...
Unos padres felices por el nacimiento de un hijo sembraron amor en este pueblo hace cincuenta años. ¿Quién mejor que otros padres, angustiados por la súbita desgracia de sus hijos, para recoger los frutos de aquella siembra? Y el pueblo compartiría ese bien; se haría justicia.

domingo, 16 de agosto de 2020

COVID Y GOLIAT

No hay enemigo pequeño, ni gigante invencible. Dios todo lo puede.

Ver al jeque de Baréin escoltado por su imponente robot, me recordó el pasaje bíblico de David y Goliat.
Los que tememos a Dios nos enfrentamos también a menudo, con medios ridículos como David, a enemigos mucho más poderosos que nosotros. “¿Vienes a mí con piedras, como contra un perro?”, bramó el gigante Goliat. Y David le contestó: “Tú, arrogante, confías en tus fuerzas humanas mientras que yo vengo a ti en el nombre del Señor”. Y lanzando una piedra con su honda y la fuerza de Dios, sucedió el milagro: alcanzó al titán en la frente, derribándole; y con la propia espada del malvado, que era toda su seguridad, le remató cortándole la cabeza.
En ese pasaje, el ejército filisteo es figura de los hombres que no temen a Dios; convencido de que su gigante no encontraría rival entre las filas israelitas, su jefe había propuesto evitar el choque haciendo que un guerrero de cada bando luchara en duelo para dirimir la batalla. Esa misma estrategia, aunque con otras formas, sigue vigente hoy en día. Los impíos confían en el poder del dinero, en el alcance de sus mentiras y en el miedo que provoca su violencia. El enemigo nos tienta a comparar nuestras fuerzas con las suyas, con lo que espera asustarnos y que renunciemos a pelear. Es astuto y gana batallas, antes de librarlas, a los incautos que se creen poderosos. No puede, en cambio, con los humildes y sencillos, con aquellos que se saben débiles pero muy amados por Dios. Y esto es clave: si rezamos y nos mantenemos firmes en la fe y unidos a la Iglesia, somos invencibles.
Permitió Dios que España corriera en el S XX una suerte distinta al resto de Europa, de modo que se preservara aquí durante cuatro décadas un modo de vida más acorde con el Evangelio. Vino después el desmadre que nos hicieron llamar modernidad, durante otros cuarenta años. Y a pesar de que en este tiempo se emplearon a fondo los impíos para arrancar las raíces cristianas de nuestro país, no lo consiguieron del todo, y siguen verdeando brotes en ese tronco secular, tan azotado por los vientos.
Resulta esto tan intolerable para los que no soportan la presencia de Jesucristo en la historia, que todos los sucesos recientes traslucen la intención cainita de quitar del medio a quienes hagan visible a Cristo entre nosotros.
La opresión mediante el hambre y la siembra de patógenos se está cebando ahora con España, después de años de habernos minado la moral, dividirnos y arruinarnos a través de la degenerada política europea.
El que haya seguido los acontecimientos sociopolíticos del último decenio, habrá observado con inquietud la creciente confusión que lo envuelve todo; y ya sabemos que eso indica la presencia de gente sin escrúpulos que busca el provecho propio. De España buscan expropiárnosla, pues a pesar de lo que se diga de ella, hay aquí más democracia verdadera que en las llamadas democracias avanzadas. Porque la condición para que un régimen sea participado por la ciudadanía es que se respeten los principios de orden que se fundamentan en la verdad original, en la llamada ley natural; y el ejemplo más claro de esto es el carácter sagrado de la vida, que vertebra todos los demás derechos. Es del dominio público que, en Francia, o en los Países Bajos, por ejemplo, la vida tiene desde hace tiempo menos valor que en España, y que te la pueden quitar más fácilmente. 
Y de los limos de la confusión han venido los lodos en que ahora estamos trabados. Este impresionante barrizal que lo envuelve todo empezó siendo una inmundicia más de las que a diario nos echaban encima los medios. La escandalosa mendacidad de éstos ya nos venía avisando de que la barbarie estaba a la puerta. Y el fenómeno covid, básicamente, es la irrupción violenta en la historia de un nuevo poder totalitario, el de las TIC. La llamada pandemia es cosa suya, un invento creado y gestionado por ellos, el estreno de un arma letal sin precedentes, con el que sus dueños sueñan con conquistar el mundo.
Si los medios dicen que en EEUU hay cinco millones de contagiados nadie lo puede negar. Y si al día siguiente nos dicen que está todo bajo control lo tenemos que aceptar de la misma manera. Y esto es lo que estamos viviendo, una orfandad de verdad sin precedentes que no hay por dónde cogerla; un culebrón, una serpiente escurridiza donde las haya, ante la cual, o nos hundimos en la depresión o nos ponemos una venda en los ojos para dar por bueno todo lo que nos vayan diciendo y así no sufrir más.
Obviamente, el panorama es desalentador, y sobre todo para España. Porque cada vez se perfila con más claridad que la única salida que nos quieren dejar es la de renunciar a nuestra identidad, a toda aspiración de vida elevada, de verdad, de libertad. Nos han puesto un lazo al cuello y nos amenazan con estrangularnos si no renunciamos a nuestra vida interior, a nuestra conciencia, a nuestra fe.
El que es deshonesto se castiga a sí mismo porque las veinticuatro horas del día le dice su voz interior que es un sinvergüenza. La sociedad actual intenta ocultar este hecho, obviando que es el factor más importante para el bienestar personal. Pero la voz de la conciencia es algo que no podemos evitar, y aunque estemos ‘distraídos’ la mayor parte del día con el móvil, la tele, la radio, el fútbol, o lo que sea, la conciencia no para. Y a la vuelta de los años comprobamos que la historia de lo que se coció en nuestra conciencia ha quedado escrita en nuestro rostro.
Por poner un ejemplo, un día se suicida alguien y la gente se asombra porque parecía una persona normal; entonces se suele decir que es que estaba enfermo. Y con eso se zanja el asunto para la mayoría; aunque no para los deudos que formaron parte de la historia del difunto, los cuales se ven de pronto obligados a renegociar con sus conciencias los temas que tuvieron en común con él.  
Ahora mismo, mientras estaba escribiendo esto a la puerta de mi casa, disfrutando de la tarde serena, se paró ante mí un vecino y me dijo que me iba a volver loco por pensar tanto ‘en política’. Yo le dije que cada uno tenemos una ‘especialidad’ y que, en mi caso, aunque de profesión soy maestro, he tenido siempre una inclinación hacia lo sociológico. Y le dije también que en muchas ocasiones escribo por responsabilidad moral.
En realidad, ese vecino me estaba aconsejando eso de “si quieres ser feliz como me dices, muchacho, no analices”, lo cual es la respuesta habitual a los problemas de la vida que, de puro grandes, nos desbordan. Y por eso en todos los tiempos hay muchos agentes sociales animando a vivir desenfadadamente.
Leer novelas de caballerías, ‘que dejaron seco el cerebro del Quijote’, es un ejemplo de un modo de vivir dejándose arrastrar por esa corriente tan vieja como el hombre que anima a disfrutar de lo presente sin pensar en el mañana. Novelas de amoríos, de pendencias, de superhombres… han sido siempre del agrado de las gentes, ávidas de emociones, proezas y grandes ideales. Cambian las formas con el tiempo, pero no el fondo, que es hacer vibrar a las personas haciéndoles concebir vanas ilusiones sobre su propia vida.
Siempre han sido bien vistos los promotores de esta filosofía mundana y siempre han encontrado resistencia quienes por el contrario buscaban elevar el espíritu del pueblo.
‘Ayer fuimos la semilla y hoy somos esta vida’, dice una canción. Y otra dice “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Y sí, cada uno somos una estela en el mar, y podemos meter la pata o acertar, pero en cualquier caso hemos nacido para intervenir en el gran concierto de la creación.
Una pregunta marcó mi primer paso hacia la vida adulta. Yo tenía 15 años y vinieron unos universitarios cristianos a dar una charla al instituto; no sé qué dijeron, pero motivaron que yo les preguntara: “¿Se puede ser cristiano y comunista? Al día siguiente conocí a unas chicas de su movimiento y el fin de semana ya entré en el local donde se reunían.
Ahora sé que estaban bastante despistados aquellos mozos ‘tan preparados’, y su vida rápidamente se distanció del evangelio y se acercó a un liderazgo comunista al uso. En todo caso, su anuncio fue importante para mí, porque hasta entonces estaba yo moviéndome con una pandilla sin pizca de ideales, mundana del todo: guatequillos, discotecas, vinoteo y ligoteo.
A partir de aquel encuentro empecé a preocuparme por los temas sociales, por la política y la ética. Pero comoquiera que tuve algunas experiencias tempranas reveladoras de ‘la bajeza que mueve los más altos ideales’, me dejé ganar por la búsqueda de experiencias placenteras antes que por la búsqueda de la justicia social.
Eran tiempos en los que se ofertaban cargos de responsabilidad para llenar las nuevas instancias de poder venidas con la democracia. Muchos conocidos míos llegaron a puestos altos, del brazo de camaradas revestidos de paladines de la cruzada de modernización de España. Años después me los encontraría cargando con un desencanto vital que daba lástima verles.
Esa lastimosa trayectoria se repite incesantemente a lo largo de la historia. Los jóvenes buscan un ideal, y después de un tiempo creen haberlo encontrado en alguna de las múltiples ofertas que les salen al paso. Después de dedicarle a ese proyecto lo mejor de sus energías se encuentran vacíos, y vuelven a empezar la búsqueda, en una dolorosa espiral en la que si no se topan con Dios pueden perder su vida e incluso su alma.
Hoy nos ofrecen los gurús modernos un panorama sugerente en el que vale la pena arriesgar; un proyecto deslumbrador para el futuro, en el que los más atrevidos sueños de ficción pueden hacerse realidad. Muchos jóvenes se dejarán convencer por esta flamante quimera, y la historia se volverá a repetir, si Dios no lo remedia.
En el pasado, muchas de estas aventuras pasaron por matanzas terribles, a remolque de las ambiciones desmedidas de monarcas e iluminados de muy distinto pelaje; y en el momento presente, todo hace pensar que estamos ante el lanzamiento mundial del sueño de alguno de estos individuos endiosados que, por llenar su pobre corazón engreído, son capaces de embarcarnos a todos en una pesadilla cruenta como no ha habido otra ni la habrá jamás.
Ante este escenario, queda como única solución que cada cual tome su canto y su honda… y se enfrente al gigante con la fuerza de Dios.


sábado, 8 de agosto de 2020

VIRAJE ANTI-VIRAL


¡Virando a babor... rumbo a la Esperanza!

En este día en que celebramos que Jesús se mostró a tres pescadores como hombre-Dios, haciendo brillar su rostro y sus vestidos como ningún hombre puede hacerlo, leo un texto-editorial de El País y no puedo menos de sentir que está en las antípodas de mi fe. Es lo más retorcido y oscuro que se puede imaginar; no tiene nada de claridad, hace falta leerlo varias veces para ‘entenderlo’. Su opacidad viene de que intenta hacer verdad una mentira; rezuma interés bastardo, ideología, artificio, engaño, en definitiva… error.
Del primer párrafo, por poner un ejemplo, se saca ‘en limpio’ lo siguiente:
-Al poner en la balanza la actitud de algunos de no ponerse la mascarilla, da como resultado que pesa más que la sumisión al machaque mediático del 99 % restante de la población. 
-Siguiendo con el intento de justificar la candena covidig, etiqueta El País de ‘influencia autoritaria y suicida’ la que cuestiona lo oscuro del fenómeno covid; y la estigmatiza usando al ‘comodín-dictador' Trump (que para eso está y para que le echen y ‘pongan al bueno’ en las próximas elecciones…)
Está claro que este embolao de celadores y sepultureros está siendo un “jaque al rey” para España en toda regla, pero no por parte de 'las izquierdas', y ni siquiera del contubernio PPSOE. Y conviene recordar que nos ha llegado al poco de 'doblar el hito' de la exhumación de Franco, en que abiertamente se empezó a tratar a los españoles como necios. 
Y si El País llama suicidas a los que osan denunciar la corrupción de los medios, acto seguido es La Razón la que se atreve a descalificarlos llamándoles ‘irresponsables inmaduros’. ¡Qué cara tienen! ¡como si no se les estuviera viendo el plumero! Los españoles ya están hartos de que los traten como niños y han empezado a decir ¡Basta! ¡Se os acabó el chollo!
Entre tanto periodismo infumable, ‘vino a mí’ un informe sobre el covid que es lo más científico que he oído en estos cinco meses de dolor. Afirma que los efectos del SARS COV se asemejan mucho al azote de una gripe como ya ha habido otras, y de la amplia documentación que aporta emerge, incisiva, una pregunta inquietante: ¿por qué los medios y los políticos se han puesto de acuerdo para tratar esta contingencia como si fuera una amenaza mundial sin precedentes? Reportaje Covid 19
En la ya larga historia de despropósitos de la contumaz estafa de la prensa, en cosa de unos pocos días pasamos de oír hablar de un virus peligroso a recibir la orden de no salir de casa. ¿Qué nueva jugada es ésta? Era la pregunta lógica que muchos nos hicimos entonces. 
Los medios se pusieron a vomitar ¡PELIGRO, PELIGRO!, e inmediatamente izaron una bandera de emergencia: ¡TODOS A LA MASCARILLA!
Mascarilla es ya, para un lapso de cinco meses, la palabra más repetida de la historia de España. Designa un objeto que protege nuestro organismo tapándonos la boca, lo cual es una providencial metáfora de lo que en realidad esconde el fenómeno popularmente conocido como “la Covid”, esto es, un gran invento para someter a la población robándole la capacidad de pensar por sí misma, haciéndola creer que es adulta y responsable, y llevándola, mediante sutiles amenazas, a encadenarse por decisión propia a los cepos digitales, cuya llave guarda celosamente un cancerbero virtual, una endiosada inteligencia depravada que una vez que te caza no te deja escapar.
Recién metidos en esa espiral de incomunicación ciudadana, lo primero que me llamó la atención fue que ya se hablara de pandemia cuando el 88% de los casos se concentraban en tres barrios o zonas del planeta. Y en segundo lugar, que dos de ellos fueran en España e Italia.
Rondándome ese interrogante, no pude evitar pensar que el foco de Bérgamo tuviera algo que ver con el destemplado cierre del Vaticano... y mis alarmas pasaron de intermitentes a intensas cuando el Arzobispo de Toledo emuló a su homónimo y suspendió todo culto en la Diócesis Primada de España, aun cuando la ley española no le obligara a hacerlo. (Porque acostumbrado a seguirle la pista al ‘desastre nacional’, mi visión de lo que estaba ocurriendo no podía desprenderse de repente de ‘la clave’ de interpretación que me estaba permitiendo dar sentido al aparentemente errático marco político español.) 
Desde el 2013, en que pasamos de pronto de tener una economía saneada a estar a dos velas, se habían sucedido los sobresaltos en nuestro país: El desembarco tóxico de Podemos y C’s copando las portadas; la desgracia cayendo sobre Rajoy día sí, día también; la imposibilidad de formar un gobierno estable y el calamitoso año de vacío de poder, todo ello con el hostigamiento constante desde dentro –Cataluña- y desde afuera –Bruselas; y salpimentando esta olla, la política de enfrentamiento de sexos y la financiación del vicio y la picaresca; años de desconcierto en los que se fue extendiendo el desánimo entre la gente corriente, y en los que empezó a verse venir el colapso de la sociedad. 
En toda esta década funesta me tocó vivir a mí una etapa no menos difícil en mi vida privada; pero, curiosamente, por ser fiel a mi fe en esas dificultades obtuve la gracia de entender el porqué de tanta calamidad nacional, a saber: que estaba implementándose en secreto la vieja aspiración de algunos a un mundo sin Dios… y por tanto sin España, que sin Dios nunca hubiera existido ni existirá.
Aislados y pendientes del 'gran hermano', desgastados por el largo encierro y machacado el cerebro por un aluvión de datos y órdenes contradictorios, la respuesta emotiva desplazó a la actitud crítica. Pero prevenido de que esto habría de ocurrir, yo seguí observando desde 'mi agujerito' el devenir de los acontecimientos.
Las primeras semanas murieron muchas personas de ochenta para arriba, a las que llamaban ‘de riesgo’; pero poco a poco fueron goteando casos de fallecidos de menos edad, que se alzaban a las portadas como banderas plantadas en nuestro territorio por el peligroso enemigo. 
Investigando esas primeras muertes de guardias civiles, militares, curas… no encontré rastro alguno de sus historias clínicas ni de sus circunstancias vitales al morir… y a quien se interesara por esos detalles y le sorprendiera no encontrarlos en los medios, no le daba tiempo a albergar una duda, porque continuamente se nos arrojaban nuevas impresiones mediáticas.
En esos largos meses resultaba desmoralizador la falta de rigor científico, la contradicción constante, la desorientación generalizada, la arbitrariedad y la desfachatez de las medidas institucionales, pero al mismo tiempo anegaba los medios una ola de entusiasmo por las actuaciones heroicas de muchos, por la promesa de la restauración de la especie… Y así, con el desconcierto por un lado y la exaltación espiritual por otro, la mayoría fue inclinándose a superar el conflicto obviando los tropiezos racionales y asumiendo por vía emocional la versión oficial de los hechos.
En el enlace que he compartido se desmonta con datos objetivos esa versión mediática de una pretendida ‘pandemia antes nunca vista'. Sin embargo, el elaborado análisis que presenta viene a suponer ‘desvestir a un santo para vestir a otro’.
Cada palo que el informe quita al sombrajo mediático de la catástrofe apocalíptica se lo coloca a otro igual de engañoso e igual de dañino: que lo que estamos viviendo es un acontecimiento natural. El reportaje pregunta insistentemente por qué los medios sobredimensionan la epidemia, por qué no dejan de hablar de ella y de asustarnos con sus efectos, por qué nos encerraron o nos hacen usar mascarilla si no es necesario, etc., pero justamente al hacer esa crítica tan incisiva están ‘salvando la mayor’, esto es, que de lo que no hay ninguna duda es de que todo este desastre es de origen natural.
En la situación de monopolio informativo actual es casi imposible que llegue abiertamente al público una versión distinta a la oficial; y si eso llegara a suceder es muy probable que haya gato encerrado. En el grave caso que nos ocupa, la explicación más plausible es que la difusión de esa noticia sea para dar la impresión de prensa libre; el truco consiste en permitir aflorar opiniones y una vez publicadas borrarlas de la parrilla informativa, como 'de suyo' sucedería con cualquier noticia que se revelase infundada. En todo caso, aun con ese truco, hay que decir que ninguna noticia llegaría a las pantallas si su contenido fuera tan inflamable que pudiera causar una hoguera imposible de controlar. Y de ahí que nuestro 'riguroso informe científico' deje fuera de toda duda que la aparición del virus es de "naturaleza azarosa". 
Pero si ciertamente fuera así, ¿qué sentido tendría que ya en los primeros días del confinamiento -e incluso antes- se estuviera hablando de 'un nuevo orden', de una reconfiguración total del mundo? 
Por poner un ejemplo de lo chocante de esa temática, el primer día del Estado de Alarma apareció en El Español un texto que contenía las siguientes palabras: 
“… De súbito, empezamos a ser conscientes de la gran fragilidad de la naturaleza humana, de que somos débiles y vulnerables.
Probablemente, dentro de unas semanas [¡pero si la Alarma era para quince días!] nada será como hasta ahora. De hecho, ya no lo es. Cambiarán los hábitos y apenas quedarán certezas, si es que finalmente queda alguna. Nos cambiará hasta el sentido del tiempo y su valor, encerrados en las casas por una urgencia que fluctúa entre la solidaridad hacia los otros y el miedo a lo desconocido, en una conjugación muy compleja de lo individual y lo colectivo.
Han cambiado el paisaje y las ciudades...” 
Esos textos 'sociológicos' se anticipaban a lo que iba a suceder en los meses siguientes; ofrecían categorías para entender el significado de unos hechos que aun no habían sucedido. A toro pasado, viendo que el cambio radical que anunciaban no está teniendo lugar, y que en vez de 'esas nueces' lo que hay es 'más del mismo' sórdido machaque mediático y más confusión, tenemos base suficiente para pensar que el Covid fue cuidadosamente planificado.
Los textos filosóficos que han proliferado en torno al virus insistían en la agonía de la civilización que se construyó 'en nombre de Dios', y eran en realidad fuego de cobertura para el asalto definitivo a sus ya maltrechas murallas milenarias. El brutal ataque está contando con el asentimiento de una parte de la propia Iglesia, que, por mímesis con el mundo, ha perdido su luz; pero, sobre todo, se ha ido forjando sobre la prepotencia del dinero. Comprando voluntades y adueñándose de los medios, los que no temen a Dios han usado unas y otros para catapultar la molicie y el vicio como proyectiles con los que destruir nuestros muros seculares y socavar las bases de nuestra convivencia en las últimas décadas.
Y así ha llegado el fruto a su sazón y nos vemos ahora en medio de una batalla contra un enemigo invisible que no es, como se nos quiere hacer creer, ningún ser microscópico creado por Dios, sino un efecto del mal, traído al mundo por la desidia y soberbia de los hombres. 
Del reconocimiento individual de nuestra necesidad de conversión, de la urgencia de un viraje profundo que ponga nuestra vida rumbo a Dios, dependerá que de esta acometida del mal salgamos fortalecidos o, por el contrario, vasallos de un nuevo orden feudal, que ejercerá el poder sobre el mundo desde bastiones digitales repartidos por toda la geografía del planeta.